jueves, 22 de septiembre de 2011

Jeremías Hernández, "El zurdo de oro".

Jeremías Hernández Hormiga, "El zurdo de oro" y "Cubanito", en un combate arbitrado por "Ciclone"





 El celador entra en una de las habitaciones en las que estuvo  ingresado su padre, durante la evolución de su cáncer de pulmón. Alguien, un nuevo paciente, está allí ingresado. En la misma cama que él ocupó. No obstante, para el celador esto no tiene mayor importancia. Se cura pronto de las asociaciones de ideas con respecto a momentos luctuosos. Es la vida. Hay que vivirla, y desapegarse de lo que nos quita, para no caer en una melancolía dañina. Así que esta tarde no recordaría dicho día (aunque no recuerda la fecha), de no ser por la experiencia de conocer al nuevo paciente.
 Es un hombre viejo, delgado, prácticamente calvo, salvo por unos pequeñas "mechas" canas. Su rostro es enjuto, como su cuerpo. Pero posee una energía  admirable, y una sonrisa cautivadora. De abuelo amable. Su mujer está a su lado. También le parece adorable.
 Charlan un poco y así descubre que el hombre fue un boxeador, al parecer bastante famoso. Se llama Jeremías Hernández Hormiga, y para los de su época sigue siendo "El zurdo de oro". Aunque eso lo sabrá minutos más tarde. 
 -¡Ah, boxeador! ¡A mi padre le encantaba el boxeo! ¡Estuvo ingresado en su misma cama!- dice el celador, hablando en pasado, aunque la pérdida no es aún muy lejana. Pero el viejo púgil no se da cuenta.
 -¿A su padre le gusta el boxeo? ¡Si está aquí, podemos hablar!
 La cara le brilla al hombre. Su sonrisa se expande. 
 -No, ya no está aquí. Está en casa, y aunque ya está bastante bien, aún tardará en reponerse del todo- miente el celador, viendo que el hombre no se ha dado cuenta de que hablan de un hombre muerto.
 -¿Y a usted le gusta el boxeo?
 -¡Sí, claro!-miente de nuevo- Pero la verdad es que no lo sigo mucho, la verdad. Aunque mi padre me hablaba de "Sombrita"... ¡Y bueno, de algunos más, pero soy muy malo para los nombres!
 -Entonces igual le habló de mí. Me decían "El Zurdo de Oro". Me llamo Jeremías Hernández Hormiga.
 El celador pone cara de asombro y siguiendo con la forzada farsa (aunque probablemente su padre sí que le habló alguna vez de él), responde:
 -¡No me diga que usted es "El Zurdo de Oro"! ¡Madre mía, cuando le diga a mi padre qué le he conocido!...¡Pero hombre, qué alegría! ¡Claro que me ha hablado de usted! ¡"Aaamigo mío"! ¿Cómo se encuentra usted?
 Y el paciente le empieza a contar detalles que no pueden ser revelados, y que no tienen transcendencia para esta historia. Y acaba por cogerle un cariño sincero a aquel hombre, hecho de nobleza y afabilidad. Y no deja de notar que, aunque rodeado de un inmenso cariño por parte de su familia, se siente olvidado por la historia del deporte en Canarias. Los guantes de su recuerdo luchan contra la sombra del olvido. El tiempo es un sparring injusto. O mejor, un contrincante sin respeto. Uno desagradecido, mezquino.
 Esa misma noche, u otra próxima, el celador llega a su casa y busca en el ordenador datos sobre esta figura de la historia del boxeo canario. Pero no halla nada. Así que decide pedir ayuda a una web de boxeo. Recibe una pronta respuesta. Pero un tanto adversa. El redactor encargado se encuentra ausente. Promete contestarle con alguna noticia.
 El tiempo pasa. Un tiempo "contra el tiempo", en el que las conversaciones entre paciente y trabajador se reanudan cada vez que tiene ocasión. Por fin un día, recibe una contestación. Una contestación en forma de artículo donde se glosa la trayectoria boxística de "El Zurdo de Oro". Lamentablemente, aunque sea una cortesía, la cabecera del artículo comete un error. Cita el nombre del celador y como este se puso en contacto con la página para obtener datos sobre el púgil. No era esa la intención. La intención era entrar en la habitación, enseñarle al cálido viejo que aún se le recuerda, y ver como se le abren los ojos como platos. Aún así, es un artículo formidable, que nunca olvidará. Y para cumplir su función le bastará con cortar la parte que le menciona e imprimir el resto.
 Al día siguiente, el celador entra corriendo a su trabajo. No quiere que el tiempo le robe más tiempo a su sueño. Pero el tiempo le ha ganado la contrarreloj. Jeremías Hernández, "El Zurdo de Oro", ha sido convocado a un combate en "aquél país desconocido", del que hablara Shakespeare en su "Hamlet".
 El celador está acostumbrado a la muerte. A la de los hombre y mujeres de su entorno personal, y a la de los ajenos. Pero está le noquea. ¡Maldita campana! ¡Le ha podido! ¿No pudo tener piedad y otorgarle al pobre hombre un pequeño momento de, tal vez, glorioso recuerdo?
 Unos días después, no sabe cuánto ya, pues hace tiempo de esto, el celador consigue la dirección de la familia y le hace llegar anónimamente el texto que tenía que haber sido leído por el viejo boxeador. Quizás sea un consuelo, o no. ¡Quién lo sabe! De todas formas, para ese entonces, ya un periódico local, de gran tirada, se ha hecho de la noticia, y le ha dedicado un precioso artículo "post-morten". 
 Jeremías Hernández, "El Zurdo de Oro", fue un gran boxeador canario, que en otras circunstancias hubiera sido una leyenda del boxeo nacional. Pero fue otro quien copó, en la prensa española de hace unas décadas, las páginas de oro del boxeo español. Los intereses hicieron que la fortuna cayera en manos de otro, al que que no se citará, porque puede parecer que se piensa que no se lo merecía. Porque no fue así. Sólo fue una elección de la historia boxística de España.
 Bastantes años después, el celador abre un blog. En él hay un apartado, olvidado incluso por él, y pendiente de ser atendido como es debido, dedicado al deporte. Un día recuerda esta historia y quiere recuperar los datos para publicar una entrada sobre el hombre al que tuvo la suerte de conocer. Pero todo parece haberse desvanecido. Así que opta por contar esta historia, aunque quede como un pedante, con tal de que no se olvide más que nos rodean ancianos y ancianas que fueron los héroes de nuestro pasado, del de nuestros padres y abuelos, compartamos con ellos o no las aficiones. Que siguen ahí, esperando que alguien les recuerde lo buena que fue su aportación, pequeña o grande, para la historia. Aunque sea para la historia personal.
 Así, el celador, que espera no incumplir ninguna normal legal, escribe lo que tal vez hayan leído. Aunque aún espera poder rehacer la entrada sin tanto protagonismo. Tal vez no en esta ocasión, pero si en una corrección posterior, si la red de redes escupe sus datos, y hace justicia.

