lunes, 16 de diciembre de 2013

"Insulario", de Alonso Quesada / Panorama espiritual de un insulario - VENTAJAS DEL BAUTISMO





POBLADO DE LOS TRABAJADORES DE LA FINCA "EL PINO" EN GUINEA (2/2/1931) AUTOR DESCONOCIDO


 Hemos sido invadidos por una muchedumbre de negros vestidos de mariposa. Han llegado en un barco español de las posesiones de la Guinea. No sé por qué sospechamos, al verlos, que estaban todos bautizados con esos residuos que quedan del agua del Jordán. Tenían las negras cierta imperceptible claridad sobre los rostros, como si empezaran a desteñirse: tales esos libros encuadernados en piel oscura cuyo color se va alejando hacia el fondo de la piel por el continuo palpar de las manos... Los negros traían chisteras, bonges, sombreros de paja sobre la cabeza. Y ellas, en los trajes, toda la estridente policromía imaginable. Además, cadenas, joyas apagadas como de vidrios húmedos; impermeables, abanicos. En Fernando Póo llueve y arde a la vez. Las negras se abanican furiosamente con los impermeables puestos...
 De tiempo en tiempo, hay en el puerto estas notas oscuras, como las nubes del Sur. Pero como esta vez, nunca. El tonante brillo de las cabezas rubias y ese rosa de aurora holandés o germánico iluminaban de un modo excesivo el puerto todas las semanas. Ahora, han cruzado las nubes apagando la luz extranjera. Los negros españoles, al dar su nota turbia, nos han vuelto a colocar el olvidado seso en una justa realidad patriótica. Estábamos ya un poco ilusionados. La civilización nos rozaba el espíritu como el agua los labios de Tántalo... Pero estos pequeños y amables negros, compatriotas de color de sotana reciente, han llegado a la isla para avivar la memoria muerta.
 Los negros estaban bautizados. Pudimos comprobarlo después. Era gente incorporada ya a la Iglesia. Aquellos trajes vivos de santos en la Gran Semana, y sobre todo, los labios, esos labios de pila de agua bendita, nos descubrían la teológica labor de unas misiones heroicas. No sé por qué pensamos que el catolicismo emigraba como los gallegos a América y que ya había encontrado una estancia cómoda y productiva. Dentro de aquellos cráneos de pared medianera, cráneos de fuerte o de castillo medieval, no es fácil que se escape ninguna protesta. Ningún refugio más seguro para una creencia abstracta y antigua...
 Los negros bautizados visitaron la catedral y era conmovedor el tripal espectáculo de los canónigos admirando la evolución de la idea... Las negras iluminaban las naves del templo con el raso azul de sus trajes, con el verde moiré de sus blusas. Venían de lo más recóndito y oscuro del mundo probando el poder de los panegíricos. Nosotros no sospechamos hasta dónde podían ser hermanos nuestros aquellos seres de ébano. Y así sentimos de pronto, en lo más profundo de nuestras conciencias, como un instintivo temblor racial, de recursos ancestrales, de amores primitivos... ¡Eran hermanos nuestros que tornaban ricos después de muchos años de ausencia…! Traían dinero a España, y acaso el secreto destino de ser ministros, de abrir salones distinguidos y presidir juntas católicas de señoras... ¡Ah, querido amigo lector: desde los tiempos de Recaredo no ha habido en España un éxito mayor como este de la Guinea!
 Los negros, pasaron... Uno tenía la rizada barba de color claro-respetable maestro de literatura-, una negra era tuerta como la princesa de Éboli y los macacos infantiles que abrían el paso cogidos de la mano, compuestos, bautizados y domesticados, parecían niños blancos de cuota, niños que llevaban encima el trágico karma de ser mañana socialistas de gabardina y ateneo. Hubo un instante en que creímos que todos habían sido mandados a buscar para sacar casta de votos mauristas, para reforzar la conciencia idónea.
 Era una «troupe» numerosa, y al parecer convencida con el bautismo. Pisaban las calles con paso de cédula; como si tuvieran en los bolsillos los recibos del inquilinato o de la contribución. Eran una masa de contribuyentes acondicionados para toda admiración... Alguno creerá mañana que los señores de Díaz de Mendoza son los representantes del teatro español... Tenían conciencia de muchas cosas secretas, parecía como si los hubieran puesto en antecedentes al bautizarlos...
 La ciudad sintió ondular la mancha negra. Vistos en lo alto de una cuesta, cuando empezaban a descender parecían el lomo enorme de un gato negro acariciado por unas manos sutilísimas... Brillaban como alpaca. Las cabezas, francamente rubias de los extranjeros, se apagaban con el duro color africano. Era un color inquisidor, violento, tenía el ardor fanático de un jesuita y caía sobre la dulce suavidad de los colores europeos con el leonino salto de un Savonarola del tinte.
 Sentíase, al verlos, el cosquilleante, deseo de ofrecerles un homenaje, para prepararlos de los que habían de recibir al pisar tierra peninsular. La abnegación de aquel bautismo, la propensión que descubrían de ser lectores del "A B C" impulsaba a rendirles nuestras cortesías, Pero el jefe de la "tropa" era un hombre sabio y lleno de práctica agudeza. Le ofrecimos un canónigo en adobo, dos catequistas a la francesa... El negro, impertérrito, nos oía sin responder... Después de un largo silencio, en que dirigió una mirada de consulta a un fino misionero gualdo que le acompañaba, contestó, cortes, casi como un blanco del Casino de Madrid: Gracias, señor. Yo no quiero banquetes ni homenajes. Vamos a España a buscar una cosa más interesante...
 Y al preguntar, sorprendidos, que cosa buscaba de una patria que tiene tan pocas ya, respondió, gravemente, austeramente: Yo quiero suspender las garantías constitucionales en Fernando Poo.


[15-I-1922]