domingo, 29 de diciembre de 2013

"Insulario", de Alonso Quesada / Panorama espiritual de un insulario.- SIRENAS YANKEES






Yuntas frente al hotel Metropole (1900)- Foto de Jordao Da Luz Perestrello



 En tanto el cronista, menos sutil y menos viajero que Ulises, contemplaba el mar -la barba enterrada entre sus manos- con esa obscura y pesada tristeza del insulario señero; sin sandalias y sin esmeraldas en las correas de ellas, mis bien con unos duros zapatos americanos, mientras así estaba el cronista olvidado y perdido, del otro lado del mar se forjaba una linda historia para sus ojos.
 La isla poco divina, pero con luminoso aire, dormía silenciosa ante el mar casi de un azul mediterráneo. El cronista, con los ojos perdidos en las aguas brillantes, gemía también como el hijo de Laertes, removiendo la turbia pesadumbre de su corazón. Porque era un día solo, uno de esos largos y solitarios días en que todo, tierra y cielo, parece tener quietud de mar infinito. El amable calor de la mañana atlántica le traía un afán indomable de sacudir la ociosidad de la isla, lánguida y amorosa, y correr en pos de un sueño más audaz y magnánimo. La tierra se abriría en la misma raya del horizonte y los hombres diferentes, de distintas lenguas, le mostrarían la delicia turbulenta de las multitudes. Era el mar demasiado espeso y la isla una Ogigia sin reina y sin belleza inmortal. La paz tenía aquella mañana una incomodidad de cojín chalado. Las cosas perfectas, puras, deben tener esta misma estupidez de igualdad.
 No cruzaban barcos; los extranjeros teman la novedad aburrida de siempre y las noticias venían lentas también: noticias políticas, ramplonas; el aire de todas las cosas era como el de esos gabanes largos, estadísticos, que tienen una abertura pequeña por donde asoman las ridículas bocas de los pantalones. Olía el ambiente a cosa vieja, idéntica, a esa molesta cosa del recuerdo invariable, y la barba del cronista, cada vez más hundida en el cuenco de su mano, iba afilándose rencorosamente y llegó a tener agudeza de punzón, una taladrante barba mefistofélica... ¡Oh cómo debió serla ansiedad musculosa y vibrante del viajero griego, en su aromada cárcel...!
 Un carro de provincia, un tranvía de provincia, lejos. Caían en la miel del silencio los ruidos ásperos, apagándose poco a poco... Nada pasaba hoy por la vida aislada. Ciertamente nunca pasó gran cosa. El panorama ha tenido para el insulario una entrevisión humilde, que él fue abriendo de un modo agrio y a veces imaginativo. Pero este día en que el alma se vuelve aroma espeso, los mismos barcos, las mismas cosas vulgares, pasaban la provincia con su historia raída, oficial, a nuestras espaldas. Y de pronto, cuando más barrenaba el silencio, un humo largo y espeso, tres columnas de humo surgen del mar, en el horizonte. Y luego, tres cabezas de chimenea, y más tarde las tres chimeneas gigantes y a lo último un barco obeso y desmesurado...
 Se acercó lentamente. El humo se fue aclarando, con esa alegría del humo que ve tierra; humo despabilado que se levanta de su litera y envuelve a las chimeneas con la gracia de los tules de las viajeras jóvenes...
 El muelle se fue cubriendo de gente y el barco gordo, al avanzar, enarbolaba sus banderitas. Los mástiles saludaban con los pañuelos de sus banderitas. Y cuando ya la acción de los gemelos cesa, comenzóse a ver la cubierta del barco repleta de cabezas con gorras... ¿Qué podían ser?
 Una voz gritó: ¡Los turistas! ¡Los turistas! ¡Ah, verdaderamente sabíamos de este arribo! Sí. Turistas yankees. Una agencia de Nueva York volcaba su edificio sobre un barco. ¿Cómo lo habíamos olvidado? Seiscientos dólares, desde Nueva York a Italia. Un día en Canarias, otro día en las Azores y luego medio día por las provincias ibéricas. Medio día en Madrid, medio día en Barcelona. El mundo en cinematógrafo, pero con la película reflejada hacia fuera. Era el público el que giraba rápidamente ante esa pantalla del mundo impertérrita... ¡Y mañana...! La Puerta de Tierra gaditana enclavada en el Paralelo; el Museo del Prado, sobre las rocas de Cuenca y El Escorial, de Estación en Alcázar... En esta película del recuerdo las cosas se veían así después en el cuadragésimo piso de Wall St. ¿Cómo se podría separar el recuerdo de tantos medios días diferentes?
