domingo, 19 de diciembre de 2010

"Insulario", de Alonso Quesada/ En el solar atlántico-Llega la inglesa bonita

Retrato de familia inglesa en Tafira

 En un coche de turistas, en medio de seis cotorras de distintas edades, ha pasado por la ciudad una inglesa bonita. La inglesa bonita de antes de la guerra. Esa inglesa que es siempre la misma, la eterna miss, graciosa y linda, de los periódicos de modas, esa mujercita encantadora que en las revistas ilustradas aparece siempre como hija de un ministro, de un general o de un Lord inglés.
 La inglesita ha pasado sonriente junto a aquellas caras arrugadas de sus compañeras que miraban al través de unos lentes de sufragistas entre curiosas y molestas, el sol del Atlántico sobre el mar. La inglesa llevaba un cesto con naranjas, en la falda. Ha leído, contenta, palmoteando casi, los anuncios de los bancos y de las casas consignatarias británicas. Aquellos letreros que son como compatriotas suyos, simpáticos, a los cuales saludaba con una mirada alegre y feliz.
 Empiezan a llegar ingleses. Los barcos que vienen y van a la costa occidental del África traen unos cuantos tipos que son nuestros huéspedes unos días. Hasta hace poco tiempo sólo eran señores respetables y enrojecidos, damas feas y raras y alguna que otra miss Harriet  extraviada, que pasea a la orilla del mar su grotesca melancolía. Pero hoy, la inglesa bonita ha cambiado de golpe el espectáculo de los viajeros. Los ojos azules, los cabellos de lino, la risa y el cesto de las naranjas que llevaba abrazado como si fueran un baby, han sido como la nueva alegoría del nuevo abril.
 La inglesita ha pasado... En las tiendas de los indios entró con su risa y sus naranjas y volvió a salir con un chal de plata sobre los hombros, más luminosa y más alegre.


 Se ha bañado de sol, como si no lo hubiera visto nunca, como si se lo quisiera llevar escondido para los días de Londres, y sacarlo allá de improviso, sobre la gran ciudad, y arrojarlo entre la multitud desconcertada. Y reírse ella, después, desde una ventana, como se ríe ahora locamente, en medio de las grises cotorras que la acompañaban, graves.
 La inglesita ha pasado. No ha hecho más que pasar. Ha estado con el sol de la mañana y se volvió a marchar a su barco cuando la tarde avanzó. La ciudad quedóse silenciosa y aburrida. La inglesa bonita no pudo quedarse. Los hoteles ingleses no se han abierto todavía y es seguro que cuando se abran de nuevo, ya esta inglesita no tendrá ganas de salir de su niebla. Está bien el sol,- pensará allá tranquila- está bien el sol, después de todo, pero para verlo un rato nada más, como se ve el oriente antiguo, curiosos y sorprendidos. El sol- dirá la inglesita a sus amigas en la hora del té-. El sol es muy bonito, como una laca china. Yo he visto el sol atlántico. Es así: el mar y sobre el mar, como una lluvia luminosa, el sol.
 Y las amigas de la miss sentirán deseos de ver este sol que ella ha visto y cuando a su vez les toque venir, verán efectivamente, que la amiga viajera supo describir el sol como una artista.
 Ya no tenemos inglesa bonita. Esta fue otra de las cosas que nos quitó la guerra. Antes, en cada hotel había una inglesa bonita, que al marcharse la substituía otra más bonita aún. Era cada vez más bonita la inglesa bonita. Todos la hemos querido fraternalmente, sin haber hablado con ella jamás. Ella no faltó nunca a los bailes, a las verbenas, a los conciertos. Hubiera sido justo entonces, poner al pie de los programas, como cuando los personajes reales van a los espectáculos, una pequeña nota diciendo: "Asistirá la inglesa bonita. Si por causa ajenas ella no pudiera asistir, el público no tendrá derecho a reclamación alguna".
 ¿Volverá pronto? ¿Este paso fugaz, habrá sido como anuncio de los nuevo días? ¿La inglesa bonita de las naranjas ha sido como el prólogo de todas las nuevas inglesas bonitas que han de llegar en el otoño? Con sus naranjas y su risa pareció decirnos: "Yo soy vuestra inglesa bonita, la de siempre. Ahora no puedo detener mi viaje, pero volveré". Tendréis esta temporada inglesa bonita, dentro de vuestro sol y a la orilla de vuestro mar. Descuidad, amigos, no se estropeará la estación resucitada. Tendréis una inglesa más bonita que la de ayer. Más bonita, porque ella también ha ganado como los tenedores de libros y los dactilógrafos.
 Y la ciudad entera avisada ya por esta linda mensajera, se dispone a recibir la inglesa bonita que nos llevó la guerra.


 Abril 1919 [29-V-1919]

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