lunes, 21 de abril de 2014

"Insulario", de Alonso Quesada / Panorama espiritual de un insulario - CAIDO DEL CIELO




Fotografía de Alejandro Canetti, tomada por Venancio Gombau Santos


 Volvamos a recordar a Alejandro Canetti, ahora que regresamos con él del Teide. Nos ha llevado al volcán para presentarnos al sol en la antesala de su casa.
 Canetti ha montado en España una oficina naturista. Ciertamente, él enseña el naturismo como el latín, con régimen. Nosotros, en cambio, queremos un naturismo sin reglas, independiente y libre. Con este naturismo de Canetti sale malparada la idea. Vida primitiva, no ejercitar la imaginación, comer frutas; carne, jamás: lo cual no es óbice para que el propio catedrático se engulla un bistec sin solearlo.
 A veces no tiene Canetti más que un disco: el disco solar. Yo que soy un hombre magro, he llegado a sentirme achicharrados los huesos con el diálogo de Canetti un día turbio y húmedo. Canetti no me dejaría salir a la calle si fuera gobernador. Yo soy un espectáculo antiheliótico. He pensado, al oírle, en la gran necesidad de crear en España un ministerio de Helioterapia. Canetti sería un gran Cierva de este ministerio.
 Todo el mal de España es porque no aprovecha el sol; se venden más tendidos de sombra. ¿Realmente le importa a Canetti el sol? ¿Y, realmente, el español va con sol? Porque yo tengo una visión de la Península quizá un poco arbitraria. Yo he pasado por Andalucía, por Castilla y por algunas provincias de Levante, y verdaderamente, yo no recuerdo sino hombres en las esquinas tomando el sol. Y como entonces no conocía a Canetti atribuí el mal hispánico a estos baños callejeros que Canetti recomienda como salvadores de raza. Luego, aquello que afirmé de la idea puede ser una cosa cierta.
 Pero como Canetti suele ser ameno, y es, sin duda, un gran compañero de viaje, pues nos fuimos al Teide con él y si no veía al sol veríamos a Marte, que desde aquella altura de dos mil metros atisba un astrónomo inglés.
 Y allí aparecimos un día espléndido, clarísimo. No hemos sentido jamás una emoción de naturaleza más maravillosa. El cono de la terrible montaña se proyectaba sobre un mar infinito, como la sombra de un águila fantástica. Las siete islas brotaban del mar, tímidamente. Eran siete montoncitos pequeños que podría desde aquella altura apuñar nuestra mano. Aparecían como en el escudo de Canarias, claro que sin la cursilería del escudo, pero con una graciosa pequeñez idéntica. Canetti elevó al cielo el humo de sus cabellos de judío. Los pelos voltearon como espigas al viento y...Canetti empezó a desnudarse. Yo le miré estupefacto.
 Y como soy hombre de catarros y corrientes de aire, no puedo contenerme:
 -Alejandro: ¡va usted a coger una pulmonía!
 Rió. Era el sol lo que iba a coger. El silencio de la altura lo hacía estremecer el aire que pasaba cortando, silbando, con un largo quejido de cíclope. El sol ardía en los peñascos de lava. De vez en vez, el ronquido del volcán atravesaba rodando bajo nuestros pies. Cuando volví a mirar a Canetti, Canetti estaba ya en calzoncillos.
 Contemplé el oro de la lejanía. De verdad que era el lugar y el momento para ofrecerse uno desnudo al infinito. Yo, a fuer de hombre poético, sentía también que me desnudaba, pero me desnudaba de la piel y de los huesos. Me quedé un instante desnudo, alegóricamente desnudo, confundido en aquel sano pudor de la tierra ardorosa. Y el sol me entraba en el ánima y el viento fue una cuna impalpable y divina para mi espíritu limpio... La voz del naturista venía a mi oído, como de más lejos: ¿Tiene usted rubor de verme desnudo? Me volví. Canetti era un Cristo resucitado de la entraña del volcán.
 Contesté: Le voy a atar a usted a la inmensa roca, como Prometeo. Está usted casi mitológico. Pero mientras usted toma el sol yo me lleno de literatura. Respondió; ¿A esta distancia se halla usted con ánimo de ayuntar palabras sonoras? ¡Qué quiere usted!-dije-. Me hace falta mucha naturaleza para desproveerme. Ahora tengo ganas de cantar Wagner. Si usted no se riera de mí forjaba el “Nothung” en esta magnífica soledad.
 No cruzaba un alma. Los guías estaban lejos, fumando dentro del apeadero. Canetti avanzó como un aprendiz de Vulcano. Yo continuaba estupefacto. Canetti quería recorrer las veredas desnudo. Había puesto la ropa en la mochila y la mochila se la había sujetado a la espalda. El espectáculo se magnificaba. Llegaron después los guías más asombrados y nos pusimos en camino.
 Pero Canetti conocía ya las veredas de otras ascensiones. Corría por las veredas como un pastor y a veces como un macho cabrío, infladas las narices por la estupenda sensualidad del viento. El sol caía de lleno sobre la montaña. Canetti preguntó de pronto por el astrónomo inglés. ¿Y ese hombre que mira a Marte todas las noches, dónde duerme? Estaba cerca, en un recodo más alto. Allí tenía sus aparatos y la tienda de campaña donde dormía y se engullía sus patrióticos roast-beef. Canetti, a larga distancia nuestra, avanzaba dando voces.
 Y las nubes nos cercaron y Canetti desapareció entre la niebla.
Oímos su voz perdida, casi del otro mundo. No había palabras para gritar la emoción. Las palabras antes de salir se las llevaba el viento; la idea misma se evaporaba dentro, porque los ojos no podían abarcar la grandeza del paisaje. Seguimos avanzando ciegos. Aguzamos el oído. Acaso en esta misma dirección estaba nuestra casa. Hubiéramos taladrado el espacio con nuestro oído, como un prodigioso barreno y no hubiésemos podido nunca alcanzar una palabra de hombre.
 ¡Maravilloso momento de amor infinito! Yo, solo, contemplando el dilatado silencio de las nubes, creí que tenía la eternidad al alcance de mi mano.
 Apretamos el paso. Los guías nos cogieron de la mano. Había que subir con peligro. Y cuando ya escalamos más montones de lava, el sol vuelve a surgir y la montaña brilla húmeda, dorada y azul. El rincón de las Cañadas, donde el astrónomo dialoga con Marte, apareció ante nuestros ojos absortos. Y el astrónomo venía a nuestro encuentro, con una extraña cara emocionada. Era un inglés de mediana edad, blanco de observatorio y con una mirada de telescopio que se clavaba en nuestro rostro con sensación de estilete. Miramos y vimos a Canetti, un poco apartado del inglés, riéndose con la barriga como un gracioso del teatro español, agitando la mochila que le salía del hombro con una magnitud de joroba absurda.
 El inglés, en un tembloroso castellano, nos dijo señalando a Canetti:
 -¿Estaba o no estaba habitado Marte?

[10-VIII-1922]



 Nota: El lector ocasional podrá leer datos sobre Alejandro Canetti al final de la siguiente entrada: