sábado, 25 de diciembre de 2010

Ya no tengo estómago para ser un caníbal.


  Lo reconozco. Los años me van pudiendo. Y mi estómago ya no es el que era.
 Hasta el año pasado seguíamos la costumbre de "llevar un pobre a casa" por Navidad. Una costumbre foránea, anclada en mi familia desde hacía tres siglos, aunque con adaptaciones. Sabido es que no hay nada más inmutable que la mutabilidad.
 Yo era un niño cuando me dejaron participar en la captura de la pieza. Salíamos toda la familia. Mi padre, con los útiles de caza (bebida, tabaco, buena charla y un cable para romper el cuello en caso necesario), mi madre con los conservantes, tiras de análisis previas y los cacerolas (nada de "taperwares", un invento sin tradición ni encanto) y mi tía, con el breviario, agua bendita y todo lo necesario para dar al finado un "pase" seguro al más allá, en caso de innecesaria brutalidad. Yo, por supuesto, sólo fui de observador aprendiz en los primeros tres años.
 Una vez localizada el hombre o la mujer de mejor aspecto, la familia procedía a escenificar. Ahí era fundamental mi tía. Claro que eran otros tiempos, y la religión no molestaba tanto a los "requeridos". Ellos sólo veían venir a una singular familia cristiana, un tanto arcaica, con muy buenas intenciones. Y como la oportunidad de sentarse a una mesa casera no se solía presentar, cedían a nuestros aparentes estúpidos e inocentes antojos.
 Como decía, mi tía era un elemento fundamental en esa parte de la operación. Actuaba como una de esas mujeres del "Ejército de Salvación". Esa gente con tambores, himnos y demás que se ven en las películas estadounidenses. ¡Y qué bien lo hacía! Después de diez minutos, el elegido o elegida estaba ya sumergido en un estado de, digamos, "gloria". ¡Ahí es dónde entraba mi padre!
 El daba el giro adecuado para enganchar más aún a la presa. Si era una mujer, se comportaba como un padre adorable y preocupado. Y si era un hombre, como un compinche que le ayudaba a retirarse de tanta beatería y le contaba chistes de mujeres, le ofrecía tabaco y un trago de ron del bueno... ¡Y de paso, le hablaba, cuando lo veía conveniente, de una vecina bastante ninfómana que iba a aparecer un poco tarde, pero que igual...! ¡Ya saben! ¡Esta tentación añadida, y el efecto del licor, ayudaban mucho!
 En ese momento entraba en acción mi madre, actuando como punto de equilibrio. Se mostraba compresiva con ambos bandos (el religioso de mi tía y el "salido" de mi padre) y reclamaba un poco de atención para el invitado. En primer lugar, le hablaba de la ropa nueva que le tenían preparada, del baño caliente que le esperaba, y de la ayuda económica que iba a recibir tras pasar la noche con nosotros... o con la vecina cachonda. 
 Había ocasiones en que el invitado reculaba. Entonces se buscaba algún tema para doblegarle. ¡Recuerdo con emoción que, en esa ocasión, mi madre exclamó que no podía hacerle "ese feo al niño"! ¡Yo, implicado y deseoso de ser útil, sonreí y puse cara de desconsuelo! ¡Cuando nuestra víctima me acarició el pelo cediendo, me sentí tan orgulloso! ¡Ya era un miembro útil de la familia! Además, el no tener que recurrir a la violencia nos tranquilizaba a todos. ¡Y dónde iba a parar, era mucho más elegante!
 Ya en casa, sólo había un problema. Mi tía se ponía pesada con lo de la salvación y exigía una oración especial, un tanto macabra, pero que siempre conseguía imponer al que creía iba a ser un comensal más. ¡Era una mujer admirable!
 Después, lo típico. Lo primero un baño caliente. Tranquilo. Sin prisas. Que la carne se fuera ablandando. Además yo aprovechaba, desde ese día, para lavarme el pelo, que por lo general quedaba un poco grasiento y sucio cuando la comida me acariciaba la cabeza o pellizcaba mis mejillas. ¡El único trago amargo de la noche! ¡Pero todo conlleva un sacrificio!
 Recuerdo que la primera persona en cuya "recolección" participé fue un hombre llamado Raimundo. ¡Un tipo encantador, que nos contó unas historias increíbles mientras mi madre preparaba la cena o eso creía él, pues mientras le hacía efecto el potente hipnótico que le dábamos inyectado en unos exquisitos dulces que nunca nadie despreció! ¡Y encima mostró un cuidado para no decir nada que pudiera ofender a mis tiernos oídos...! ¡Qué encanto de hombree!
 Bueno, que no quiero aburrirles. Al final caía como un tronco, un leño, o como se diga. ¡Y todos nos poníamos a la labor! Yo ayudaba a mamá y a papá a quitarle la ropa que le habíamos regalado, mientras mi tía rezaba el penúltimo rezo, después del cual sólo quedaba la bendición de la mesa. ¡Bueno, de la comida, qué la mesa no nos importaba mucho en esos momentos! ¡Y después a trocear!
 ¡Ah, no, se me olvidaba lo importante, llevado por la pasión! ¡Primero había que analizar el cuerpo, no sea que tuviera alguna infección! ¡Ya se sabe qué hay cada tipo por ahí suelto! Por eso salíamos pronto de cacería. Por si teníamos que salir a por otra pieza. Si todo iba muy mal, incluso teníamos que comer pavo,  o cualquiera de esas otras cosas típicas. ¡Qué asco! ¡Porque en mi casa siempre hemos sido muy finos, y nunca congelábamos comida de otras ocasiones por si acaso! ¡Y además, luego tocaba deshacerse de dos cuerpos! ¡Y era un coñazo! ¡Créanme!
 Pero en mi primera vez todo fue bien. ¡La suerte del novato! ¡Y ale, a desangrar y cortar como uno más de los "cocinillas", por fin! ¡Qué ilusión! 
 ¡Aaah, qué días aquellos! ¡Cómo los añoro! ¡Sobre todo el sabor de los dedos! ¡Y no me pregunten la razón! ¡De ahí que, desde entonces, me llamaban en casa "Deditos"! ¡Y luego, ya de adolescente, "Don Dedos"! ¡Aunque ese mote me molestaba! ¡Cosas de la pubertad!
 Pero el tiempo ha pasado. Mi padre y mi tía han muerto. Y aunque mi madre y yo seguimos con la tradición un tiempo, cada vez se no fue haciendo más pesado. Y así, este año... ¡Me cuesta tanto decirlo! ¡Este año lapas a la sidra, mojo canario, cabrito embarrado al horno y surtido de turrones! Lo único el flan de coco y frambuesas, que sí que me dice algo.
 ¡Pero este año que entra pienso hacer algo! ¡Modesto, pero algo! He comentado con mi madre la idea de capturar al perro de uno de los vecinos. ¡Es un coñazo de chucho, está todo el día ladrando! ¡Y tiene el peso apropiado para dos personas, con un estómago ya tocado! ¡Sí hubieran visto la cara que puso mi madre! ¡Inolvidable!

2 comentarios:

Liliana G. dijo...

Puff, espero que nunca me invites a cenar a tu casa, quizás debería decirte que mi sabor se ha perdido con el tiempo, pero bueno, es un intento por subsistir :)

¡Feliz Navidad!

Un cariño grande.

Preste Juan dijo...

Liliana G.:
¡Ja,ja,ja! ¡Bueno...! ¡Lo pensaré!

Feliz Navidad y un fuerte abrazo.