miércoles, 7 de noviembre de 2012

Ahogada



 -¡Estaba flotando boca abajo, con el cuerpo hinchado! ¡Juraría que la pobre luchó hasta el final!
 -Ha sido muy duro para usted. Me duele verle así.
 -¡Se hundía y volvía a salir, intentando salvarse!
 -No debe pensar en eso ahora, no le ayudará.
 -¡Intenté ayudarla!¡Pero se hundía, se hundía!¡Y al final, cuando se quedó flotando...! ¡Dios, estaba muerta y no me atreví a tocar su cuerpo! ¡La dejé ahí!
 -No se preocupe. Ya no podía hacer nada. Hizo cuanto pudo. Ahora nos hacemos cargo nosotros.
 -Tengo náuseas.
 -Tal vez le venga bien un poco de aire.¿Quiere le acompañe?
 -No, iré solo, gracias. Prefiero estar sólo unos minutos.Vuelvo enseguida - dijo, mirando a los ojos a su interlocutor, que le miraba con estupor, sin comprender el motivo de su profunda aflicción. ¡Había triunfado!
 -No hay prisa.
 -No. Se lo agradezco, pero prefiero pagar la cuenta e irme.
 -¡Por Dios, qué dice! ¡La cuenta corre de nuestra parte! ¡Toda!
 -¡Por supuesto que no! ¡El problema sólo fue el café!
 -¡No quiero discutir este punto! ¡Este restaurante tiene un prestigio! ¡Insisto! 
 -Está bien, se lo agradezco.
 -Al contrario, soy yo el agradecido. Y espero que vuelva a visitarnos. ¡Invitado por supuesto! ¡Y traiga a algún acompañante! 
 Un par de frases, un apretón de manos y al poco Sergio se alejaba del local. Antes de llegar a casa, se detuvo en su contenedor preferido. Tenía pensado invitar a unos amigos a comer el día siguiente. Y como no iba a volver tan rápido al mismo restaurante, tenía que repetir la jugada. Aunque el número de comensales iba a ser mayor así que haría falta algo igual de negro, pero quizás un poco más repugnante para repetir la estrategia. Algo que no fuera una mosca. Algo grande y sin alas. Tendría que buscar con paciencia…


Ildefonso González Sarmiento

Las palmas, 4 noviembre de 2012 (Corregido el 7 de octubre de 2015)