 Enlaces de interés:


Añadido de 22-01-2012:

Nota:
Finalmente he hallado el artículo publicado en la web de Espabox, en la sección "LA TRIBUNA". Lo reproduzco, eliminando la parte en la que menciona mi nombre.


N.de la R.: Hace unos días el celador de un hospital nos pedía ayuda para mandarle alguna documentación sobre un boxeador llamado Jeremías Hernández, que se encontraba grave en el hospital, y que seguro que al recibir algo de su pasado, le llenaría de alegría y orgullo. Mientras preparábamos alguna información, Jeremías falleció. Desde aquí un modesto homenaje al difunto …
LA MUERTE DE JEREMÍAS HERNÁNDEZ
Ha pasado el ecuador de la década de los 40 del siglo XX. En el ámbito boxístico español existe un dúo inolvidable: Luis de Santiago y Luis Romero. Como blasones mundiales se oyen los nombres de estos inmortales del ring: Joe Louis, Jersey Joe Walcott, Ezzard Charles, Archie Moore, Marcel Cerdan, Jake La Motta, Rocky Graziano, Ray’Sugar’ Robinson...En Canarias, y concretamente  en Las Palmas, un jovencito, con nombre de profeta, llamado Jeremías, venía consiguiendo resonantes triunfos entre las doce cuerdas. Llegó a no tener rivales de categoría en las Islas. De la mano de un preparador catalán, José Hernández Moro, Jeremías tuvo la fortuna de disfrutar del boxeo que atesoraban sus paisanos, aquellos protagonistas del ensogado como ‘Pantera’, ‘Risko’, ‘Guerrita’ o el propio ‘Montaña’, por nombrar un cuarteto de excepción.

