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miércoles, 15 de mayo de 2013

AWIXUMAYITA/ ADRIANA BAÑARES CAMACHO Y SU "ENGAÑO PROGRESIVO"



 Hace ya unos años que me encontré a Adriana Bañares Camacho en la red. O mejor dicho con Awixumayita, su "nombre secreto". Secreto no tanto por que no esté bien a la vista, sino porque tras su  sombra, al otro lado de su personal espejo, nos encontramos con una mujer compleja. No se puede (al menos yo no puedo) leer a Awi sin admirarla sinceramente. Ni tampoco sin hartarte en otras ocasiones. Adriana vomita cuando se expresa. Vomita luces y fangos, cariños y odios, esperanzas que se resisten a los palos y heridas aparentemente imposibles de curar. ¡No hay puntos medios con esta muchacha! Pero, como decía la canción: "Y sin embargo te quiero!"... Y no es broma, Awi. A ti te lo digo. A ti que me has permitido incluso vampirizar tu blog para enriquecer este mío, tan paupérrimo. A ti, a la que hace años te prometí unas palabras de dos de tus otras publicaciones, y que se han quedado esperando a terminar otro proyecto. Es bueno saberte ahí.
 "Engaño Progresivo" (a partir de hoy, y para mí, "el libro rojo de Awi"), es una niña de porcelana desasosegada, encerrada en un cuerpo de mujer que yace sobre el lodo frío. Un cuerpo que se nos muestra como desarbolado, con las extremidades prácticamente descolocadas, como si una cuchilla de afeitar le hubiera cortado los hilos que le sostienen en un descuido. Pero lejos de estar muerto, por sus venas navegan a contracorriente millones de extrañas y diminutas muñecas de cerámica con ojitos de alquitrán y manitas y pies que casi no se ven. Pequeños trozos de vida que te hablan de desengaños, de besos recibidos de labios  con piel sosa, de culpas infantiles, de canciones y películas que te oyen y te ven, de pasados y presentes que saltan de un estado a otro sin que casi te des cuenta, de huellas en las que tal vez un buen lector pueda ver más de lo que yo veo... Porque con Awixumayita pasa lo que con los personajes de Julio Verne. Ocultan muchos secretos, empezando por sus nombres, sean Hector Servadac, Nemo o Phileas Fogg. Me pregunto si algún día seré capaz de leer a Adriana Bañares Camacho y sentirla como ella desea ser sentida. Tal vez sea imposible, o tal vez sea una incapacidad mía. Sea cual sea la respuesta, yo seguiré intentándolo. De momento seguiré disfrutando de estas imágenes y emociones que me despierta. Y lamentado no poder hacer un mejor comentario.
 Te sigo, Awi. Te sigo. 

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 ENGAÑO PROGRESIVO

 Adriana Bañares Camacho

 Publicado por:

 Diputación de Valladolid

 Fundación Jorge Guillén

 Urueña Villa del Libro


 Colección Maravillas Concretas:

 Maravillas Concretas, nº 3

 I.S.B.N: 978-84-15046-15-8 

jueves, 29 de marzo de 2012

AWIXUMAYITA- AUSENTES


 Hoy he estado trabajando en una futura entrada. Y para ofrecer algo, y bueno, subo esta  entrada de nuestra compañera Awixumayita (La niña de las naranjas), cuya sección en mi blog tenia abandonada.
 La entrada original se encuentra en:

miércoles 6 de abril de 2011

ausentes.





La playa de Valladolid es artificial. Es primavera. Cuando llegué a esta ciudad me dijeron que no había primavera. Pasamos del frío invernal al calor infernal. Cuando hacer calor dan ganas de bajar a la rivera del Pisuerga. A fingir estar en contacto con la naturaleza mientras la gente hace ejercicio en una playa artificial. Todos bajamos a estar solos. Como si la intimidad de la habitación individual fuera lo falso y lo real el paseo artificial que en su día fue creado para aprovechar el espacio natural de una ciudad contaminada. Una ciudad gris. Contaminada no tanto de humo como de ausencia. Valladolid es una ciudad individual. Como todas las ciudades. De peatones con cascos para no escuchar el ruido de los demás. Abandonamos la soledad de una habitación individual para bajar con el resto y estar realmente ausentes. Auriculares. En el estudiante que lee en un banco. En la chica que corre. En el señor que pasea a su perro. Por la orilla de una playa artificial. Saludar parece un acto irreverente. Cómo hacer escuchar al sordo ausente. Al ciego que observa el infinito a través de las hojas de un árbol serigrafiado en llave. El camino pedregoso. Los muros con graffitis. Policías de la secreta vigilando que no se fume lo innombrable. Valladolid tiene una playa. Ventura, el hamster de una de mis compañeras de piso, nunca ha visto el sol.







viernes, 31 de diciembre de 2010

AWIXUMAYITA- SIN EMBARGO



 Nota: El original fue publicado en http://awixumayita.blogspot.com/2007/01/sin-embargo.html

Podría decirse cualquier cosa… y sin embargo.
Nos gusta odiar. No, no, no.
Odio.
Yo.
Si yo soy yo y tú eres tú, ¿por qué me empeño en quererte?
Egoísta. Eres una egoísta. Y sin embargo.
Eres una egoísta sin embargo. Embargo. Embargo. Embargo sin el sin, es otra cosa. Tú eres el embargo, y yo soy el sin, porque estoy sin ti y me siento vacía. Soy el sin.
Sin. ¿Qué es Sin?
Sin se sentía sola, fumando cigarrillos sin parar, viendo en la televisión la que debiera ser su vida.
Y, sin embargo, no lo es.
No, no es mi vida.
Ni yo soy Carrie, la escritora, fumadora, amante de los cócteles y la moda, incapaz de digerir el romanticismo.
Ni yo soy Miranda, la inteligente e hiriente irónica adorable que se empeña en creer que entiende lo que sucede a su alrededor. No soy Miranda, la que aguanta el llanto y es incapaz de decir te quiero… aunque desee llorar porque ama demasiado.
Ni yo soy Charlotte, la que vive rodeada de arte y se empeña en ser perfecta, para ella y para los demás. No soy aquella que, en su afán por ser extremadamente positiva, sufre al descubrir que el mundo no es de color de rosa.
Ni yo soy Samantha, inteligente, bella y madura. No soy la liberal, abierta de mente y de piernas. No soy una mujer segura de sí misma, ni siquiera en apariencia.
Ni ninguna de las cuatro somos nosotras cuatro.
Ya no somos Letty, Elena, Marta y yo.
Ni siquiera somos Carol, Dafne, Lucía y Nístrim.

Sola, de madrugada.
Veo Sexo en Nueva York mientras las echo de menos y me fumo tres cigarrillos. Y aunque me empeño en decir que la autocompasión es la palabra más infame, porque no existen víctimas ni verdugos, porque cada cual tiene la vida que él mismo se ha forjado… no puedo evitar echaros de menos.
No puedo evitar sentirme sola.
Vacía, sin un ápice de inspiración. Porque sentirse solo es el peor mal. Porque es el hecho de sentirse así, y no necesariamente estarlo, lo que hace que uno se hunda en la miseria.
Porque no estoy sola… en esta casa somos tres. Somos tres, pero yo estoy ausente.
En el trabajo somos diez, pero yo me mantengo al margen.
Y os echo de menos… ¡Y no os culpo por ello! La que os echa de menos soy yo…
Y a mi alrededor, en casa y en Cortefiel, me quieren conocer… y no me dejo. Porque sólo quiero estar con vosotras.
Porque sólo quiero que me queráis como os quiero yo.
Y quiero a Laura, y ella me quiere a mí.
Y quiero a Elena, y ella me quiere a mí.
Y quiero a Marta, y ella me quiere a mí.
Y quiero a Letty, y ella…
Para ella estoy muerta, como lo está todo a su alrededor. Todo está muerto salvo ella. Porque ella es el embargo y yo soy el Sin.
¿Qué quieres, bruja infame? ¿Cuatro amigas? Ahí las tienes.
Maldita desagradecida, ¡muérete! ¿Por qué eres incapaz de querer a Laura tanto como ella te quiere a ti, tanto como tú quieres a Letty?
Me tiraré al foso de las veteranas, sacaré a Letty y la odiaré hasta que me quiera. Y saldré sana y salva para encontrarme con Laura, abrazarla y rogar que me perdone. Porque soy el Sin más miserable que jamás haya existido.
Floja, me mareo con un cigarrillo. Sintiendo con cada calada el sabor de unos besos vacíos. Pero que me llenaban.
Moriré el treinta de septiembre.
Acabará este maldito mes de transición.
Lloraré sola en una habitación compartida e intentaré sobrevivir en mi nueva vida sin vosotras.
Y en mi egocentrismo idolatrado, me sentiré triunfadora al ser la única, que aun estando sumida en la más absurda soledad, ha logrado entrar en la universidad.
Y entre textos de Nietzsche y Platón, seguiré siendo aquella mediocre aprendiz de escritora que una vez lloró al leer Las edades de Lulú.
Seguiré siendo una ferviente admiradora de Melissa P. y Valèrie Tasso. Seguiré escuchando indistintamente a Dressden Dolls y Marilyn Manson. Seguiré siendo yo, con mi cuerpo hecho pedazos, mientras vosotras, con vidas nuevas y agradables en la misma ciudad que pronto dejaré atrás…
Por favor, no me borréis.
palabra de Awixumayita en viernes, enero 05, 2007

domingo, 5 de diciembre de 2010

AWIXUMAYITA-EXPERIMENTOS

Nota: Publicado originalmente en:


