viernes, 16 de enero de 2009

Tinta cristalizada



Remando al viento.

Mary intenta escribir sobre una cuartilla helada,
sobre una mesa helada,
con una pluma helada,
extraída de un tintero aterido.

Yo soy Mary.

No sé cuánto hace que intento terminar un cuento... Años.
Cada cierto tiempo añado un párrafo más,
si no encuentro un motivo para escaparme.

Puede que sea miedo.
Puede que sea el dolor de mis lesiones.
Puede que esté cansado,
como el peor artista minóico pintando toscos delfines mientras,
sobre una cercana colina,
en un templo mancillado por la barbarie,
un niño es sacrificado a los dioses para que cesen los terremotos.

Antes elegía palabras al azar y creaba historias que nunca terminaba.
Era mi mayor entretenimiento.
Ahora ya casi no imagino historias.
Me conformo con alguna reflexión sobre temas ajenos,
y me vanaglorio si apuntala una falsa sensación de creatividad.

Es como estar atrapado en una calma chicha,
vagabundeando hastiado por una borda reseca,
y sin que te apetezca mirar mucho si las velas respiran.

Aún así, miras.

Todavía soñamos en esta época de desencanto,
de selvas luchando contra desiertos al galope,
de brotes reptando por agujeros de estériles tumbas,
para escribir en nuevo verde,
encima de los nombres de lápidas que ya no importan,
que no queremos volver a ser los atlantes míticos.
¡Qué ya basta de leyendas!

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