lunes, 26 de agosto de 2013

"Insulario", de Alonso Quesada/Panorama espiritual de un insulario LA PELOTA MAGICA




Partido de fútbol (1920-1925) (Autor desconocido)




 La pelota inglesa es una cosa trascendental. En España la pelota tiene también una rara trascendencia. Por culpa de esa pelota española, pluralizada casi siempre, rodamos de peldaño en peldaño hacia el arroyo de la inervilización.
 La pelota inglesa no es tan contundente. Frívola, vana y casi siempre bruta, va de inglés en inglés compitiendo con su cráneo deportivo. En la lucha de cabeza y pelota, la pelota gana siempre. Bajo el cuero y bajo el hueso, hay, frecuentemente, una idéntica hinchazón.
 Un inglés es un hombre fuerte y frío por virtud de su pelota. Arrojar la pelota al aire es un ensayo profiláctico mental. La pelota se acostumbra primero y la cabeza está después en disposición de recibir todos los vendavales de la lógica. La pelota es casi toda la imaginación del britano corriente, claro; ese britano de las colonias y de los paquebotes: el del salacot y el smoking arrugado.
 Un inglés se pone en su campo de foot-ball, y desde su extremo lanza su pelota. Otro inglés la recoge y se la devuelve y así se mantiene un sustancioso coloquio de cabeza a cabeza. Porque la pelota rebota de la coronilla del uno hasta la coronilla o el frontal del otro. Choque espiritual. Dialogo silencioso.
 La pelota es una idea general y redonda, una idea común, una frase hecha que salta de un sitio a otro sitio, invariable, conservadora. La pelota es la idea de todo inglés vulgar, es como una placenta endurecida, donde se le confecciona la pequeña, la diminuta semilla intelectual.
 Un inglés, por puro amor de su pelota, pierde toda consideración de las demás cosas: la curiosidad, por ejemplo, y ese su menguado sentimiento humano. La pelota ha sido tan importante como la divisa de los leopardos o el ardoroso escarlata del regio pabellón. Ahora mismo, no hace unos días, la pelota inglesa acaba de sorprendernos con una idea más profunda que las que naturalmente lanza, con una idea de tan fastuosa calidad que un corazón se ha detenido súbito, al escuchar el secreto de la pelota: un secreto de ultratumba. ¿Cómo? Veamos.



Equipo británico de fútbol (1934) (Autor y localización desconocida)



 Los ingleses saltan generalmente de sus barcos con una pelota: son las "nurses" de sus propias pelotas y no se apartan de ellas con el más amoroso de los cuidados, y si tienen ojos no ven los caminos de sus creencias ni el lejano horizonte sentimental de los ocasos. Los barcos atracan, y aunque el sol raje los enormes monóculos de los camarotes, estos ingleses sólo atienden a la sombra de sus pelotas. Y saltan en el muelle, llevando en la mano su pelota, como unos Niños Jesús, un poco patudos, ridículos y protestantes.
 Concentran todas sus miradas en las pelotas, que tiemblan en las manos como queriendo rodar, que ruedan de un modo invisible, llevando al inglés con un temblor igual por las carreteras hasta el campo mágico donde la pelota se escapa de las manos y se refocila como una perrita de bolsillo en una alfombra plumosa sobre el apisonado polvo del solar de los deportes.
 Pues bien: un inglés de estos inseparables de su pelota ha saltado ayer y era el primer viaje que hacía de agregado en un barco y la primera vez que también veía tierra sin niebla y sin silencio. Pero su pelota, la barragana de su pelota, se lo llevó aturdido, anestesiado al campo, y en el campo lo hizo correr violentamente con una extraña ansiedad de misterio.
 ¿Qué tenía aquella pelota detrás de su oxígeno? El inglés estaba como sujeto por el encanto de la pelota. La pelota sonaba en su cráneo y el inglés se reía como en un sueño de recuerdos, como si la pelota le metiera, al rebotar, recuerdos silenciosos en la cabeza. Por otro lado, la pelota tenía un ambiguo aspecto de hechicería, era quizá una hechicera metamorfoseada, una pelota con un veneno dentro, con un secreto vengativo dentro.
 El inglés parecía dominado por la misteriosa pelota, como si la pelota lo tiranizara. El, sin duda, estaba unido a aquella pelota de un modo distinto a los demás ingleses, acaso por un pacto diabólico. Dentro de la pelota estaba una maga, que lo había aprisionado para toda la vida; la sangre del inglés se perdía gota a gota dentro de la pelota, clepsidra de sus horas.
 Y él se entregaba embriagado a su pelota. Pero, sin embargo...Hubo un instante en que el inglés olvidó a su pelota, porque las miss de la colonia tenían una gracia menos tirante y el oxígeno les daba fuerza sobre las faldas vaporosas, y al entrar en el pecho, veía el inglés moverse otras pelotillas más infantiles, menos rígidas, sin duendes terribles dentro, solamente con unas presentidas boquitas de princesas enanas, que se asomaban transparentándose en la fina batista de las blusas.
 Entonces, al verse de ese modo distraída, la pelota grande empezó a variar, celosa, en el aéreo camino, y saltó de una cabeza rubia a otra pelada con tal furiosa agresividad que un momento llegó con la acerada certeza de un punzón a clavar su estampido sobre el enamorado corazón de su inglés. Y el inglés dio un salto terrible, y mientras la boca se agrietaba por una terrosa mueca, el inglés desplomóse en el campo sin vida.
 ¡Ah! Las miss se quedaron de pronto sin senos, y los gentlemans sin valor en los pies, y el doctor que siempre está en los campos de deportes, no como doctor, sino como punto, acudid para certificar una muerte vulgarísima. El inglés había recibido un golpe en el corazón, y como no andaba cuerdo el corazón, se había parado.
 Después del certificado, el inglés fue sepultado en la tierra, sin pelota, porque la pelota habla desaparecido de un modo misterioso.
 Mas yo presumo de haberla visto desoxigenarse en silencio, extender su cuero y cubrir después poco a poco la cabeza del difunto.
Todo esto hecho así como en escenografía de película. Cuando la metieron en el ataúd y luego en la tierra, ya el cuero de la pelota se perdía bajo los cabellos.
 El cuero del artefacto deportivo era de la misma piel desdichada del muerto.

[15-IX-1921]


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