Experimentos



A veces lo más importante no es sentir ni pensar, a veces simplemente todo se basa en experimentar con las cosas que nos rodean, empezando por uno mismo. De este modo aparece la vida como algo poético sin un ápice de libertad. Y la poesía, encadenada como el artista que pinta en su habitación, se viste de seda, se decanta por un estilo pobre que da miedo. Tan frío, que mis dedos no pueden acariciarlo. Tan frío, que mi corazón empequeñece al escuchar… lo que tus palabras dicen.

palabra de Awixumayita en viernes, enero 05, 2007

viernes, 19 de noviembre de 2010

AWIXUMAYITA- A VECES SABE A NATA

Nota: Publicado originalmente en:

http://awixumayita.blogspot.com/2007/01/veces-sabe-nata.html


viernes 5 de enero de 2007


A veces sabe a nata

¿Sabes? A veces sabe a nata.
Si, a veces no me sabe a ti. No, no, no, a veces sabe a nata.
A veces, mientras aspiro con precisión y cierro los ojos, dejo de respirar por un segundo y siento que su sabor es terriblemente dulce. Sabe a nata.
No, ya he aprendido a no sentirte en cada calada. Tus besos ya han quedado tan lejos…
¿Sabes? A veces me miro al espejo, desnuda, y no veo ese “cuerpo” que tanto te ponía. No… ahora sólo veo a Adriana.
Ya no necesito que me digan lo bien hecha que estoy para no poner mis rodillas sobre los baldosines del baño.
¿Sabes? A veces sabe a nata.
Fumar acorta la vida.
Pero no es mi vida la que verás extinta en una de esas esquelas…. No, porque ni siquiera recordarás mi nombre cuando me muera.
No, nunca supiste quién era.
¡Que facil es llamarme Chiqui o Peque, como Bill a Beatrix en Kill Bill.
Puestos a venerar a Tarantino, podías haberte lucido más llamándome Caramelito (Pulp Fiction, ¿Recuerdas?)
Puestos a mentir, podías haberme dicho alguna vez que me querías. Suena tan bonito…!!!! XD
MALDITA SEA, ME HE CONVERTIDO EN VOSOTROS.
EN VOSOTROS DOS, PERO SOBRE TODO EN TI.
Y, sin embargo, sigo siendo yo… ya ves, sigo empeñada en no cambiar.
Seguiré volviéndome loca frente al espejo para tapar mi cara con este pelo estropajoso.
¿Sabes? ¡¡¡A VECES SABE A NATA!!!!
A veces no estoy llorando por tu culpa.
A veces soy capaz de ver la FELICIDAD.
A veces soy incluso mala, y lloro sólo por mí.
Por mis errores.
A veces sabe a NATA y no me acuerdo de ti.
De ninguno de los dos.

viernes, 5 de noviembre de 2010

AWIXUMAYITA-MOSQUITOS EN LA BOCA

Nota: Publicado originalmente en:


Mosquitos en la boca



Hace sol. La temperatura es cálida, muy agradable.

Estoy con mi familia materna, tranquilamente en un río.
Un río grande y ancho (aparentemente parece un pantano), de agua cristalina, con limpias piedrecillas en el fondo. Cubre poco, más o menos hasta la rodilla.
El agua está fría, pero no en exceso. Todo es asquerosamente perfecto.
El río se presenta tan fantástico que me es imposible no caer en la tentación de introducirme en él.
Me siento, me acuesto, cierro los ojos y comienzo a nadar hacia atrás, cada vez más deprisa, más rápido, mucho más.
No puedo parar, y aún sigo con los ojos cerrados. El dulce sabor del agua, la inmensa tranquilidad. Todo se torna angustioso y amargo. El sabor de mi boca, ácido. Hay algo ácido en mi boca. Hay algo moviéndose en mi boca. Hay algo pinchándome las encías. ¡Hay insectos en mi boca!
Salgo rápidamente, corro y escupo. De mi boca caen insectos que se asemejan a hormigas (pero son mucho más grandes, mucho más) con aguijón. No dejo de escupir, pero no dejan de salir más y más. Temo ahogarme. ¡Una me ha pinchado en la encía!
Sin querer muerdo una, casi me muero de asco, y al escupirla veo que aún sigue viva.
Llego al lugar en donde está mi familia, noto que mi encía se está hinchando levemente, pero no me desagrada del todo… Ya sabéis cómo es esa sensación que se produce cuando se araña la encía con un palillo, ¿no? Duele, pero es un dolor dulce, un dolor paradójicamente placentero.
- ¡Ah! ¡Eso son anacardos! – Me dice mi tía una vez le he contado lo ocurrido. Ella tiene una bolsita de anacardos (pero de los de verdad, esos frutos secos tan ricos). – Pero para que estén así de buenos hay que matarlos, secarlos, en fin, cocinarlos. Crudos no te los puedes comer: tienen veneno.
- ¿Pero cómo te ha podido ocurrir tal cosa en un río así de perfecto? – Me pregunta mi tío. - ¿Hasta dónde has ido?
- No sé, iba a la deriva con los ojos cerrados. Supongo que he llegado hasta allí. – Y señalo un lugar donde el agua está levemente más oscura. Es el único lugar en todo el río en donde hay un poco de vegetación.
- ¿Pero cómo se te ocurre ir allí? ¡Allí no deberías haber ido nunca!
- A veces me gustaría poner un gran edredón sobre el agua y caminar sobre él. Así no ocurrirían estás cosas. – Concluyo, mirando tristemente hacia el río.


palabra de Awixumayita en viernes, enero 05, 2007

sábado, 9 de octubre de 2010

AWIXUMAYITA- ANDRÓGINA Y OSCURA



Nota: Publicado originalmente en :http://awixumayita.blogspot.com/2007/01/andrgina-y-oscura.html



viernes 5 de enero de 2007




Vestida completamente de negro, con una min mini… no siento ninguna vergüenza. Fumando, tirada en la cama, con Nirvana de banda sonora.
Cada calada, como si fuera la última, mis manos frías, con leves restos de lo que ayer fueran unas briznas horribles. Fumo y escribo tanto… Pienso tanto en cosas que de verdad importan… pensando en mí.
Ya no me queda tiempo para las briznas.
Y siento que estás aquí, parece que te tengo. En la cama, Nirvana y el sabor a tabaco. Pero estoy mejor, porque estoy sólo yo…
Andrógina y oscura.



lunes, 30 de agosto de 2010

AWIXUMAYITA-LOGROÑO 2005



NOTA PERSONAL: Considero que la reproducción de esta entrada es más necesaria que muchas otras, sin desmerecimiento del valor de las mismas. La evolución del tema que trata, así como las dimensiones que ha ido tomando, hacen de ella "una necesidad". Y es un deber de todos luchar contra el mal del que nos previene. Por ello la incluyo, además de en su sección concreta, en la sección titulada "El lodazal"

