domingo, 25 de agosto de 2013

"Insulario", de Alonso Quesada/Panorama espiritual de un insulario UNA HISTORIA BREVE



Catedral y plaza Santa Ana (1922-1925)-Foto de Joaquín Espinosa González



 Aquí tenemos una catedral sin historia y sin belleza. Vulgar, a trechos de piedra labrada y a trechos de yeso vil. Una de esas catedrales anodinas y coloniales donde vegetan diez canónigos viejos cantando vísperas por cincuenta duros al mes. Pero, a veces, en los días azules y luminosos, las torres no hacen mal recortadas sobre el cielo.
 Es una catedral grande, delante de una plaza fría y desnuda, una plaza sin árboles y sin parterres; para la muchedumbre de una manifestación republicana o de una procesión eucarística. Después de las nueve de la noche, la plaza se queda sola y parece desmayada, como una inmensa boca abierta de hambre. Poca gente cruza de día. Algún soldado, algún municipal. En medio de la plaza, vistos de lejos, parecen figuras de ajedrez, los transeúntes.
 Las casas que rodean esta plaza sin alma son unas casas aristocráticas de señores enlutados siempre, señores a quienes cada mes se les muere un sobrino o un pariente; y así, las puertas entornadas le dan a la plaza un aspecto más desabrido y áspero.
 La catedral no tiene gentileza ni gracia. Es seca y sombría como los aristócratas de las casas cercanas. Está frente a la plaza con la misma displicencia de una mujer estéril. Los insulares creen, sin embargo, que su catedral es muy interesante.
 Han pasado ochenta años sobre las agujas de las torres y la catedral no se ha conmovido por ningún episodio histórico. Los canónigos se han renovado y los cincuenta duros han ido de unos en otros como las capaspluviales. Dentro, la catedral sólo posee dos cosas de alguna ternura: un autógrafo de Santa Teresa y un portapaz de Bevenutto Cellini. Hay también, en un frasco, el corazón de un obispo. Un romántico señor de la ínsula que murió en América y dejó su corazón a la catedral. El corazón, dilatado por el alcohol y los años, parece hoy una robusta patata. ¿Qué más tiene la catedral...? ¡Ah, tiene también la consabida cripta misteriosa de todas las catedrales desocupadas...! Un señor habla en un ángulo y al otro ángulo llega la voz, como un secreto al oído... ¡Sorpresa de estudiante y amena cultura de sacristanes...! Por lo demás, la catedral es una piedra dura, sin sentido.
 Pero ahora... ahora la catedral se ha estremecido con una historia terrible, extranjera y sentimental... De lo más alto de la torre de las campanas una mujer estupenda se arrojó a la plaza abierta. Una viajera italiana, de una tan espléndida belleza que aún después triturada y sangrienta sobre las baldosas, hacía estremecerlos ojos.
 La viajera llegó a la torre, subió las anchas escaleras, atóse las faldas, colgó de un badajo el gentil sombrero y se lanzó al espacio. Sesenta metros de altura. Al llegar a tierra ya no tenía el corazón vivo. El dolor de la piedra resonó en el otro mundo.
 En la fonda donde se hospedó unas horas dejó una niña preciosa y una carta de confesión. Había concebido el suicidio camino de América. Un desesperado secreto de amor era el motivo. La niña -seis años dorados, rosas y azules- lloraba con un desconsuelo extraño, de mujer pensativa. Su casa estaba en Roma y su padre en Colombia. En la amarga epístola se apuntaban, temblorosas, las dos direcciones que había de seguir la vida pequeñita y huérfana.
 La viajera mostraba el cráneo abierto y había, dentro, como una sombra de pensamientos desesperados, una locura instantánea de amor, un hilo sangriento, que se perdía entre los sesos como un largo río de dolor. Los labios rojos, de una belleza maravillosa, entreabiertos por una sonrisa truncada, como si de pronto un hacha invisible les hubiera partido la gracia sutil de una leve alegría; y los senos muertos, tersos aún, como sorprendidos, asustados de aquella muerte; como si sintieran el enorme desencanto que los había de arrinconar para siempre bajo la ardorosa cal funeraria. Y las manos, con una esmeralda rota, una esmeralda llena de sangre delos dedos largos, finos, de mujer espectacular... Y toda ella, tendida en la plaza, con un trágico gesto que parecía estudiado, de película, el terrible gesto de la Bertini, que se ha ido metiendo como una serpiente nerviosa en todas las mujeres de cuellos hermosos y manos lánguidas... Ese gesto de la Bertini que la misma muerte ha sustituido por la guadaña clásica y que no es posible evitar ya más en las mujeres que se tienden en los sofás de sus salones y en los suelos donde caen muertas. La viajera italiana, muerta en el aire, esperó el instante de caer como la Bertini; se preparó, muerta, su caída, y así el brazo se extendió sobre las losas de la plaza, medio ocultas en un peldaño de la escalera las puntas de los bellos dedos, como si la película no estuviera bien enfocada y corta la sombra el pie de la cinta.
 La gente rodeaba a la muerta con la misma actual curiosidad peliculera. Y las mujeres del pueblo y las señoritas, estupefactas en el atrio de la catedral, contemplaron el cuadro sangriento con los mismos inconscientes gestos bertinescos, con igual ansiedad artística.
 Y allí estaba todo un dolor lejano, un dolor de destino, de tragedia desconocida y honda. El sol era más ardiente -sol de julio africano-, el cielo tenía una limpidez maravillosa. Toda la belleza de la tarde caía sobre el crepúsculo rojo y dorado de la muerta. Los cabellos rubios y la sangre lucían con una viveza extraña, de protesta, por el dolor de aquel espíritu que no supo comprender sereno...
 El reloj de la catedral, indiferente, sonó las horas y los cuartos de las horas, pero, al tirar por la cuerda del juvenil esquilón el campanero, el esquilón sonó sordo, apagado, como si tuviera Iágrimas en la garganta o un haz de suspiros en el pecho.
 Era el sombrero de la muerta, que amortiguaba, dulcemente, el rumor de la campana. . .

[26-VII-1921]