domingo, 7 de julio de 2013

"Insulario", de Alonso Quesada- Panorama espiritual de un insulario/DON BALDOMERO EN EL METROPLE


Políticos liberales en la finca de Tauro (1927-1930) (Autor desconocido)



 El señor Argente -muchas legislaturas diputado por Las Palmas-nos ha visitado ahora para serlo otra vez. Ha querido ver la isla para representarla con alguna visión panorámica por lo menos. Hubiera salido diputado también sin visión.
 El señor Argente es, sin duda, un hombre inteligente y agradable. Alguna cosa universal le preocupa y como ha sido ministro se le nota que es modesto, con esa tibia modestia que se pone al modo de un gabán o de unos botines, antes de lanzar la palabra a los admiradores. Modestia de acariciarse la barba o toser levemente y enderezarse el lado de la corbata. Don Baldomero es el hombre modesto que todos conocemos. Del que se dice alguna vez«... y además es un hombre modesto...»
 La más discreta condición de todo intelectual español es ser modesto de antemano, por si acaso, al pasar el tiempo, hay que serlo a la fuerza. Si don Ricardo León, por ejemplo, no hubiese sido modesto al publicar su libro primero ¿cómo se las hubiera arreglado ahora después de publicado el segundo y el tercero y así hasta el actual libro? Quedamos, pues, en que el señor Argente, a más de su claro talento, posee la distinguida virtud de la modestia. El, para tal cosa importante, se coloca en un erguido sillón espectacular, y a sus pies, como un cojín de fidalgo, está su modestia abrigándole. Los electores y los que por referencia le admiran reciben, agradados, la brisa de la modestia del señor Argente, y notan cómo ella les refresca amorosa el eterno verano de su timidez.
 Don Baldomero ha caído en un hotel británico. He aquí la principal victoria de este amigo. Los ingleses que desprecian generalmente toda cosa española, tienen empero un profundo respeto por los títulos universales, bien sean hispánicos, bien sean mongólicos. El inglés está deseando siempre buscar una cabeza humana donde poder colocar aquella pintoresca peluca de sus justicias. Ellos, como más corriente prestigio, tienen sólo las letras sueltas del alfabeto, que en un caso a propósito unen al modo de A.M.D.G. jesuítico. Y así vemos cómo aparece de pronto un Sir que es K.G.M.L., signo de una misteriosa cábala aristocrática que honorablemente oculta a un gentleman ganadero o a un naviero rojo perfumado de olor de litera de sus propios barcos. Y aunque el marqués español sea algo lamentable aun en España mismo, el inglés perdona la nacionalidad y la torcida política de esta nacionalidad, con tal de poder admirar un prestigio o un abolengo.
 Un comisionista catalán o un viajante de casullas de Zaragoza que cayera en un hotel inglés no sería jamás advertido. El inglés no mira nunca al hombre-número. Las inglesas suelen alguna vez sonreír a los militares que son compañeros de «hall», pero el inglés varón es una esfinge de cauchuf, una vulgarizada esfinge neumática. Mas, si tiene cerca un hombre importante, lo contempla gozoso, como si todo lo importante del mundo fuera inglés o tuviese un trocito inglés. ¡Fragmentos volanderos de la Gran Bretaña que han caído por casualidad en otros suelos para no significar demasiado el egoísmo nacional y poder justificar y alabar el propio turismo!

Hotel Metropole- Segunda Fachada (1920-1925) (Autor desconocido)