Nota: Publicado originalmente en : http://awixumayita.blogspot.com/2007/01/logroo-2005.html


viernes 5 de enero de 2007Logroño 2005


Parece mentira que, aún a día de hoy, una chica no pueda salir segura de casa; que la calle, cuando el sol ya se ha ido, sea un lugar peligroso para ella. Y el peligro no se encuentra sólo en las callejuelas oscuras y poco transitadas, no.
Hace unas semanas (Noviembre 2005) una chica fue violada por cuatro “niños” de apenas quince años. La escena es fácil de imaginar:
Como cada fin de semana, unos amigos se reúnen en el parque San Miguel, ya sea para hacer botellón, colocarse a base de hachís, etc., o simplemente para pasar un buen rato con sus amigos. Ya es de noche, ya son las once, el móvil de una chica suena. Ella se aleja de sus amigos para hablar por teléfono. Pero unos púberes sin ningún tipo de escrúpulos ni moral, viéndola sola, deciden utilizarla como solución a sus “necesidad” sexual. Unos la sorprenden por la espalda y, agarrándola fuertemente sin importarles si le causan dolor, ignorando el pánico que esa niña siente, permiten que uno de ellos se baje ansioso el pantalón, ciego de un falso y repugnante deseo, provocado por el morbo de hacer algo prohibido. Y así, cuatro veces. Ella gritaría, impotente, suplicando que la dejaran, presa de un dolor inexplicable. Ellos no la oían. No se puede escuchar a una presa que sólo actúa como objeto. Como un mero juguete sexual.
Una vez acabada la tarea, los niños se alejan, nerviosos. Saben que han hecho mal, y, seguramente se avergonzarán un poco de ellos mismos, pero son demasiado egoístas como para pensar en el daño que le han hecho padecer y en lo que esa terrible experiencia repercutirá en su futuro. Ella no importa lo más mínimo. Ni ella ni su futuro. “Lo importante ahora es que nadie se entere de esto”, pensarían, mientras se subían la cremallera del pantalón.
Pero ¡cruel ignorancia! Ellos no habían caído en la cuenta de que ella tenía un móvil con el que llamar a la policía.
Y así lo hizo. La policía llegó y cogió a los cuatro sospechosos: todos ellos menores de edad (uno de ellos sólo contaba con catorce años de edad).
La duda que tengo es que, a ver, la chica fue allí con sus amigos, ¿no? Entonces, supongo que al ver que tardaba en llegar la buscarían ¿no? Sin embargo, cuando la encontró la policía ella estaba sola, en la zona de los columpios del parque San Miguel y “con las ropas desordenadas”. ¿Y los amigos? ¿Dónde están los amigos cuando los necesitas?
Los rumores no han tardado en difundirse (Logroño es como un pueblo) y van desde “¿Qué hacía esa chica sola y de noche en un parque?” a “Su novio le ha dicho que se lo merece por zorra”. Pero parece que nadie se ha percatado de que esos VIOLADORES no han sido recluidos porque eso sólo se hace EN CASOS EXTREMOS.
Los rumores se han disparado. Ya nadie recuerda el caso de esta chica (que es real), pero la aparición de diversos bulos sacados de un guión típico de Quentin Tarantino ha fomentado el pánico de las chicas jóvenes, y no tan jóvenes, de nuestra ciudad. Los taxis hacen su agosto los fines de semana, ya que a partir de las once NO hay autobuses urbanos en Logroño.
Y los violadores menores están en la calle, siguiendo con sus vidas. Mientras, esa chica es presa de unas miradas de compasión o incluso asco, sufre en silencio y rememora inconscientemente un momento terrible de su vida que jamás logrará superar por completo.

Logroño, 2005.

palabra de Awixumayita en viernes, enero 05, 2007

jueves, 26 de agosto de 2010

AWIXUMAYITA-LA MUSA ONÍRICA


Nota: Este relato fue publicado originalmente en: http://awixumayita.blogspot.com/2007/01/la-musa-onrica.html



martes 2 de enero de 2007


LA MUSA ONÍRICA


Despertó de una siesta neutra, apacible pero sin restos de vivencias oníricas que le hicieran sentir viva. Se levantó pausadamente y se percató de que The Killer Barbies interpretaban un tema en su mini cadena. También se miró las uñas, y, al ver que entre ellas había restos de su piel, se rió de sí misma, preguntándose cómo podía ser tan tonta de arañarse mientras dormía.
Una vez hubo llegado al baño, se miró al espejo y se vio a sí misma, pero también vio algo raro: algo en su ojo izquierdo. Estaba debajo de su brillante iris verde y, en un principio, le pareció una pequeña mota roja. Para asegurarse, acercó más su rostro al espejo. Esto le permitió tomar conciencia de que, en lugar de una pelusa o una triste pelusa ahogada en su mirada, aquella era una pequeña incisión, una herida en su globo ocular. No pasa nada, pensó, el ojo se regenera, y miró hacia el techo en un acto reflejo. Un acto reflejo desafortunado, inoportuno, que le valió el crecimiento instantáneo de la incisión en forma de línea horizontal que se traslada hacia la izquierda. Cerró los ojos rápidamente para amortiguar el dolor y, cuando ya se hubo calmado un poco, les devolvió el derecho de recibir luz exterior y se miró con temor en el espejo: Ahora su pequeña incisión era un agujerito de una profundidad considerable del que nacía un corte que sesgaba su ojo por la mitad.
En el salón se escuchaban risas de niños, el tintinear de las cucharillas en las tazas de té y las voces graves y maduras, vehículos de conversaciones estúpidas. A Érato le entró un sudor frío al escuchar aquellas voces, pues entendió que no debía molestar a nadie por esa estúpida razón, después de todo, el ojo se regenera... Pero tenía miedo y necesitaba ayuda.
Entró al salón y todos la saludaron educadamente. Ella se tapaba la cara con el pelo angustiosamente.
- Érato, ¿Pasa algo? – Preguntó su madre de forma demasiado fría y superficial.
- Tengo que ir a urgencias. – La chica estaba nerviosa, aterrada. - ¡Mi ojo!
Miró a su alrededor y lo primero que divisó fueron las miradas preocupadas de los niños, cosa que le hizo recapacitar. No tenía edad de quejarse a los mayores, mis problemas son míos, se dijo antes de regresar a su habitación y mirarse por última vez en el espejo.
La incisión había continuado su sesgo en su carne, desde el final del globo ocular hacia la oreja. Emitió un gemido de dolor, pero sus labios produjeron un movimiento en los músculos faciales que dieron lugar al desgarramiento de la profunda herida. Abatida, se sentó en el suelo y se dijo, mentalmente, repetidas veces, que aquello sólo era un sueño, pero no le bastaba con eso, pues todo era muy real. Se golpeó a sí misma en la cabeza, pero fue en vano. Pronto se vio buscando un teléfono móvil para utilizarlo como conector a la realidad, como vio en el film Matrix, pero al no encontrarlo decidió imaginárselo. Imposible. Menudo subconsciente más vacío, pensó, que ni siquiera tiene teléfono. O tal vez es que esté tan desordenado que le es imposible encontrar las cosas más básicas. Entonces se dio cuenta: ¿Imaginarse un móvil para establecer contacto con la realidad? Definitivamente, estaba soñando. Cómo si no iba a pensar tales estupideces...
Y se sintió libre. En ningún momento pensó en intentar despertarse. Tampoco le hubiera servido para algo, ya que claramente se trataba de un sueño de despertar imposible y el intento se hubiera traducido en una angustia asfixiante. Así que decidió aprovecharse de la situación: Estaba viva, viva como un yo pensante dentro de su subconsciente, y podía hacer cualquier cosa. Capaz de todo. Ya no se preocupó de su rostro mutilado: ella había decidido que desapareciera la incisión y así fue. Se levantó felizmente y abrió la ventana, espantó a las palomas y ocupó su lugar. No tenía vértigo, aunque estaba al borde del precipicio, e incluso se puso de pie con seguridad. Tras esto, comenzó a subir por el aire, como si unos escalones se hubieran colocado ante ella. Una escalera hacia el cielo. Subió, subió velozmente las etéreas escaleras, mirando complaciente cómo se iba alejando de su triste, oscura y degradada ciudad. Abajo se quedaba su familia y sus estúpidas reuniones para tomar el té, la angustia, el prejuicio, la soledad, la ignorancia, la envidia, el orgullo, la superficialidad, la falsedad y la hipocresía de un mundo tan perdido que no valoraba ni la vida.
Siguió su ascensión, pero llegó un momento en el que no le fue posible continuar. No era falta de oxígeno, tampoco era fatiga. Simplemente había algo que le impedía elevarse más. Así que decidió bajar, deslizarse en un descenso limpio, rápido y atrevido, por una rampa imperceptible. Siguió así hasta encontrarse con un frontón que se asemejaba a la boca de un metro: las gradas, como enormes escaleras, bajaban hacia un frontón cubierto y hediento de sudor y orín. Érato se deslizó a gran velocidad hacia el interior de aquel deprimente lugar y asustó a unos cuarentones sudorosos que se entretenían jugando a pelota. Por último, puso los pies en el suelo y se disculpó ruborizada a los pelotaris aficionados. Pero ellos no le hacían caso, la ignoraban por completo y ella se sintió absurda, avergonzada de sí misma, pequeña, sucia e insignificante, por lo que se puso en cuclillas y murmuró que jugaran con ella. Suplicó que jugaran con ella, que la usaran de pelota. Ellos se miraron extrañados, pero pronto uno de ellos se atrevió, la cogió del suelo, la hizo botar y la lanzó contra el frontis. Ella reía divertida, dando volteretas en el aire, chocando su retorcido cuerpecito contra la pared. Pero después se fue sintiendo pesada, le costaba botar y el camino del suelo al frontis ya no era divertido, sino lento y excesivamente denso. Una vez más, se sentía sucia, intrascendente, ridícula. Así que decidió marcharse de allí.
El impertinente sonido del teléfono despertó a Érato. Somnolienta, intentó alcanzar con el brazo el aparato que seguía vibrando y emitiendo terribles sonidos melódico-penetrantes desde la mesilla.
- ¿Qué? – Preguntó con voz pastosa cuando al fin logró tenerlo en su oreja, después de adivinar por tanteo en dónde estaba el botón verde.
Sofocada tarde de verano la de aquel martes de 1997. Tomás, sentado en la terraza del bar más solitario de su barrio, pega un último sorbito a su refresco de limón. Si seguía con aquel modo de vida acabaría muriéndose de aburrimiento.
Aún no se habían puesto de moda los impertinentes “sudokus”, los móviles no tenían color y las Spice Girls acaparaban todas las emisoras de radio. Un buen año para suicidarse, sin duda.
Cuando al fin decidió levantarse de la incómoda silla de plástico, se dio cuenta de que no había sacado la cartera. Es igual, pensó, soy tan insignificante que el camarero ni siquiera reparará en mi ausencia.
Pesimista, cabizbajo, desganado...
De pequeño se entretenía arrancando las patas a las arañas, pero ahora prefería pisarlas directamente.

