lunes, 5 de noviembre de 2012

"INSULARIO", de Alonso Quesada/ Crónicas de Canarias-LOS AÑOS DE LA SRTA. BIRD


Banda de música (Las Palmas de Gran Canaria/1920-1925), por SEI
  
 Algunas veces, antes de guerra europea que desde aquí resulta ya tan lejana y casi inverosímil, solía visitar los veranos, acompañado de su ama y de su violín, la señorita Florencia Bird. Era una inglesa bastante guapa para hacernos reconciliar con las demás inglesas feas que nos utilizan todos los años como sanatorio o como estación de invierno. De un corazón ardiente, manifestaba su pasión con su violín y con algunos españoles reservados. La señorita Bird -treinta y cinco años nada más- era una artista muy simpática. La mamá también era bella, pero con una belleza empolvada por los años, artista asimismo, pero artista de recuerdos; una de esas señoras que cantaron en su juventud o tocaron el piano, o amaron a un artista muerto, sólo para ellas famoso. La señora Bird era toda una delicada añoranza. Cuando escuchaba su seleccionar desde hoy hasta el día hija tocar el violín se perdía en los sonidos de otro violín lejano, que sólo ella oía, y para quien ya solamente tocaba en silencio; en el silencio de su memoria.
  La Srta. Bird, el mismo 4 agosto 1914 tocaban el hotel Metropole una esas piruetas musicales que dieron tanta fama al señor Sarasate, y desde ese día que desapareció con su violín y su mamá, no habíamos vuelto a saber de ella. Pero hoy, por la escala de un correo inglés-de esos que se llevan indígenas a Inglaterra para aprender el trote-han descendido los cuarenta años de la Señorita Bird, si la mamá, pero con el violín, ya más sonoro, y desde luego más joven, al parecer.
  La Señorita Bird trae un mirar diferente, y sus caderas son más gordas. Parece más rica que antaño, pues trae más sortijas, y cada día se pone unos zapatos diferentes. Esto, en el momento de la estúpida actualidad de la alpargata española, es muy interesante.
  Pero, ¿a qué vuelve, vieja y ya sola, la Señorita Bird? ¿A tocar el violín que no puede tocar el otro lado? Seguramente. Este violín parece que no ha sonado en Inglaterra, que no puede sonar en otro sitio que en éste de la ínsula. Cuando la Señorita Bird lo saca de su ataúd, el violín hace como que se despereza, como que despierta de un sueño largo. Lleno de polvo y de tirantez en las cuerdas, recuerda sus días de Hotel Colonial, y suena queriendo afinarse deprisa. La Señorita Bird lo sacude, lo acaricia, y a los dos o tres días el violín se pone a tocar, contento y afinado. Los periódicos de la localidad, entonces, le dan la bienvenida, y estos pequeños hotentotes indígenas que hacen de vocales o de presidentes de recreo de una sociedad de una sociedad de cultura o de fomento, la invitan a tomar parte en una velada musical.

Holtel Metropole (segunda fachada/1915-1920)

  Nosotros somos amigos de los cuarenta años de la Señorita Bird. Cuando esta inglesa llegaba, enviaba una tarjetita de saludo, y nosotros nos acercábamos a su hotel. La Señorita Bird nos recibía siempre en kimono, con la misma pasión, y no recitaba versos de Musset y de Cristina Rossetti. Ahora no nos recita, pero como nos haya más viejos, nos dice que estamos más jóvenes, que la guerra no pasó por nuestro espíritu, tan lejana de universalidad. Y es porque ella está con más años encima, y la guerra tampoco hizo muchas huellas en su alma de violín. Y mientras nos acaricia con estas lisonjas juveniles, se edita diez años poniendo unos ojos de quince y juntando sobre la falda los bellos brazos, con una monería de adolescente. En verdad que no existe que no existe edad ninguna para estas inglesas incólumes. Mujer que tiene una espléndida inquietud de años patinados de soltería apetitosa y gentil, que no es posible quebrantarla ni con tres viudeces consecutivas.
  -"Y su mamá, Miss Bird, ¿se ha muerto?" Y la señorita Florencia nos comenta que su mamá está en la India, con otra hija, pero que se morirá pronto porque tiene ochenta años, y un mal avanzado del corazón. "Después me quedaré sola" -añade con un mal disimulado y retrasado regocijo. "¿Más sola, Miss Bird? ¿Todavía más sola?" "Crea usted-nos asegura-que sí. No tiene una libertad. Vea usted ahora. Vengo sola a Canarias, y no tengo tranquilidad, pensando en lo que quiere ocurrírsele a mi madre, que es muy caprichosa, en la India". Y nosotros, estupefactos, pensamos para qué quieren estar solos estos cuarenta años, cuando los divinos veinte no lo estuvieron. Casi sospechamos que el día que se le muera la madre a la Señorita Bird romperá su violín para estar más sola. La mamá y el violín son los únicos testigos de la edad de Miss Bird.
  Sin embargo, Miss Florence es un encanto. Dice que no amó nunca, pero cuando uno lo desea, nos da un beso en plena boca. Y este beso y que es el mismo de los veinte años, al menos, debe ser el mismo, pues tiene toda el ansia y la sonoridad de una juventud que se defiende furiosamente con el amor. Cuando la señorita Bird da un beso pulsa los labios como su violín, y tiene un idéntico impulso que el que imprimen sus dedos en las cuerdas sonoras. Este beso de la señorita Bird cubre sus años como un velo espesísimo, los empuja y los precipita en el tiempo, dejando la juventud que ella quiere tener y que nosotros, por causa de ese divino instante, no tenemos otro remedio que verle. La mamá, en la India, menos cuitada que la hija, no se preocupará de estos besos, que si no oye ni ve, debe presentir al menos. Pero, ¿qué son cuarenta besos para cuarenta años…? Un día, sin embargo, la señorita Bird se quedará sin madre y sin besos, y acaso sin violín. Los besos dormirán en el fondo del alma, como violín en la caja. Y todo el recuerdo de la señorita Bird, de sus viajes, de sus éxitos provincianos y de sus besos se quedará una noche en Inglaterra, a la luz de la lámpara verde de uno de sus clásicos hogares de novela inglesas.
  Ahora, no obstante, viene más alegre, como con una alegría precipitada, que teme acabar, y la junta toda para tener tiempo de gozarla bien. ¿Qué sería de los cincuenta años de la señorita Bird si entonces le quedara alegría para diez años más…?
  Cuando no has tendido la mano, esta blanda mano que regresa fría, y que poco a poco se va llenando de calor meridional y de colores rosas, nos ha dicho unas frases terribles.
  -¡Qué contento volverle a ver! Dentro de diez años, cuando yo tenga cuarenta, no podré estrecharle la mano con tanta alegría juvenil como ahora. Acabo de cumplir treinta años, y me parece que yo soy muy vieja. Mi violín es mucho más joven que yo, parece que sólo tiene un año…
  -¿Quisiera usted ser su violín, Miss Bird…?
  Pero Miss Bird se detiene un momento, y después de meditar, nos responde arrepentida:
  -¿Mi violín…? Mi violín, no. No podría amar entonces.
  -¿Pero es por no amar, o porque el violín es contemporáneo del de Monasterio…?


Julio de 1920[7-VII-1920]