sábado, 19 de abril de 2014

"Insulario", de Alonso Quesada / Panorama espiritual de un insulario - LA EMOCIÓN PORTUGUESA




Óscar Da Silva (enlace en portugués)


 Portugal es buen amigo de las islas atlánticas, Portugal es, además, un gran pueblo. Un pueblo lírico y con una buena intención de seriedad. La emoción ibérica se ha refugiado íntegra en Portugal. Cuando nosotros perdemos la sensibilidad y la vehemencia del alma, Portugal la recoge y se nutre de lírica exaltación. En tanto, la "portuguesada" se adentra en España y halla en ella un insospechado acomodo.
 Un español siempre se ha reído de un portugués. Recordemos ese estúpido cuento del “restaurant do ninhos” (1). Y la verdadera portuguesada ha sido en Portugal no más que una revolución de machos, una colaboración en la guerra de civilización y un mostrar al mundo ese bravo grupo intelectual que tanto lo decora.
 Las islas portuguesas, esas islas vecinas nuestras, son, además, un prodigio de cuidado y de ciudadano amor. Y mientras están llenas de verdura y gracia, las nuestras del Atlántico se aduermen envueltas en aridez y en polvo de arena africana. Un portugués sabe que tiene sus islas y las ama. Un español dirige a Canarias una carta así: "Las Palmas, SantaCruz de Tenerife, Valle de la Orotava". Y este español es, posiblemente, un ministro de la Corona.
 En estos últimos tiempos hemos podido recibir, bien cercana, la emoción portuguesa. Primero, unos aviadores. El avión trazaba sobre el cielo atlántico una línea de temblor infinito. ¡Gran portuguesada esta de extender realmente el ánima sobre el espacio y palpar en un instante, lejos, el extremo del mundo, como si fuera nuestra mano la mano de un dios! El avión parecía todo el pensamiento de una raza viva, que desde la orilla de una playa remota eleva toda su curiosa ansiedad eterna. Eran los mismos navegantes de antaño; llevaban la misma ilusión antigua sobre el mar. El mar parecía cantarles "un himno igual a los himnos de Moisés". El gran poeta lusitano había empujado con su grito la ruta de la nave celeste.
 Hicieron alto en este mar unos días, y nos dejaron por mucho tiempo una vibración consoladora y extraña. Con un poco de imaginación los hacíamos nuestros.
 Más tarde, unos días después, en una fiesta de a bordo se muere un marino portugués: el último de los marineros. Guiaba la falúa del barco, y al subir la escalinata se le para súbitamente la vida. Los marinos se estremecen y la fiesta que no habla empezado se trunca. Desfilan tristes las señoritas vanas, el idiota "bien". Y un español significado, evocando sin duda nuestro ardor tauromático del desastre colonial, acomete al cónsul: "Señor: en una zarzuela española ocurre un caso semejante. Y hay un rey en esa zarzuela que ordena la continuación del baile." El cónsul, diplomático, responde: “Eso es en una zarzuela, señor". Nosotros, bárbaros de condición y oficio hubiéramos respondido con una bofetada épica.
 Y ahora, cuando el mar está sereno y el verano de África nos llena de luminosa paz, vuelve la emoción portuguesa de la mano de un hombre romántico. ¿Pero es que hay aún hombres románticos? El último hombre romántico del mundo será un portugués. Este que viene es un músico silencioso y sutil. Queda nombrado Óscar Da Silva.
 Aparece tímido, con esa bella y acusada figura del Norte portugués: un poco triste, con la tristeza elegante del hombre que recorre el mundo con demasiada emoción en el espíritu. Y al acercarse a nosotros, desconocido y callado, sin espectáculo, ya nos emociona en silencio. Acude a nosotros porque un amigo portugués nos lo envía. Y Óscar nos lleva a una casa y se acerca al piano y nos descubre el asombroso temperamento que oculta su sonrisa. Esta música es como su tarjeta de visita, que nos enseña al preguntarle su nombre.
 Surge de sus manos el hondo mundo musical, con un perfecto prodigio que no podíamos sospechar siquiera. Pero cuando más se hunde la emoción es al arrancar a la entraña de su pueblo dolorido ese acento que es toda el alma portuguesa: la inquietud misteriosa de sus líricos, aquella misma emoción que cruzó con el avión por nuestro cielo. El instante nos eleva y nos desvanece. La preocupación enfermiza de ese fado elástico y gangoso desaparece. Es otra música. Portugal también tenía otra sonoridad diferente en las entrañas.
 Pasa como el último bohemio rezagado, con una tristeza que no hemos podido adivinar. Viene de lejos, de muchos lugares apartados del mundo, en todos los cuales dejó un perro que le escribe cartas románticas. Es el hombre que más perros bonitos tiene en el mundo. Con una gracia delicada y amarga, nos cuenta su éxodo una dama española en Leipzig, los días de aprendizaje con Clara Schuman, en Fráncfort. Todo lo hace Iírico, musical, en la palabra o en la idea. Mira siempre como a un perpetuo ocaso, que tiene ante los ojos, y no pregunta nada crematístico, no sabe que hay dineros por las ciudades: vive el sueño de su propia vida con una belleza y una ingenuidad primitivas. Es el artista puro, íntegro, con el ánima propicia a toda hora. Este artista así tenía que ser también portugués.
 Un español de la calle de Alcalá o que haya sido cruzado caballero de la calle de Alcalá (3), no podría concebir nunca que un músico portugués estuviera dando conciertos en las playas ricas de Nueva York mientras se estrenaba la "Canción del Soldado", en Apolo. Pero Óscar ama a España; hay algo razonable que le atrae en España. Nuestra música "impopular" y nuestras orquestas. Nosotros le hablamos de Barcelona. "Vaya usted a Barcelona. Los catalanes no se ríen de los portugueses. Los catalanes están, atisbando desde lo alto de Montjuich a los portugueses. Crea usted que espían a Portugal para arrancarle el secreto politico."
 Óscar, que no es carbonario, arroja su mirada melancólica sobre un recuerdo imperceptible, recóndito. Luego se estremece por una emoción súbita, rara, y nos abraza como si volviera de un país remoto y hubiera sido nuestro camarada de siempre. Con un dulce acento portugués exclama en castellano:
 -¡Oh, amigo!... Mi amigo cierto...
 Y se vuelve a olvidar de la vida...


Gran Canaria 12-VIII-19221

 Notas (1): Me ha sido imposible encontrar datos de este cuento. Agradecería la ayuda de algún lector ocasional.
        (2): Otro enigma: Los "cruzados caballeros de la calle del Alcalá". Necesitaría ayuda para aclarar este enigma.

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