Érato era impulsiva, infantil, alocada y desconcertante. Cambiaba fácilmente de humor y fácilmente se podía poner a llorar sin motivo aparente. Basaba su vida en canciones y pretendía grabar un recopilatorio al que titular “La banda sonora de mi vida”, con temas que oscilaran entre Supertramp y Patti Smith pasando por Oasis o, por qué no, Laura Pausini. Su humor iba acorde con el tiempo, por eso nadie la llamaba si llovía y su buzón se llenaba de mensajes si hacía sol. Tomás, no. Tomás no hablaba con el calor y filosofaba cuando había humedad, por eso Érato le llamaba cuando había tormenta y él recurría a ella si incordiaba el Sol. Por eso siempre estaban tristes.
Érato odiaba despertarse, siempre, aunque estuviera soñando la peor pesadilla. Había aprendido a controlar sus sueños, a tener conciencia de sí misma en su mundo onírico, y había llegado un momento de su vida en el que prefería estar dormida, pues sus sueños le brindaban la oportunidad de ser libre y despojarse de la mediocre realidad. No le gustaba su vida. Era aburrida y monótona, casi perfecta.
Inmediatamente después de hablar con Tomás, que como la mayoría de los días de estío reclamaba su presencia en algún poco transitado café y una conversación desesperada, se levantó pausadamente y se percató de que The Killer Barbies interpretaban un tema en su mini cadena. Se acercó al espejo y observó con detenimiento sus ojos. Primero suspiró aliviada, después se rió.
Ya eran más de las ocho de la tarde y eso significaba que se había pasado prácticamente toda la tarde durmiendo. Se dispuso a poner todo en perfecto orden: Quemar una barrita de incienso, ordenar el armario de la ropa, poner la máquina de escribir sobre la mesa de manera que pareciese que había estado escribiendo durante toda la tarde, algún libro sobresaliendo de la estantería para parecer culta, hacer la cama, ducharse, ponerse bien el pelo, maquillarse, vestirse lo más mona posible, poner música relajante... Todo, incluso ella, debía estar perfecto para Tomás pues él tenía siempre en cuenta cada mínimo detalle. Pero de repente, mientras terminaba de poner en perfecto estado la colcha, se detuvo en seco. Tenía que esperar a Tomás, que vendría de un momento a otro, pero realmente sentía que no quería saber nada de él. Sabía que eso era egoísta, ya que él la recibió con los brazos abiertos en la última tormenta, pero hoy no quería sentirse mal. Hoy quería volar como en sus sueños, saltar por la ventana y sentir todos y cada uno de los poros de su piel abriéndose, absorbiendo en su totalidad la energía que el sol proyectaba sobre ella, nutrirse de adrenalina, de vida.
Decidió salir, huir como en su sueño, pero en el portal se encontró con Tomás, que la agarró fuertemente del brazo y le recriminó:
- ¿Te vas? ¿Ibas a plantarme?
Ella temblaba de ira y miraba sin expresión hacia el infinito.
- ¡Contéstame!
Ella seguía temblando, su corazón palpitaba a gran velocidad y su piel, suave y joven se volvió áspera, casi artificial, como la desagradable piel de las gallinas.
- ¡Mírame! – Ella seguía ausente – Érato, ¿Por qué te ibas? Estoy mal...
- - Los peores problemas son los que desconocemos, los que no pertenecen al mundo físico. Los verdaderos problemas son aquellos que se ocultan en nuestro subconsciente, los que no se exteriorizan pero nos hacen llorar sin motivo, nos hacen desconfiar hasta de nosotros mismos y estar mal con los demás. Los verdaderos problemas son racionalistas y no dependen de la experiencia. Los verdaderos problemas son aquellos que sólo puede solucionar el afectado, se agravan con los consejos ajenos y desembocan irremediablemente en depresión, locura o paranoia. No hay psicólogos ni psicoanalistas en este mundo capaces de ordenar nuestra mente, porque nadie puede pensar por otra persona. Sólo uno mismo puede meterse dentro de sí mismo y encontrar el problema que le come y aísla.
- Quizá sólo somos poco sociales.
- Probablemente. – Repuso Érato con desilusión. Después se despojó de la mano que la retenía, miró hacia el cielo, que estaba despejado, y disfrutó de los últimos instantes de sol.
- ¿Qué es lo que quieres realmente? – Preguntó él, perturbando el estado anímico de su amiga.
- Eso es exactamente lo que no quiero, realidad. No quiero realidad, quiero soñar.
- Ay, mi pequeña musa onírica...
Ella dejaba que él la llamara con ese apelativo cariñoso, pero le molestaba que él nunca se hubiera preocupado por saber que su nombre, Érato, era el nombre de la musa de la poesía amorosa. Pero a ella no le gustaba escribir, ni mucho menos el amor. Sólo basaba su vida en buscar la felicidad inmediata, y esa no está en el amor, está en el sexo.
Aquella tarde había disfrutado, pero era consciente de que, pese a todo el control que ejerció en él, sólo era un sueño. Aquella tarde había subido a lo más alto que podía llegar y había descendido también hasta lo más degradante de la estirpe humana, en donde había disfrutado siendo simplemente un objeto. Pero sabía que aquello no era bueno, que prácticamente se había dejado violar, aunque parezca una paradoja. Deseaba con todas sus fuerzas desear algún día a alguien que en verdad la desease. Sentir lo que es realmente el amor, vivirlo en el mundo físico y tangible, pero el amor hay que buscarlo y bastante tenía ya con encontrar la felicidad. Y la felicidad no está en el amor, la felicidad, según Érato, estaba en la libertad; y el amor, muchas veces, la aniquilaba, al contrario que los sueños, que la exaltaban. La libertad estaba en sus sueños, en donde, por lo tanto, no existía el amor.
Pronto anocheció y comenzó a llover. Érato bajó la cabeza, avergonzada: ahora necesitaba a Tomás.
- Te he hecho daño. – Dijo la joven. – Pon un precio y te recompensaré.
Dado que las mísera gotas de agua que resbalaban por su frente le iluminaban la mente, propuso a la chica salir a vivir. Vivir como si esa noche fuera la última.
La elección del bar corrió a cargo de Tomás, por lo que acabaron en un oscuro pub levemente iluminado por unas escasas luces de neón y con música de los Ramones como banda sonora de la depresión que causa ahogar la angustia existencial en chupitos de vodka.
La ingesta de dos despreciables chupitos de esa cristalina bebida y Érato comenzó a sentirse mareada.
- Creo que estoy demasiado borracha, Tomás... Vamos a bailar un poco, porque si me quedo así, me va a entrar el bajón y yo... yo ya sabes que soy de llorar...
- ¿Y si salimos fuera? – Propuso él.
- No, no quiero... – Se acercó torpemente a su oído. – Bésame, por favor.
Él la rechazó fríamente y ella, al notar esa reacción, se ruborizó.
- Me encuentro muy mal. ¿Por qué no me das cariño?
- ¿Qué te ha dicho está tarde el espejo?
Érato no veía con claridad, todo daba vueltas a su alrededor y la voz de Tomás la percibía extraña, como desnivelada en cuanto a tono y timbre, pero había escuchado aquella pregunta y se había asustado. De pronto recordó su rostro mutilado, su ojo sesgado, y buscó rápidamente su reflejo en cualquier botella, en cualquier rincón... pero fue en vano. Tomás, que por supuesto no tenía conocimiento del sueño de Érato, siguió hablando en tono intelectual sobre cosas que se le aparecían por la mente, intentando que sus palabras pareciesen dignas de un interesante pensador:
- Si el reflejo del espejo no muestra lo que deseas, es que ha llegado el momento de cambiar. Tira todo, incluso lo que creas que es de mayor relevancia o importancia. Me pediste un precio para recompensarme, pero no hay dinero suficiente para pagar por lo que me hiciste. Te comportas como una araña que aparece justo antes de que las nubes expriman su jugo sobre nosotros, una araña que busca desesperada un lugar donde cobijarse porque su tela, esa que le hace sentirse un animal tan seguro y superior ante el resto de sus inmundos vecinos, no es capaz de resistir tan siquiera unas míseras gotas de agua, de vida. No, no hay dinero suficiente para pagar por lo que me hiciste, niñata desagradecida y egoísta. Me pediste un precio, y aquí lo tienes. – Concluyó, mostrándole un bote de cualquier medicamento, vacío. – Mi pequeña Musa Onírica, bienvenida: Aquí comienza tu sueño eterno.
Érato salió a duras penas del bar, tambaleándose. Aquella droga ejercía un poder tan grande sobre ella que le era difícil hasta el tan básico hecho de respirar y caminar al mismo tiempo.
Miró hacia la calle principal de la popular zona de bares, pero todos estaban cerrados y la única persona que transitaba La Desolada era un hombre que, en un vehículo, se encargaba de limpiar la ciudad. No es posible que hayan cerrado ya, pensó, no es posible que ya haya pasado tanto tiempo... Su mente había sido violada tan brutalmente que incluso había perdido la noción del tiempo.
Tropezó. Resbaló. Cayó impotente al suelo.
Cayó en un profundo sueño.
Mojada por su gran enemiga la lluvia, se sumió en un profundo y eterno sueño que ni los posteriores truenos, ni el radiante Sol de Julio que la descubriría a la mañana siguiente, lograrían perturbar.