         Jeremías Hernández Hormiga, nuestro personaje de hoy que, a sus ochenta años, acaba de nacer para la muerte,  en Gran Canaria, había marchado, en 1946, a San Sebastián con ánimo de hacer un airoso papel en los Campeonatos de España de Boxeo Amateur. La sorpresa fue mayúscula. Primero derrotó al norteño Larrondo; dos días más tarde noqueaba en el primer round al catalán Riera, de una potente izquierda  en la zona hepática y, por último, y celebrando la final con el levantino Moreno,  se erigía campeón nacional de los pesos ligeros al ser proclamado vencedor por puntos. Fue allí donde empezó a hablarse de ‘la zurda de Jeremías’. Fue allí donde, por primera vez en la historia, un púgil canario conseguía un título de España en el campo amateur. Por aquel entonces, Jeremías tenía 19 años. Había nacido en Fuertevenrtura, en 1927, pero se consideraba un grancanario de pura cepa ya que sus padres le llevaron  a vivir a Las Palmas cuando apenas  era un bebé.

         En sus buenos  tiempos se le conoció como ‘el ídolo de Arenales’, un apodo que luego heredó el sordomudo Cayetano Ojeda ‘Kid Tano’, otro púgil de postín nacido en Las Palmas.

         Jeremías, que así, escuetamente,  figuraba en los carteles publicitarios, llegó a disputar más de sesenta combates. Se inició en el pugilismo “por motivos de salud”. De pequeño era “de constitución débil y frágil como el cristal”, nos dijo en una ocasión. Y añadió: “El boxeo me hizo un hombre fuerte, con confianza en mí mismo. Y pulió mi temperamento. Este deporte me gustó desde el principio porque era viril, de hombres y donde había que emplear el arte que lleva consigo este deporte de contacto”, enfatizó.

         “La zurda de Jeremías”, aquel zurdo de oro, tuvo su notoriedad en su época. Siempre se preparó a conciencia. Y lo seguía haciendo años atrás, como avanzado septuagenario, en la playa de las Canteras, desde donde nos confesó que el boxeo le había proporcionado la virtud de cultivar el músculo, de descubrir la preparación física. Por eso recalcaba con legítimo orgullo “que he llegado a la edad que tengo en plenas condiciones, haciendo hora y media de gimnasia todos los días, realizando un moderado ‘footing’ y cortos ‘sprints’’, donde mi corazón me responda a la perfección, según dicen los médicos que me atienden”

         Jeremías no solo fue sinónimo de pegada, de ‘punch’ sino que fue el fiel protagonista del estilo y de la armonía combativa que la basaba, fundamentalmente, en esos desplazamientos entre las cuerdas, en sus piernas, pues muchas veces boxeaba como de puntillas, tipo ballet, blandiendo además una notable guardia. Los que tuvimos la oportunidad de verle actuar sobre el ring aún recordamos aquella velocidad que muchas veces se convirtió en pesadilla de sus rivales, pues se escabullía como pez en el agua.

         Ahora, tras su reciente óbito, al cronista, inevitablemente, le ha venido a la memoria aquel breve encuentro, que hace pocos años, tuvimos con Jeremías en la playa de las Canteras y donde le preguntamos, entre otras cosas, si su zurda mereció la fama que siempre se había pregonado , a lo que él nos contestó:” sí la mereció porque me proporcionó muchos triunfos antes del límite .El más espectacular, con el norteamericano Johnsson, que me duró dos asaltos, en el viejo y desaparecido ‘Tinguaro’ tinerfeño -donde hoy está emplazado el edificio Olympo-. Antes de dicho combate, y para muchos entendidos, yo representaba algo así como un simple ‘conejillo de Indias’...”

         Una vez concluida su etapa como púgil, Jeremías Hernández desempeñó múltiples labores en la rama de hostelería. Y siempre desde su puesto de trabajo, reflejó lo que antes había demostrado sobre el cuadrilátero: seriedad, dedicación y señorío.

Antonio Salgado Pérez 
© ESPABOX.COM - 2004.


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