jueves, 25 de agosto de 2011

"Insulario", de Alonso Quesada/Desde Canarias-SHYLOCK, SENTIMENTAL.

 Ha llegado. Mr. Henri Lazarus, periodista inglés muy interesante y violinista trágico. Judío de origen, su envoltura corporal es una exacta reproducción del Shylock shakesperiano. Pero su espíritu, su vida -bohemia y romántica- es otra cosa. Una cosa llena de amor y simpatía. Mr. Lazarus apareció un día en la calle canaria y los cafres de los barrios la emprendieron a pedradas con él. Mr. Lazarus apareció se sonrió y se guardó en el bolsillo unas cuantas. Después se fue a un hotel inglés que está frente a la playa, y allí, entre su violín y sus letras, continúa sonriendo.
 Es un hombre cordial, efusivo. Ha tocado el violín en dos conciertos públicos. Lo toca muy mal, pero la gente se ríe de él. Sale a escena, y como es feo y raro y no tiene aspecto de oficial, de jurisconsulto español o de empleado de Hacienda español o de oficial de Correos español, las señoritas de la localidad, hechas de antemano para estos hombres, se ríen a gritos. El señor Lazarus, tocando más mal su violín, se ha reído a su vez de todos. Le maltratan los chicos, los grandes le miran con descaro burlón, pero Mr. Lazarus no se va. Comprende que les está dando un mal rato a todos, y como buen revolucionario que es, continúa su camino en firme.
 Este hombre tan feo, tan extraño, tiene, sin embargo, una hija estupenda, una Jéssica maravillosa. A bordo del trasatlántico que les trajo a Canarias, la "miss" se enamoró de un oficial del barco. Al llegar a Canarias se casaron, y en el viaje de vuelta del buque retornaron a Inglaterra. Lazarus se quedó sólo en el mundo, con su violín y su barba, aquella barba misma que Arturo Bourchier lucía en "The Merchant of Venice". Mr. Lazarus parece decirnos con su barba siempre "Cursed be my tribe if I forgive him!"... Y, sin embargo...!

Arthur Bourchier, vestido de Shylock, personaje con el se que compara al protagonista de esta entrada.

 Athur Bourchier

 Unos cuantos amigos civilizados hemos acudido a él. Ha sido preciso poner, para guardarlo de la cafrería, un municipal en la puerta de la casa. Los golfos no le perdonan la barba. Los periódicos han protestado levemente. El mismo Lazarus, que no sabe español, se ha quejado, y he aquí cómo se ha entablado una pequeña lucha de civilización entre este intelectual y los indígenas de Felipe II.
 El mar, frente al hotel, es un mar teatral y espléndido estos días de otoño. Crepúsculo de oro, crepúsculo de grana y de azul infinito. Los cristales del cuarto de Lazarus se tornan violetas, luminosos. La semítica testa del bohemio aparece envuelta por los reflejos del brocado vesperal, pequeñita y silenciosa. Lazarus, sonríe,  cuando el crepúsculo se apaga, podemos ver entre las sombras de la alcoba la silueta del artista tocando el violín, con todas las contorsiones y las afectaciones de un violín navarro. Después Lazarus se pone a escribir un artículo revolucionario. El crepúsculo el espectáculo, divino del mar y del cielo le remueve su conciencia política y artística a la vez. Se deslastra de ésta con el violín, y pone en ejercicio la otra, con todo el fuego y el tonante color del horizonte.
 En estos día de huelgas inglesas. Mr. Lazarus estaba aguardando el golpe definitivo. Su barbilla de mercader de joyas temblaba de codicia, y cada día, cada minuto, miraba su baúl y su maleta. Una palabra, para cerrarlos y acudir a Inglaterra. Y mientras el cuerpo chiquito, la figura fatal, caminaba sigilosa, a saltos, por las calles, como esquivando el compromiso del préstamo o meditando sobre los tres mil ducados ("three thousand ducats") de Bosiano, el mercader.
 Los golfos, por instinto, le apedrean; él se guarda las piedras, como recuerdo de otra pequeña revolución. Se lleva las piedras, pedacitos recónditos del alma de un pueblo español, hidalgo, caballeresco y ciervista.
 Henri Lazarus, arroja su dinero, con gran dolor de su barba y de su nariz.
 Le hacen una caricatura y la paga; le acompaña al piano para que toque su violín y lo paga también. Le piden dinero por caridad, y extiende un cheque terrible. Parece como que se venga de su facha, que acuchilla a su facha y la quiere aplastar con un montón de tres mil ducados, borrando para siempre la negra leyenda que acusa su faz. Corre por la playa como un niño, se ríe como un niño y su alma entera parece un juguete magnífico que a todos quieren ofrecer, aunque se lo pierdan y lo rompan.
 Cuando toca el violín tan mal, le dan a uno ganas de que lo toque bien, y hacemos como un esfuerzo sentimental para que lo toque bien, y por nuestra propia voluntad llega al fin a tocarlo de este modo. Y su figurilla grotesca, de estampa maldita, crece y se pierde entre los oros del ocaso. El judío errante es más humano que el obispo católico y que el hombre del asilo, el que sostiene un asilo con los pobres que hizo antes.
 Pero todo este espiritual del inglés, es algo oculto, íntimo. La gente idiota de la ciudad continúa riéndose de míster Lazarus, sin saber que es artista, que es revolucionario, generoso y ex judío. La sencilla vida que este hombre ha querido hacer en este lugar apartado y hotentótico del mundo, se la han tornado de luchas los indígenas. Mas él no pierde su aparente humor británico y como odiando su faz y su nombre, coge un diccionario "Pal-las", y nos escribe una carta en ese español que no sabe. Una carta inglesa, donde no aparecen sus ojos ni su barba, una carta donde está él afeitado, alto, con un claro traje gris y unos zapatos que suenan, cuando caminan, con ese unánime sonido del inglés, tan universal.
 "Señor Alonso Quesada.
 Muy señor mío. He leído su artículo de hoy sobre la condición, escándalo y descuido de las calles de esta ciudad. He aún escrito a la jefe de Policía, pero ese gente ni ha contestado a mi carta ni ha enviado policía aguardar estas calles, que restan verdaderamente infiernos de ruido, donde los pilluelos solos son reyes. Otro día he visto un señor que bagnaba e vendría de la mar, cuando un gran perro le atacó. Fueron muchos - no diciero hombres, pero-creaturas masculinos sobre la playa y no algún de ellos ofreció asistirle. Viejo que soy, corrió a ayudarle, e con mi bastón ataqueado el perro hasta el señor pudo salvar. No era un policia visible, ni a esta hora ni para todo el tiempo que restado en la playa. El ruido aquí es bastante para hacer loco-digamos un jefe de policía y todo su guarnición.
 "He viajado en muchos paisajes del mundo, pero un tal descuidado que se halle aquí no he nada hallado en ninguno.
 "Si ero residente, yo rehuso pagar uno céntimo de contribución de policía hasta las Cortes puede determinar que son los obligaciones de ellos y de su q. b. m. s., Henri Lazarus."

Gran Canaria, octubre, 1919[30-X-1919]

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