 En Ávila-dirá una miss- hay una cosa que llaman la Puerta del Sol, donde está un edificio así como el Capitolio... Con una bola que sube y baja cuando hay crisis. Nosotros presenciamos una... ¿Y la Italia...? El Vaticano está rodeado de unas cosas muy bonitas que los catalanes llaman ramblas... Pero no vimos las bombas... Solamente en la Vía Appia había unas cuantas apagadas ya,
 Los turistas traían una espantosa sed panorámica. El primer episodio era esta tierra; obstáculo del largo mar, posada de todas las rutas. En la cubierta del barco apuntaron los kodaks. El sutil estampido cayó sobre el muelle rápido con sonido de resorte de petaca. Y cuando el barco atracó invadieron las escaleras cuarenta y nueve mil años bien conservados...
 El cronista alzó la cabeza y soltó el sostén de la columna de su brazo. Y sus encandilados ojos contemplaron con sorpresa infantil el espectáculo...
 Pasó un americano de barba de magistrado español y una anciana absurda con una ancianidad tudesca de provincia del viejo Núremberg... Y oyó el cronista decir que eran setecientos más los que venían.
 La gente indígena arañaba con los ojos asombrados las figuras de los turistas, que montaban en unos automóviles contratados de antemano por la agencia. Pasaron otras americanas, y entre ellas, unas solteronas galvanizadas, con unos sombreros de sainete. Pero la mujer bonita no aparecía. Este barco no traía la mujer bonita de todos los barcos. Esa mujer bonita que todos hemos visto en nuestros viajes y la cual se recuerda diciendo: "Venia una muchacha, por cierto preciosa. Y no mareaba".
 La agencia debía ser una agencia antigua, como una caja de ahorros de viajeros. Estos turistas habían puesto en su juventud lejana dentro de una hucha en forma de barco un largo deseo de viaje. Una cola de deseos. Allí estaban los deseos hace cincuenta años esperando el turno. ¿Y eran yankees? ¿Pues cómo esa constancia teutona en aguardar...? Parecían, al saltar, un ejército de tenderos retirados del negocio... Allí vendría quizás un jubilado de las máquinas "Singer”. ¿No sería aquél, largo y encorvado como una "Ese" enorme...?
 El barco volcaba toda la vejez de su vientre, para lucir flamante y luminoso, porque era un barco joven, aunque lleno de respetuosa tradición. Era como uno de esos jóvenes españoles que hacen versos de la "raza" y hablan de las viejas palabras de la "raza" y se saben de memoria todas las senectudes de la "raza". El barco tenía a pesar de su novedad, una cultura de mediados del siglo XIX. Esa cultura iba saliendo, pedantemente, para epatar a un pobre ateneo de provincia. Toda la cultura había ya salido y nosotros no podíamos comprender la intención de aquella agencia lejana.
 Y el muelle quedó vado. Y el cronista buscó un camino para sus desorientaciones. Y en el camino topóse con Mr. Johnson, el inglés que le invita con té los sábados y que era el gerente de la compañía consignatario del vapor. Mr. Johnson nos acogió distraído, pero pudo darnos la clave de esta pequeña historia, una clave inglesa, desde luego, pueril, pero cierta.
 Mr. Johnson, ¿ha visto usted a los turistas?
 —No.
 —¡Cómo, si ha pasado usted entre ellos...!
 —¡Ah! Todo ha sido un fracaso. Hemos hecho contrato con la agencia de Nueva York para 700 turistas, y nada.
 —¿Entonces...?
 —Nos engañaron. Pedimos turistas y nos han mandado a los padres de los turistas...

[26-III-1922]


2 comentarios:

Duna al Desnudo dijo...

Preste, doy fe de varias cosas:
de lo bien que se está en tu ínsula. Con tu permiso, me quedo;
de que en Ávila, los turistas buscan las ramblas, con ojos confundidos de paisajes con poco tiempo;
y de que me ha salido la sonrisa macabra al mirar tu perfil...jajaja.
Mil besos. Gracias :)

Preste Juan dijo...

Y yo doy fe de:
De que te agradezco tus palabras.
De que lamento haber tardado en responderte.
¡De qué un día espero darte un beso como una casa!