domingo, 22 de agosto de 2010

AWIXUMAYITA- UN VAGO RECUERDO SIN IMPORTANCIA

Imagen pendiente de la autorización de la autora


 Nota: este relato  fue publicado originalmente en "La niña de las naranjas".

martes 2 de enero de 2007UN VAGO RECUERDO SIN IMPORTANCIA

Miró hacia el techo y vio que aún estaba aquella dichosa gotera que acompañaba sus momentos de soledad cuando sólo era una niña. Por aquel entonces la odiaba con todas sus fuerzas, aquella maldita mancha de humedad que cubría gran parte del techo, pero ahora le gustaba. Cerró los ojos e inhaló profundamente aquel espeso olor, transportándose a su infancia, viéndose allí, sentada en el suelo, con la cabeza gacha, sintiendo una dolorosa ira en su interior, muerta de miedo, con los ojos cálidos y dibujando extrañezas en el parqué con el odioso pintalabios rojo de su madre. Las niñas de ocho años no deberían hacer esas cosas. Pero Alexia siempre fue una niña solitaria, más bien una amante de la soledad. Le gustaba sufrir, contener las lágrimas para sentir como ardían sus ojos, aquellos ojitos verdes. La soledad no es lugar para las niñas de ocho años.
La gente entraba y salía de allí. Aunque parecían tristes, Alexia estaba convencida de que sólo iban allí movidos por el morbo, por la atracción que les infundía el ver un cuerpo ahorcado. Y, más aún, si aquel cuerpo pertenecía a una joven de veintiún años, una bellísima chica de veintiún años. Eva estaba perfecta, incluso muerta era envidiada por Alexia. Eva estaba perfecta. Alexia nunca hubiera imaginado que un cuerpo se tensara hasta tal punto cuando era ahorcado.
Aquella imagen era terrible, pero Eva estaba bellísima.
Lo sublime es cautivador, lo sublime te atrapa, te aterra, te atrae... Lo sublime es cautivador. Eva era sublime.

* * *

- ¡Ales! ¡Ales! – Eva corría detrás de Alexia, con las manos embadurnadas del chocolate blanco que chorreaba derretido de aquel poco apetitoso bollo industrial que sostenía con gran ansiedad.
- Equis, equis, equis. – Murmuró a regañadientes Alexia, pero no demasiado bajo, para que Eva pudiese oírla.
- ¿Qué equis? ¿Qué dices? – Eva lamió uno a uno los chocolateados dedos de su mano derecha mientras sostenía el gran bollo con la izquierda.
- Equis, Eva, que a ver si aprendes de una vez a pronunciarla. Mi nombre es Alexia, no Alesia.
- Vale, vale... – Dijo con la boca llena. - ¿Falta mucho?
Alexia ya estaba empezando a perder la paciencia con Eva y eso le hacía sentirse mal. Eran amigas desde que iban al colegio y desde entonces siempre se habían tenido incondicionalmente la una a la otra, pero Álex ya se estaba cansando de su imperecedera ingenuidad y falta de madurez. Cuando eran unas alocadas adolescentes de instituto era divertido, pero con veinte años ya era una patética forma de pensar, de ser y de actuar.
Alexia ya estaba empezando a perder la paciencia con Eva y eso le hacía sentirse mal. Eva lo está pasando realmente mal, pensó Alexia, lo ocurrido con Héctor ha sido un durísimo golpe para ella. Álex, paciencia.
- ¿Quieres? – Le preguntó Eva, enseñándole aquel bollo como si de un exquisito manjar se tratara. La cara que puso Alexia sirvió de respuesta. – Tú te lo pierdes. Oye, ¿A dónde vamos?
Álex suspiró y dijo:
- A la sala Amós Salvador. Quiero que veas una exposición muy buena que hay ahora. Es de dibujos surrealistas acerca de la mujer. Fui ayer y me gustó mucho, he pensado que a ti también te gustará.
- ¿Hasta allí? ¡Pero si está lejísimos! Además, no me apetece, ¿Por qué no vamos a tomar algo y punto, como la gente normal?
- ¿Qué? Tía, te va a gustar, ya verás.- Alexia se frustró, sólo intentaba agradar a su deprimida amiga y ella no hacía más que comportarse como una niñata caprichosa y desagradecida.
- Me voy a casa.
- ¡Pues que te lo pases bien!- Dicho esto cambió el rumbo que estaba siguiendo y caminó deprisa para que Eva no la siguiese. Eva nunca se esforzaba por nada.

