domingo, 12 de diciembre de 2010

"Insulario", de Alonso Quesada/ En el solar atlántico- Una modesta ciudad ante la paz

 Foto antigua del casino ( "Gabinete Literario")- Foto de Luis Ojeda Pérez

 De este modo llegó a esta pequeña ciudad el armisticio. Un señor, uno de esos señores provincianos que gozan de popularidad en su villa llegó al casino y dijo: "Ya está todo." Y enseñó la copia de un telegrama oficial. Hubo un rumor de entusiasmo. Sonó un cohete. Y en unos minutos la gente se aglomeró emocionada. Los chiquillos pitaron y el señor de la noticia propuso refrescar el éxito con unas copas de aguardiente. Mientras, las campanas de la Catedral, menos germanófilas que el obispo y sus curas, voltearon. Toda la sencilla ciudad se conmovió y los ingleses de la colonia sonrieron. Esta sonrisa británica se extendió hasta el cielo y el sol la aceptó. El sol brillaba y el mar Atlántico era una laguna. La paz del mar envolvía el alma y nos pareció que por el camino del mar se acercaban silenciosa, sutiles, hasta el fondo del alma misma, unas áureas naves aladas.
 Este día el comercio cierra, el belga de la fábrica de electricidad -hombre que aunque no es lo suficiente mártir y no está lo suficientemente atropellado, representa a causa del símbolo, el martirio o el hondo dolor de la guerra- nos regala su luz toda la noche y los mercaderes de la exportación invitan en los cafés a toda la aliadofilia improvisada que patea, grita y da vivas. Vivas a la libertad. A esa santa libertad de robarnos mañana el fruto abundante.
 Esta ciudad es una pequeña ciudad española. Aunque el mar la separe tres días es lo necesariamente García Prieto para llamarla española. A pesar de sus letreros en inglés. A pesar de sus indios. A pesar de su carbón británico y de sus maderas noruegas. Hay en ella, el obispo simple de todas las ciudades españolas, el clásico presidente de la Audiencia y el inevitable magistrado reblandecido, el delegado de Hacienda y el comisionista catalán. Hay también un pequeño y analfabeto cacique, sin estatua todavía, un periodista más culto que los otros y un empresario de ruleta. Suena el "angelus" todas las tardes, se dobla largamente por Difuntos, el viático cruza por las calles de la ciudad y cuando se muere un ciudadano, todo el mundo pregunta: "¿Sabes quién ha muerto? Fulano ¡Caray, Fulano! ¿De qué murió?"


 "AVE MARÍA", cantado por Charlotte Church

 Pero esta ciudad estaba más dormida y lo está aún, que las otras ciudades que usufructúa el señor Romanones. La guerra para esta ciudad era como una lista negra interminable y pérfida. Ahora, estremecidad de júbilo la pequeña ciudad, y por si el cambio sube, canta la Marsellesa. Y el inocente himno se hace cómplice.
 Nosotros, ante ese júbilo, nos hemos escondido asustados en nuestras casas. La multitud enardecida desfiló por nuestra calle. Eran mercaderes en su mayoría que gritaban: ¡Viva Francia! Y la voz no sonaba a espíritu. ¡Viva Francia! madre de todas las espiritualidades. Estas voces que mejor sonaran con un !Viva Alemania! férreo y disciplinado.
 La paz llegó al fin. Y para esta pequeña ciudad no ha sido una paloma, o un olivo, ni un águila democrática y bella que abre las alas protectoras; es un patache noruego abarrotado de huacales vacíos o un trasatlántico inglés, cargado de algodón en rama. La guerra terminó. Y la gente de esta pequeña ciudad está satisfecha porque España ha salido de su neutralidad y ya es posible decir sin peligro de comprometerse hacia qué lado  beligerante caía nuestro espíritu.
 Menos los alemanes y los clérigos, toda la demás fauna está alegre.Y hoy, después de cuatro meses de paz, en nada ha variado la pequeña ciudad, aunque sus antiguos amigos los barcos están llegando. Han pasado los días y ningún alegre señor de entonces ha sabido medir su alegría y espiritualizar su satisfacción. La paz está llegando codiciosa y mercantil. El alma se ha quedado como siempre en el fondo, inmóvil. La paz sencilla, amorosa de hogar bueno, esa paz que recoge las lágrimas pobres y abre las ventanas sobre un mar paternal y serio, no llegó sino a un rincón apartado del puerto, al rincón de los trabajadores del muelle, ciegos de ver cómo se hundía cotidianamente en el silencio de un horizonte amargo el antiguo sol de los días venturosos.
 Esta paz es un aroma, una pacífica luz, un dulce calor de alegría. Es esta paz una mujer limpia que vuelve a barrer la casa, y un chiquillo que juega. Es la paz de las lágrimas, pero la verdadera paz: un pan moreno y tostado que vuelve a la vieja mesa de pino, como un viajero amigo que se perdió en un país remoto y que retorna a su tierra natal con el alma nueva.

 Gran Canaria[2-V-1919]

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