miércoles, 31 de octubre de 2012

EL ÚLTIMO DÍA DEL HOMBRE




  
 El último día del hombre, el escualo remontó la costa hasta adentrarse en las anegadas calles de la ciudad.

 El viejo Jededahiah se balanceaba en su vieja y humedecida mecedora cuando vio al tiburón. En un momento determinado, el animal sacó su cabeza del agua y los ojos de ambos se encontraron. Jededahiah, viejo pescador, se sorprendió ante la inteligencia en la mirada del pez. ¡No era propia de un ser con un cerebro tan pequeño! Al fin y al cabo, los tiburones sólo habían necesitado de una cualidad para sobrevivir a las grandes extinciones: crueldad. Instinto asesino sin remordimiento. Un tiburón devora a sus hermanos menores estando aún en el vientre de su madre. La empatía era innecesaria.
 "¡Ah, - se dijo - así que eso es lo que te molesta! ¡Qué nosotros seamos tan hipócritas!" Jededahiah sonrió y se reclinó en su asiento. Ahora lo comprendía todo. Había llegado la hora del "Gran Juicio". Las otras explicaciones en las radios, emisoras de televisión, prensa y demás medios, estaban erradas. Aunque ya ninguna fuente avisaba de ataques de ataques de abejas letalmente venenosas, de perros y gatos destrozando a sus dueños, de flores con aromas que incitaban al asesinato o al suicidio...
 Jededahiah miró una vez más a su visitante marino. A los ojos. A aquellos asombrosos ojos. Y acto seguido empezó a mecerse con creciente intensidad. Y cuando ya no pudo impulsarse con más fuerza, aprovechó el movimiento para saltar al agua. El tiburón no tardó mucho en acabar con él, ayudado por su nula resistencia.
 Jededahiah nunca hubiera imaginado, ni le hubiera importado saber, que había sido el protagonista final del último día  del hombre.