 Por esto, don Baldomero Argente, ex ministro español, ha sido recibido en el hotel Metropole con cierta cortesía sonriente. Su barba le da un poco más de prestigio y en el «hall» de los hombres rasurados se le tolera la barba porque ella viene a ser como un ministerio colgante.
 Don Baldomero se sienta en el «hall» a recibir la fauna electorera: los hombres del «haiga» y del «hubieron» que le hacen reverencias para poder después soportar la superioridad británica. Don Baldomero siente una curiosa tolerancia de hombre de gran ciudad ante el desfile analfabeto de los votos insulares. Nosotros, desde un rincón en penumbra, vamos contemplando el frío interés del exministro y nos preguntamos: ¿Por qué deseará ser este hombre diputado de una isla sin interés? En realidad (sospechamos y lo decimos) él no quiere ser diputado. En este momento quizás parezca que sí, pues los ingleses del “hall” necesitan el paisaje de un diputado que haya sido ministro. Y los gobernadores de la isla también lo quieren, para poner frente a la orgullosa importancia de los carbones británicos otra importancia mayor.
 Don Baldomero se levanta temprano y como es hombre que ha estudiado cuestiones económicas y fue ministro de Abastecimientos, se desayuna en inglés con desayuno inglés, sobriamente. Él, sin duda, querrá ahuyentar toda clase de remordimientos patrióticos. Luego, don Baldomero se engulle un almuerzo británico y espera la visita de la fauna. Hace una flemática digestión, escucha y se interesa, con un interés hermano carnal de su modestia distinguida. Después las cabezas gobernadoras de su partido lo sacan y lo exhiben por todos los áridos pueblos del islote. Entonces don Baldomero se porta como un brillante hombre español.
 Todos los diputados españoles recorren sus distritos de una manera triste, deteniéndose en posadas españolas o en hoteles que tienen un nombre extranjero pero pescadilla y cocido en el menú. Hay cierto hastío de señorito en estas correrías por los desbastados pueblos españoles que Fígaro volvería a reconocer amargamente. El candidato, en cada pueblo vocifera y repite su discurso. Ninguno puede conservar el aire sereno propio de persona civilizada. Las fondas españolas están llenas de gritos y hay siempre una mujer gorda, que se frota el vientre delante del fogón con una mano áspera y tiznada. Los huéspedes de estas fondas tienen un voto escandaloso, un voto que se cacarea y que salta con un desenfado de tonadillera, desde el campo de la República al jardín de la Monarquía. El candidato corre de un pueblo a otro, comiendo comidas típicas, las cuales confeccionan el acta. La voz se pierde en estas excursiones y los músculos se deshacen y el candidato es diputado al fin, pero de un modo grosero y estrepitoso.
 Esta isla no tiene esos pueblos diferentes de España. Ella toda es un solo pueblo de altos y bajos, solitaria y desesperante. Parece un único voto neutral, dormido sobre una playa árabe. Jamás vino, a recorrerla ningún candidato, pues mientras vivió el gozador de ella (León yCastillo, embajador), los diputados ganaban sus torneos desde el Fornos madrileño entre bistek y chistes de colmos. Hoy, sin embajador nodriza que cuide de alimentar el feudo, vienen a ganar sus actas a pulso.


 El primero que ha venido es el señor Argente. El señor Matos-idóneo y eso que llaman en las reboticas «hijo del país- viene también; pero el señor Argente es más prestigioso, pues ya llegó al peldaño ministerial mientras el señor Matos no pasó del modesto escalón de gobernador de Barcelona. Y ya sabemos que no hay español que no haya sido gobernador de Barcelona. Además el señor Matos asiste en el hogar de su familia y el señor Argente se hospeda en un hotel inglés con y gong.
 Es el primer diputado español que tiene un alojamiento tan cumplido con cierto cariz internacional. Parece más bien un diputado belga o un importante diputado irlandés. Trae unos lentes de hombre sin elocuencia, unos lentes de estudiar problemas con alguna seriedad. No se adivina que es candidato español porque el silencio británico lo acosa y se guarda para satisfacción particular de los ingleses su prestigioso título.
 Los ingleses sonríen a esta acta de don Baldomero, invisible todavía, un acta que estará bien escrita, sin notas marginales, acta escueta, sobria, confeccionada en silencio correcto y votada de un modo austero, que algunos enemigos creerán carneril. Los ingleses están honrados con esta visita a su hotel. Y el señor Argente saldrá de las urnas, gratamente, como el humo de una tetera cordial.
 El hotel inglés en el camino hispánico del señor Argente es una pequeña alegoría. La comida inglesa, un ejemplo sutil de humorística advertencia. El señor Argente no ha pronunciado discursos, pero ha visitado como un inglés bien traducido todas las importantes casas inglesas. Cercado por el comedimiento británico, recoge sus votos en silencio y se los lleva como un efusivo apretón de manos.
 Debiera haber un hotel inglés en todos los distritos españoles, un hotel para los diputados. La fonda española, atiborrada de butifarras y queso manchego, es una escuela demasiado truculenta. En un hotel inglés, el diputado reglamenta su vientre y la elocuencia de sus discursos. En medio de la seriedad de un «hall» aprenderá a no decir tonterías patrióticas y adquirirá un reposo moderno para tratar cuestiones con cierto equilibrio mental.
 El actual embotado ánimo del Parlamento español proviene de esas fondas atrabiliarias. Un diputado que supiera entibiarse el espíritu con la distinción de un té elegante contribuiría a formar una nación bien criada y limpia.
 Nuestro amigo el señor Argente llevará a estas Cortes, a más de su esclarecida mentalidad de escritor, un nuevo tono de parlamento educado. Mientras a los demás diputados se les notará la plebeyez del chorizo datista en las interrupciones, don Baldomero tendrá en cada intervención, un blando y dulce sabor de «pum cake»

Gran Canaria [25-X11-1920]