* * *

- ¡Álex! – Alexia levantó la cabeza y dejó a un lado su única preocupación en ese momento: hacer bailar una copa vacía de cualquier bebida, en la mesa de una terraza de cualquier bar. Ante ella, imponente pero simpático, Héctor.
Alexia sintió algo muy extraño cuando le vio. No era miedo, ella no tenía por qué temerle; tampoco era sorpresa, ella no era de las que se sorprendían fácilmente; y no eran nervios, para nada le ponía nerviosa aquella persona. Aquel personaje.
- Ah, hola Héctor– Dijo fríamente sin tan siquiera levantarse de la silla. - ¿Qué tal?
Mientras él le contestaba lo típico y le argumentaba de manera vulgar y poco creíble lo mucho que añoraba y quería a Eva, ella se amarró fuertemente a su bolso y se levantó de la silla.
- ¿Le dirás algo a Eva? Yo la quiero, Álex, no te puedes ni imaginar lo mal que estoy.
Alexia le miró a través de sus oscuras gafas de sol un momento y luego dijo:
- Pues si tanto la quieres, como tú dices, te aconsejo que la dejes en paz. Es lo mejor para ella.
- Pero ella me llama y...
- ¿Que ella te llama? No me vengas con hostias, Héctor, que nos conocemos.
Además, ya sabemos muy bien lo que ocurrió. Eva no es tonta, no te engañes, no creo que te llame después de... ¡Me das asco! – Alexia estalló. Nunca podría entender cómo alguien podía ser así. Cómo alguien podía ser tan ruin y despreciable, como se podía carecer tan fácilmente de sentimientos y de razonamiento.
- ¿Y qué tal está?
Alexia ya estaba a más de un metro de distancia de la mesa cuando oyó aquella pregunta. Se volvió hacia él, le miró fijamente y le dijo:
- Por lo menos te has dignado a preguntármelo. No muy bien, la verdad, pero lo estará.
- Seguro que ahora se pasará el día devorando chocolate... – Héctor sonrió. – Siempre lo hace cuando está depre.- Se puso serio súbitamente. -¿Se va a...?
- ¿A operarse? Sí, bueno no sé, se lo está pensando, pero ya me encargaré yo misma de convencerla para que lo haga.
- ¿Qué? Álex, no. Álex, sabes muy bien que...
- ¿Qué? ¿Que a ti no te gusta? ¿Que a ti no te gustan las mujeres si no tienen dos tetas? – Alexia no lo soportaba, no podía. No era capaz de comprender aquella forma tan machista y arcaica de pensar de Héctor. Y, menos aún, teniendo en cuenta que la vida de Eva estaba en peligro. – Héctor, es un cáncer, estas cosas no se pueden tomar a la ligera… ¿Por qué no entiendes… por qué coño no te quieres hacer a la idea de que si no se opera…? No sé cómo tienes la cara, encima, de decir que la quieres, Héctor. Ahora, si me disculpas, debo irme.
Dicho esto, se dio media vuelta y siguió su camino indefinido, con un crispamiento superior a sus fuerzas, odiando a Héctor, odiando a Eva.
Héctor era terrible. Su manera de pensar era incomprensible.
Eva era tonta, una tonta enamorada. El amor es tonto.


Aún podía recordar con amarga inquietud el día en que Eva recibió los resultados de las pruebas.
- Alexia, he recibido una carta de sanidad. – Eva la miraba sin expresión, pero Alexia sabía lo que sentía. Tenía miedo.
- ¿Ya te han dado el resultado?
- No, me han citado para dármelos, debo ir esta tarde.
Alexia intentó tranquilizarla, no tenía por qué temer. No pasará nada malo, repetía Álex, ya verás, nada malo. Pero, en el fondo, ambas sabían que nada iba realmente bien. Desde que Eva se notó aquel impertinente bulto en su pecho derecho, nada iba realmente bien.
Aquella tarde fueron juntas al hospital. Héctor no sabía nada, ni de las pruebas, ni del bulto, ni de nada.
Llegaron a casa de Eva destrozadas. Eva ya tenía los ojos secos y enrojecidos de tanto llorar, y Alexia, empeñada como siempre en parecer fría, incluso (sobretodo) en las ocasiones más difíciles, estaba pálida y nerviosa, y ocultaba la expresión de su mirada tras sus incondicionales gafas de sol. Pero aquel día no dejaba de llover.
Héctor estaba en el salón, como siempre, viendo la tele que, como cada tarde, narraba la triste historia de una mujer asesinada a manos de su pareja.
Héctor era joven, un poco más mayor que Eva, pero tenía la mentalidad de un hombre rústico de sesenta años. Bueno, quizá esa clase de hombres incluso sean más tolerantes que Héctor, porque la reacción que tuvo cuando le comentaron lo ocurrido fue terrible, incomprensible.
- Nos han dicho que, ahora mismo, la mejor solución sería operar. – Le dijo Alexia, manteniendo la calma, como siempre.
- ¿Operar? Pero, ¿Cómo…? – Preguntó él.
- Me tendrían que amputar un pecho. – Enunció Eva, bajando la cabeza con timidez, como si le ruborizara, como si aquella salida fuese motivo de avergonzarse, como si aquello fuese indigno.
- Te habrás negado ¿no? – Le preguntó Héctor.
- ¿Qué? – Alexia perdió su característica calma por un momento. Una vez tranquila continuó. – Héctor, debe hacerlo, es la única solución.
Pronto, aquel salón se convirtió en escenario de una gran discusión. Álex argumentaba que esa era la única salida que Eva tenía, a un Héctor imposible de convencer, que se negaba sin razones convincentes a aceptar aquello. Eva sólo callaba, ni siquiera escuchaba. Estaba perdida.
- Me voy a operar. – Dijo en un murmullo. Álex y Héctor seguían gritando, no la escucharon. – Me voy a operar. – Repitió, esta vez más alto. Seguían sin oírla. – He dicho que me operaré. Voy a someterme a esa jodida operación ¿entendido? Héctor, tengo veinte años, no pienso joderme la vida por tus putos prejuicios ¿entendido?.
Álex nunca la había visto así antes. Eva siempre se había comportado como una mujer sumisa que siempre veía la decisión de su pareja como la más acertada. Porque era una tonta que se sometía al amor.
Alexia se enorgulleció de Eva.
Héctor miró a Eva con superioridad y se acercó a ella.
- ¿Qué? – Y le propinó una bofetada tan fuerte que la obligó a caer sentada sobre el sofá.
- ¡Hijo de...! – Alexia se acercó a él, imponente, pero él la apartó sin esfuerzo y la echó de su casa. Miró a Eva, que le indicó con la cabeza que se fuera de allí.
- Como quieras. – La miró con un gesto de incomprensión. A Héctor no quiso ni mirarle, y se fue de aquel apartamento con una carga de culpabilidad.
Eso pasó hacía apenas unas tres semanas. Eva ahora vivía con ella, pero aún no había decidido operarse. Quería tanto a Héctor que pensaba que, si no se operaba, todo volvería a ser como antes, que él volvería a ser el mismo.
Los días se hacían eternos en esa casa. La convivencia con Eva se hacía cada vez más insoportable para Alexia, acostumbrada a vivir sola desde hacía un par de años. Eva aún seguía siendo aquella niña caprichosa y extremadamente susceptible, aquella niña bonita e ingenua, aquella niña inconsciente que nunca sabía lo que quería, lo que tenía.

* * *

Alexia la miró una vez más, de arriba a abajo, de abajo a arriba.
Eva estaba ahí, colgada al lado de la mancha de humedad, perfecta, más guapa que nunca. Una vez más, Alexia sintió calor en los ojos. No, no iba a llorar por una necia.
Salió de aquella casa y empezó a correr; al principio no sabía a dónde ir, pero algo en su interior le iba marcando el camino. El camino para encontrarse con él, con Héctor.
Oculta en su desesperación huyó a través de los árboles que adornaban débilmente la hoy sombría Ribera del Ebro.
En su desesperada huida chocó con botellas vacías, con el hedor de las más bajas necesidades y con ciertas parejas etílicas ignorantes de corazón.
Miró hacia atrás. Sólo el Ebro, ya contaminado hasta la saciedad, y sus pequeños supervivientes, habitantes de espinas cansadas, infundían algo de tranquilidad a Alexia. Lo demás sólo era un vago recuerdo, se dijo, un vago recuerdo, sólo será eso, un vago recuerdo sin importancia.

palabra de Awixumayita en martes, enero 02, 2007

domingo, 25 de julio de 2010

AWIXUMAYITA-NUECES Y MIEL

Nota: Este relato fue publicado, originalmente, en:
http://awixumayita.blogspot.com/2007/01/nueces-y-miel.html


