sábado, 19 de abril de 2014

"Insulario", de Alonso Quesada / Panorama espiritual de un insulario - EL DIVINO TESORO DE ZAMACOIS



 Otro viajante, otro mensajero nacional. Canetti venía espontáneamente por el sol. Zamacois nos trae una droguería literaria. De todo este último viaje sólo nos ha quedado como recuerdo obsesionante el hongo de Manuel Machado, que parece un braguero envuelto.
 Zamacois ha venido enseñándonos el resto de su gran juventud, esa juventud de Zamacois que siempre parece un cliché de revista española; una juventud que es como una Otero maquillada y misteriosa; esa juventud que pone su pie de Inmaculada sobre el dragón de una vejez tímida y cesante. Cesante, sí. Porque la vejez de Zamacois llega como un cesante, o como la viuda de un cesante, a la antesala de su espíritu y allí aguarda a que Zamacois pueda recibirla. Zamacois tiene demasiados quehaceres; la vejez se va y vuelve. Vuelve todos los días con una constancia de vago madrileño. ¿Cuándo entrará, pues, la vejez en Zamacois?
 Trae un frac nuevo, un frac de juventud, pero de juventud de ahora; dice la misma alegría de un café, cuenta la misma gracia de los antiguos cafés derrumbados. Está como si acabara de llegar de París en cada instante. Trae la misma alegría de un viajero de primera vez, y aunque todas las cosas ya las sabemos por las revistas y por otros viajeros anteriores, Zamacois las descubre con una martingala diferente. Es el viajero de la Venus de Milo, el que ha visto la auténtica Venus de Milo en El Louvre, y aunque todas las Venus de Milo suplementarias son la misma Venus de Milo, él dice: "No se puede uno hacer idea de la Venus de Milo hasta que no la ve en su propio mármol". Esto es juventud, nada más que juventud, un poco recalcitrante, pero amable.
 ¿Es conveniente que Zamacois sea joven tanto tiempo? Sí. Zamacois no podría existir sino joven; en cuanto Zamacois envejezca se perderán muchas cosas agradables de Madrid. Los cafés tendrán menos humos de cigarros; Carrere no hará sus versos de la noche –esta otra noche, joven de Carrere- Rafael Cansinos no citará a sus amigos a las cuatro y media de la mañana en el Colonial; se quebrará la genialidad de Raquel, y la otra juventud de Gómez Carillo se pondrá mareada como un damasco viejo. Desde que el cuero de Zamacois empiece a arrugarse, se perderá en el acto el cliché que tienen en "NuevoMundo" de don Ramiro de Maeztu. Y aunque se busque el cliché por todos los sitios, en los cajones, en las cestas de papel, acaso en los bolsillos de los redactores, el cliché no aparecerá. La juventud de Eduardo Zamacois es lo que sostiene estas cosas viejas que tenemos en nuestras casas y que nunca nos decidimos a tirar. De las cuales decimos: “Sí, sí, esto no sirve; pero cuando nos mudemos a la casa nueva lo arrojaremos a la basura”. Y en tanto que la juventud de Zamacois no busque casa nueva se mantendrán vivas todas estas cosas que laten alrededor de su conciencia juvenil.
 Trajo su juventud intacta. Le hemos conocido de un "tirón”, desde sus más lejanos tiempos hasta ahora. Y las canas que tiene son prematuras, es seguro que lo son, porque él se las deja limpias y las exhibe sin enojo. Él sabe que sus cabellos blancos han venido demasiado pronto, son canas de juventud que llegan para ocupar el sitio de las ancianas y no dejarlas invadir la cabeza eterna. De centinelas de las viejas, las canas nuevas defienden la posición tomada con un ahínco desesperado y teutón. "- ¡Canas viejas -parecen decir, cuando Zamacois se quita el sombrero sueco- canas viejas, quimera! ¡Somos pelos negros audazmente disfrazados de blanco para engañar al innoble y traidor ejército de la vejez capilar...!» De verdad que son como unos espantapájaros de las canas verdaderas. Con estas canas, antemano sembradas ex profeso, de nada servirá la aparición de las legítimas... ¿Cuáles son las legítimas? ¿Cuáles son las falsas? ¡Mil pesetas al que descubra entre todas estas canas falsificadas la íntegra cana...! La cabeza de Zamacois puede ser un escaparate de perlas Kepta.
 Y sin embargo... Esa juventud rezagada tiene un encanto sentimental único. ¡Hay tantas cosas que penden del hilo de esa juventud...! La cómoda creencia de los valores, ese no querer desengañarse uno de las afecciones de ayer... Ese decir: "¿Aquella cosa? Sí. Estaba bien... Quizás ahora...", pero no queremos volver a ella para no desmembrar el recuerdo.
 La juventud de Zamacois es ese recuerdo. Es necesario, pues, que Zamacois sea joven; por lo menos mientras no haya revolución, mientras se repitan los discursos españoles, y se le llame en los periódicos de Madrid el "gran Manolo» a Linares y "Pepe" a Campúa. Y cuando irremediablemente, fatalmente, Zamacois no pueda con el peso de su juventud -porque cuando sea viejo de verdad no será el peso de la vejez el que lo atosigue, sino el peso de su juventud- cuando no pueda ya con el peso de este divino tesoro, preparémonos, heroicos, a la gran revolución espiritual, intelectual... ¿Por qué Pedro Mata escribe novelas gordas todavía...? ¿A qué se debe el desusado éxito de una novela llamada no sé qué de la Troya? A esa juventud del gran simpático Eduardo Zamacois. Esta juventud es una tolerancia inaudita...



[28-V-1922]

Anuncio de "perlas Kepta", citada en el artículo. Obtenido de "Todo Colección"

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