sábado, 3 de agosto de 2013

"Insulario", de Alonso Quesada/ Panorama espiritual de un insulario- SE HA PERDIDO UN MONÓCULO






 Un inglés llegó de Inglaterra para la costa occidental del África. Al pasar por la ciudad afortunada pierde un monóculo. El inglés ha tenido que seguir su viaje con desolación. ¿Pues cómo va a encontrar allá lejos un monóculo? ¿Y cómo va a sentir el paisaje salvaje sin el elegante freno de su monóculo? ¡El monóculo que dulcifica la abrupta visión y le hará llevadera la vida en los amplios y negros desiertos africanos, tornándoselos "halles" agradables por la misteriosa virtud de su monóculo! El inglés había vivido siempre ornamentado con su monóculo. Ha sido la figura solitaria de monóculo, esa escueta figura decorativa de los "halles” europeos.
 Digamos en honor a las cosas brevemente agradables que no hace mal nunca un señor de monóculo. El monóculo es como un perfume suave, como una etiqueta de limpieza social. En el rincón de un gran comedor inglés es preciso que haya siempre un señor de monóculo. Además se supone uno que las caras de monóculo han de estar por ley ineludible del monóculo, rasuradas y limpias, reflejándose en el espejo de una pechera inútil. (Todas esas pecheras, exclusivamente pecheras, son inútiles.) Yo no sé por qué también los zapatos de charol de un señor que tiene monóculo crujen con un sonido de faldas de seda; el mismo monóculo sostiene al señor derecho, erguido; y visto de espaldas se le nota el cordón del monóculo, como si fuera el hilo con que está sostenido a esta sociedad tan divertida. El cordón del monóculo -aunque ya no se usaran cordones ni cintas-, el cordón y la cinta del monóculo es lo que lo ata a la sociedad de los «halles» y de los salones y aunque no se llevara un monóculo efectivo hay siempre una predisposición espiritual al monóculo en todos los hombres sinceramente sociables. Es lo que musicaliza el coloquio vano de la sociedad, lo que le da ese lavado aspecto de las cortesías y las vueltas de seda del "smoking".
 Todo esto lo ha perdido con su monóculo el inglés viajero.
 La casa consignataria del barco ha puesto un anuncio reclamando el monóculo, porque este monóculo, además de su mérito simple de monóculo que no se puede encontrar en Sierra Leone, parece que tenía la virtud de estar cercado de concha especial y antigua. Monóculo que venía de otros tiempos y de una familia que no vio nunca del ojo aquel que el monóculo ayudaba a ver tan sutilmente.
 Ha sido graciosa la pérdida y hemos sospechado que el monóculos una cosa viva y pícara que más bien que perdido es escapado, para hacerle al dueño guiños lejanos. Hemos de suponer que este monóculo estaba ahíto de esclavitud y que ha querido tumbarse en la playa para tener eternamente sobre su esfericidad pálida un vivo palpitar de colores. El monóculo es un clown improvisado.
 El monóculo se ha deslizado por el chaleco del desolado viajero, se ha metido por entre las piernas, y escondido detrás del tacón del zapato ha huido después con una velocidad de ardilla. El señor, en el puente del barco, con toda su línea social perdida, contempla los reflejos de los arenales lejanos y en cada rayito vibrante de arena cree ver la posada de su monóculo ideal.
 El señor llegará a Sierra Leone sin amuleto y perderá el recuerdo de su vida anterior. No podrá caminar con la armonía que el cristal de su monóculo le daba en los salones ingleses y hasta no se parecerá al de los retratos porque ese ojo, que en el retrato no se veía sino como una enorme catarata, lo desfigurará del todo y lo hará otro hombre. Un verdadero hombre de Sierra Leone, tostado y duro, sin la cristalina suavidad que en medio de las pálidas nieblas de Londres le daba el postín de su monóculo.
 Comprendemos que el señor esté desolado. La barba empezará a crecerle y sentirá el picor de los pelos erizándole el alma. El monóculo, la luz del monóculo, no dejaba salir los pelos; el monóculo era como un ídolo de los pelos del rostro, que acataban escondidos la luminosidad del monóculo... ¡Suave monóculo discreto de todas las discreciones! No es posible alzar la voz con un monóculo puesto; no se puede un hombre irritar con un monóculo. La sonrisa de los señores del monóculo es como una sonrisa difuminada entre la luz del cristal redondo, y todos los paisajes de la ciudad se ven acogidos cordialmente en el divino cristal del monóculo. El hombre del monóculo habla con esa tenue voz civilizada, esa voz misteriosa del alma, perfectamente europea que Xenius en una glosa o en un diálogo privado hubo de alabar un día con todas sus exquisitas alabanzas....
 ¡Pobre señor del monóculo! Ha perdido su alma, ha perdido su sombra luminosa. El no podrá hacer nunca más cortesías, no podrá pulirse las uñas de sus manos, no podrá enseñar el blancor de sus dientes detrás de su sonrisa, no sabrá qué hacer con su ejercitada elegante mano diestra, no podrá comprar otro monóculo. Porque no le encajarán los demás monóculos, no tendrá ninguno la sociable costumbre del monóculo perdido. Todos los cristales se romperán, las cintas o los cordones han de tener un hilo viejo y los dos dedos de la mano con que el señor cogía su monóculo habrán perdido, al llegar otro monóculo a Sierra Leone, todo ese polvillo invisible de distinción con que se acariciaba el cristal y no lo empañaba, manteniéndolo siempre mimado y querido.
 Yo leí el anuncio de esta pérdida y aunque es posible también que el monóculo se haya roto, pensé que el monóculo pudiera estar, si libró su vida, tomando el té en el «hall» de un hotel británico.
 Y lo he buscado allí y no estaba, pero me aventuro a afirmar que estuvo. Había en el "hall" como un rastro luminoso de monóculo, de monóculo que saltó de una puerta, dio vueltas en el aire y salió despedido por una ventana hacia el mar. Estaba la huella, la luz era una luz suplementaria en el "hall", luz que había pasado vertiginosa y simpática con una prodigiosa alegría de libertad.
 El barco del señor del monóculo cruza el Atlántico. En la ciudad insular se quedó su monóculo. El barco avanza y el señor del monóculo en la cubierta contempla la inmensa soledad marina con un solo ojo, donde se ve brillar como una hijuela del gran monóculo, una lágrima sutil.
 El señor contempla el horizonte y sospecha la desoladora Sierra Leone más allá del horizonte, pero cuando llega la noche y se queda adormecido en la cubierta ve cómo del horizonte surge un monóculo pequeñito que va creciendo, creciendo y se hace sobre su propia cabeza-burlada un monóculo desmesurado y brillante, la caricatura descomunal de su propio monóculo perdido: «madame la Lune...».

[29-IV-1921]