martes 2 de enero de 2007NUECES Y MIEL






Llorando yo en una esquina cualquiera de la calle Sagasta, vi a un tipo corriente con aires de espectro.
No me miró, pero sé que me vio con deseo en alguno de esos momentos insignificantes que te marcan algún cierto recuerdo efímero.
Volví a caminar. El Puente de Hierro estaba cerca.
Y, aunque mis ropas desarraigadas y arremangadas no me protegían del frío otoñal, yo era feliz.
A medida que iba caminando calle abajo, notaba la humedad del Ebro sobre mi cabeza. Mis pelos encrespados me daban un aspecto cada vez más degradante. Pero no era tiempo de lamentarse.
El espectro me miraba desde la puerta principal del Casino, pero ya no había deseo en su mirada, en sus pupilas color malva, y yo, decepcionada, me vi envuelta en un aura de incomprensión hacia mi persona.
De pronto, el hombre me miró, pero yo no quería que sus pupilas color malva volvieran a decirme algo subjetivo. Por lo tanto, seguí bajando, pues debía llegar al puente. Cuanto antes, mejor.
De poco me sirvió llegar al puente, pues aún faltaba mucho hasta llegar a ese dichoso punto en el que se podían divisar las focas marinas reflejadas en las verdosas y fangosas aguas del Ebro.
Cuando ya pude divisar aquella sublime obra arquitectónica que se mezclaba con la descuidada, y casi salvaje, naturaleza, y que hoy se convertía, como cada día, en un cagadero de cigüeñas; un movimiento instintivo y el crujir de una baldosa me obligaron a mirar hacia atrás.
Tras de mí.
Detrás de mí.
Allí estaba el atractivo espectro, fijando sus terribles pupilas malvas en mi mirada tórrida y lasciva que, poco a poco, fue convirtiéndose en una mirada de súplica, pidiendo compasión.
Yo debía seguir mi camino pero él no me dejaba.
Su mirada malva no me lo permitía.
Las cigüeñas no saben volar a estas horas de la tarde. Anochece.
Intenté retroceder pero no pude. Él seguía mirándome.
- ¡Maldita sea! ¿No ves que debo seguir mi camino?
- ¿Por qué deseas llegar a ese punto del puente?
Perpleja, me pregunté cómo era posible que aquel hombre supiese cuál era mi destino elegido.
- Porque sí. A ver qué dices ahora, “malveño” maquiavélico, maniquí de sonrisas perversas en el escaparate de los sueños lascivos de mi corazón.
Los latidos de mi corazón latían apresurados, señalándome que ya había llegado el momento.
Pero yo no podía continuar. Mis pies iban tomando forma, formando parte de las baldosas del puente.
Un calor abrasador me inundaba todo el cuerpo. Sentía que me ahogaba y suspiraba profundamente. No podía emitir ningún vocablo, palabra o sonido coherente.
Miraba con ojos suplicantes a aquel atractivo espectro de pupilas malvas, pero él no me ofrecía ayuda.
Los botones de mi blusa pedían ser desabrochados apresuradamente, y yo no podía negarles esa tentadora proposición.
Con mis pechos descubiertos, y sin poder moverme de allí, rogué a aquel fuego intenso de color malva, que centelleaba en los ojos del espectro, que me dejara marchar.
De repente, logré despegar mis pies del suelo pero, torpe de mí, tropecé con una baldosa y fui a caer a sus pies.
Sus amarillos zapatos me hicieron daño en los ojos, así que los cerré y recorrí a tientas sus piernas con mis labios.
Sus rodillas me dieron el elixir del deseo que me faltaba para continuar.
Mis pezones se pusieron duros de repente y el aire otoñal, con la bruma húmeda que despedía el Ebro, penetraba las telas de mis desarraigadas ropas, provocando un calor intenso en mi entrepierna.
Seguía subiendo mi boca por sus piernas mientras mis ojos, cerrados, eran testigos de una cálida humedad agradecida por el aire.
Mis manos estaban firmes y obedientes. No temblaban, no sufrían. Las llagas que me provocó la caída parecían curadas, y el tacto suave de sus pantalones me invitaba a tocarlos con las manos. A acariciar cada recoveco, a fruncir las telas, a arañarlos sin compasión, a desgarrarlos.
Lo salvaje nunca fue santo de mi devoción, pero en ese momento no pensaba en nada.
Me moría de ganas por meter su polla en mi boca y saborear, sin pensar en nada más, el gusto de su piel. Su piel, tersa y firme, que desprendía un aroma intenso de nueces y miel.
Sabía que, como Jean Baptiste, aquel hombre también debía saber muy bien.
A nueces y miel.
Pero el canibalismo no era de muy buen agrado para mi gusto...
Una vez la tuve dentro de mi boca, puede comprobar complacida que mis suposiciones eran ciertas.
Mi lengua enviaba a mis glándulas salivares aquel delicioso manjar de nueces y miel. Y yo, aún con los ojos cerrados, soñaba con barcos de vela que chocaban entre sí dentro de un mar de aguas turbulentas.
Mientras mis pechos, descubiertos, eran invadidos por un frío del que yo no era consciente, y los coches hacían sonar estrepitosamente sus patéticas bocinas.
Dentro de mi boca se encontraba el sabor más delicioso que había probado en mi vida, y por mis labios resbalaba un denso hilo de saliva que delataba mi profundo disfrute.
Pero él hacía nada. Se mantenía quieto, sin decir nada. Ni siquiera un leve jadeo; nada.
Yo me esforzaba por darle placer pero parecía no conseguirlo. Eso me frustraba, me dolía. No era posible que yo disfrutara más. Aquello, que sólo era un sabor para mí, para él tenía que ser un placer intenso. Siempre fue así.
Me despegué, frustrada, de mi dulce capricho y abrí los ojos, dirigiendo mi mirada hacia sus pupilas malvas.
Debía tener una imagen muy graciosa: de rodillas, con el pecho descubierto, el pelo encrespado y mis labios chorreando saliva; mirándole suplicante como una niña desvalida. Él me miraba. Me miraba con deseo pero no me decía nada. Y eso me crispaba.
Deseaba ser parte del suelo y convertirme en baldosas para que la gente no dejara de pisotearme. Eso es lo que realmente merecía, por tonta e infantil.
De pronto reaccionó, se agachó y me miró. Estábamos los dos a la misma altura, cerquita del suelo.
Deseaba probar todo su cuerpo, encontrar el sabor en cada recoveco de sus costuras, de los poros de su piel. Pero aprendí que los chicos solían repudiar los besos. Por eso me contuve.
Pero él no se pudo contener.
Lamiendo suavemente la saliva que resbalaba por mis labios, provocándome unas cosquillas graciosas y adorables, me invitó a besarle como nunca antes había besado, a probar el dulce de nueces y miel en sus labios.
Pero yo debía irme, debía seguir mi camino. Yo no debía estar allí.
Así que me despegué de aquella dulce sensualidad y dirigí mis pasos hacia mi destino sin intención de volver mi vista hacia atrás.
Caminé por aquel puente que parecía eterno y llegué a aquel punto en el que se podían divisar las focas marinas reflejadas en las verdosas y fangosas aguas del Ebro.
Supe que era allí porque alguien me había dibujado una marioneta en una baldosa, a modo de señal.
Pero, antes de mirar al río, alguien me detuvo.
Sus manos fuertes me asieron por la cintura y me volvieron hacia él. Cerré los ojos y, al abrirlos, me encontré con aquella mirada de pupilas malvas.
Él bien sabía lo que yo pretendía hacer esa tarde.
Aquella última tarde.
Pero sus palabras me detuvieron. Sus palabras, su sabor.
Él me mostró que yo era especial.
- Antes de hacerlo, déjame besarte por última vez. Quiero disfrutar de tu sabor a dulce canela con melocotón.
Fruncí el ceño y me olí la piel de mi mano derecha. Efectivamente, olía a canela y melocotón. Pero una vez aprendí que los chicos tienden a hacer creer a las tías que son especiales.
Así que me derrumbé. Quizá todo era mentira y yo debía volver al agua.
Sólo soy una ondina enamorada.
Como no podía hacer otra cosa y me sentía perdida y con una frustración contundente, me dispuse a huir, a correr hacia un lugar indeterminado. Tenía miedo, pero no sabía bien por qué.
Yo había llegado allí para terminar con todo. Mi fin estaba ahí y yo deseaba con todas mis fuerzas aquel final.
Pero no me atreví. De pronto, me apeteció vivir.
Las baldosas se contorneaban cuando yo pasaba sobre ellas, y el dolor de mis manos se intensificaba por el frío.
Intenté taparme el pecho, pero mis ropas estaban muy rotas y se me escapaban los pezones.
Aquel maldito olor a melocotón y canela me acompañaba en una angustia irremediable. Deseaba deshacerme de aquel olor para olvidar aquellas sensaciones que me hizo sentir aquel desconocido, pero el único método infalible para ello era la muerte.
Corrí incesantemente, en busca de un lugar, pero qué lugar...
Al otro lado del puente todo es muy deprimente.
El único lugar que se me ocurría como agradable era el cementerio.
Al llegar, me senté sobre una lápida y doblé las rodillas para hundir mi cabeza entre ellas después. Las lagrimas que me acompañaban al principio se habían secado, y mis ojos estaban fríos, como si ambos fueran dos cubitos de hielo dentro de mis cavidades oculares.
La hierba, verde y seca, carente de vida o alimentada de muerte.
Abono natural para una hierba innecesaria.
Niñas haciendo la ouija me miraban asustadas. Quizá me vieran como un espectro solitario. Un espectro suicida. Condenada a vivir eternamente.
Los escarabajos correteaban sobre las flores putrefactas que componían lo que, hacía unas semanas, seguramente hubiera sido un bonito centro funerario.
Los escarabajos se amontonaban, unos sobre otros, se golpeaban, se caían, y el contacto de sus patas sobre las flores secas, producía un suave crujido insoportable.
Las niñas continuaban con su apacible entretenimiento, expectantes a la moneda que se movía sobre el tablero. Se las veía asustadas, temblando... Haciendo preguntas absurdas a un espíritu en paro que no tenía otra cosa mejor que hacer que responder a las preguntas banales de un grupito de púberes seudo-góticas, deseosas de parecer siniestras.
La lápida estaba fría y mis muslos ya estaban empezando a resentirse. Miré hacia atrás para ver sobre quién estaba sentada.
Allí no había ángeles, ni vírgenes, ni siquiera una foto del fallecido. Sólo había una oxidada cruz y una inscripción cuya fecha databa del año mil novecientos veintiocho.
Su nombre era Kilian. Me enamoré al instante de aquel nombre. Era precioso y yo nunca lo había oído. Kilian, Kilian, Kilian...
Aquel nombre se repetía sin cesar en mi mente, dando vueltas sin cesar, como los escarabajos que correteaban sobre aquellas flores secas.
Intenté imaginármelo; alto, atractivo, en la España de los años veinte, educado y frío. Pero, cuando más cerca estaba de recrear su rostro, me venían a la mente las pupilas malvas y el aroma a nueces y miel.
Hacía poco que había estado con él, pero ya no recordaba a la perfección su rostro. Sin embargo, ahí seguían vigentes sus pupilas malvas y su olor.
Me recosté en la lápida y miré a aquellas estrellas. El cielo se veía eterno y las estrellas, infinitas, centelleaban graciosas en lo alto. Parecía mentira que aquellas simpáticas bolitas naranjas fuesen gigantes bolas de fuego sin destino, sin camino, si vida.
La lluvia comenzó a caer desconsoladamente y las niñas de la ouija se fueron corriendo sin tan siquiera cerrar la sesión.
Yo, supersticiosa de mí, me asusté notablemente, ya que el espíritu seguía en la moneda.
Mi curiosidad, enfermizamente desmesurada, me obligó a acercarme al tablero.
La lluvia provocaba en mi cuerpo un cubrimiento de gotas frías que me helaban aún más.
Corrí hacia el tablero sin pensar si debía hacerlo o no, simplemente me acerqué allí porque tenía curiosidad.
Curiosidad por saber de Kilian. Quién había sido Kilian, por qué murió. Por qué murió a los veinte años...
Debo reconocer que estaba aterrada y que la lluvia ya se me hacía impertinente, pero la curiosidad es algo que nunca suele darse por vencido.
Puse el dedo índice sobre aquella moneda, cerré los ojos y pregunté “¿Sigues ahí?”. Efectivamente, la moneda fue deslizándose lentamente sobre el tablero, señalando una “s” y una “i”. Sí.
Cada vez me veía más patética y, poco a poco, iban apareciendo en mi mente diferentes momentos de mi vida que me mostraban absurda y deprimente, que me indicaban que aquella tarde debí haberme suicidado, pues mi vida no servía para nada. Sólo era una inútil.
Y comencé a llorar, como cuando salí de casa. Lloré.
Al cerrar los ojos veía aquellas pupilas malvas mirándome con deseo, haciéndome sentir especial...
Una vez más por instinto, me giré con la esperanza de volver a verle.
Debo confesar que di gracias a Dios porque él estuviera allí, mirándome de nuevo, desprendiendo aquel inconfundible olor a nueces y miel.
Me volví loca, loca por besarle y mezclar melocotón con miel. Loca por tocarle, por lamerle.
- Estoy aquí.- Dijo – Estoy aquí. Para probarte, para amarte, para sentirte... Estoy aquí para salvarte. Sólo por y para ti, Juana.
Me abalancé a su cuello, con ansias de amarle y ser amada. Me abracé a él, ciega de pasión...
Y, en los cuellos de su camisa, una pequeña inscripción que decía: Kilian.


Explicación onírica de “Nueces y miel”

Lágrimas: Indica que debe tomarse una decisión firme sobre la vida y arrancar de ella lo que no sea imprescindible para seguir adelante sin lastres que dificulten llegar a las metas que se han trazado.
Calle: El camino es emblema de destino. Luego representa el curso de los propósitos esenciales, las convicciones, las grandes ambiciones...
Escrito está que sólo el destino es camino fijo, inmutable. Es lo que significa actualmente el Karma, término sánscrito que significa hacer y que encierra un gran conjunto de consideraciones éticas y religiosas del hinduismo, el jainismo y del budismo. Su enfoque del gran camino es tan preciso que de la India, del Tíbet y del sudeste asiático ha llegado en los últimos cien años a Occidente para enriquecer su concepto de vía, logrando que mucha gente encontrara sentido a diversos sueños en los que veía a una persona del sexo opuesto y supiera que era otra forma o personalidad inexplicablemente suya.
Puente: Necesidad de pasar de una a otro dimensión o etapa de la vida.
Ropa: Vestir con andrajos presagia desprecio en un futuro próximo.
Bajar: Bajar en sueños alude a descensos en lo mental y moral. A veces se refiere incluso a lo orgánico, para aludir a la enfermedad o a la tristeza. La bajada suele ser dentro de uno mismo, necesitado de ahondar en la propia realidad o buscando refugio. Abajo está lo secreto, lo que ni siquiera quien sueña sabe de sí. Ahí sin duda están las realidades sexuales y la verdad sobre los propios sentimientos. Ahí se hallan también los temores y las pasiones no reconocidas o disimuladas.
Pelo: En la cabeza de la doncella, la cabellera ha de ser larga y lisa, como la torre misma en que el dragón la mantiene prisionera, pero si la doncella consiguiera escapar de la torre y perdiera su inocencia hasta convertirse en una prostituta, entonces su cabellera sería igual de larga y potente, pero hirsuta y muy vibrante y ondulada à encrespada, como consecuencia de haber perdido las energías solar y espiritual y, en su lugar, haberse encontrado la terrestre, un elemento más tangible, físico y material.
Malva (violeta): Se considera que es el tercero de los colores de la perfección, después del
blanco y el dorado, y que posee vibraciones excepcionales.
Río: Seguir el camino del río por un margen, mediante navegación o cruzarlo mediante un puente, significa que se ha de hacer algo más que dejarse llevar por la vida.
Cigüeña (ave): Es una figura arquetípica que no es tan considerada por su posesión de alas como por su capacidad para tocar mínimamente la tierra. Por supuesto, se trata de una valoración que no pertenece al plano de la conciencia, pero que se halla en mayor o menor medida en el lado oculto del ser humano, por lo que el suelo significa. Soñar con aves es precisamente señal de que se anhela el vuelo de la propia alma, lo cual, si no es debidamente canalizado en actividades consideradas elevadas, se traducirá en una condición melancólica.
Amarillo: Es común en los sonantes dados a la crítica ácida, al derrotismo, al sentimiento de inferioridad y la sexualidad posesiva.
Hierba: Entraña una llamada de la naturaleza. Es posible que quien sueña haya dejado de sentirse parte de cuanto existe y se encuentre en la asfixia que causa un yo desmedido y aislado. Esto origina una especie de desconcierto o embriaguez que da a quien la padece una aparente seguridad en sí mismo y en cuanto hace, pero los resultados siempre son deprimentes, hasta el extremo de dar la impresión de ser consecuencia de una mala suerte sistemática.
Pierna: El muslo indica al que dirige, y verse con la pierna dolida (mis muslos empezaron a resentirse) alude al temor de verse más o menos reducido en cualquier orden de la vida.
Insectos: Expresan el agobio causado por el acoso de problemas menores que adquieren mayor relevancia debido a su número o tenacidad (cada vez me veía más patética y, poco a poco, iban apareciendo en mi mente diferentes momentos de mi vida que me mostraban absurda y deprimente, que me indicaban que aquella tarde debí hacerme suicidado, pues mi vida no servía para nada). Los hay asociados a la idea de asco (cucarachas, escarabajos...) y expresan nuestro rechazo a nuestra más baja realidad. Se les asocia con el resentimiento y el autoengaño, el fracaso.


Los significados de estos arquetipos han sido extraídos de:
Enciclopedia de los Sueños, de Armando Carranza.
Editorial Planeta.



palabra de Awixumayita en martes, enero 02, 2007