sábado, 5 de diciembre de 2009

"Insulario", de Alonso Quesada/En el solar atlántico-El Alsaciano y su estrella


 Nosotros tenemos entre estos montes áridos, un alsaciano. La guerra nos ha traído un alsaciano. El es marinero y súbdito del Hohenzollern de los mostachos ásperos. El alsaciano parece, sin embargo, un japonés. Tienen unas facciones de nipón rosado y blanco y es pequeño y ligero, como una muchachita. Camina solo, por la ciudad, triste y abandonado. Pero hay ochenta ojos alemanes que lo vigilan feroces, y el alsaciano no puede hacer libremente una cosa que él quisiera hacer, esa cosa sentimental y silenciosa de todos los hombres extraños y solitarios en una ciudad lejana. Por eso, el alsaciano se ha hecho amigo de una estrella. El tiene una estrella sobre el mar, una estrella de Francia a la que envía su saludo militar todas las noches.
 El alsaciano se llama Michel. Es uno de los marineros internados. Entre los otros marineros, los alemanes de melocotón, es el enemigo, el sordo y callado enemigo. Ninguno va con él.; él no puede hablar claramente, sino con una estrella. La estrella del alsaciano es como una madrina de guerra, una bendita madrina de luz, cuidadosa como una verdadera madrina de carne y hueso.

Blasones de la dinastía Hohenzollern (1192)

 Los alemanes del “Kaiser Williams” se juntan en el bar de un suizo-germano que está cerca del muelle. Beben cerveza y cantan con un ruido de piedras, de ruedas sobre las piedras. El amigo alsaciano llega al bar y se sienta en un rinconcito obscuro. Los alemanes se callan en su canto, entonces, y miran y aunque Miche no ha dicho nunca nada de Francia entre ellos, ni jamás habla francés, y celebra, como todos, los días del Kaiser y está por fuera disciplinado y geométrico como los demás marineros, éstos no le quieren bien, y le sospechan traidor, tan chiquito, tan chiquito y tan tierno.- “Cuando se acabe la guerra –dicen- cuando acabe la guerra, `ese´ será nuestro mayor enemigo”. Acaso piensan que habrá más enemigos, muchos más cuando la paz venga, que ahora no hay mucho tiempo para ser así de franco y sincero enemigo. El alsaciano, sin dudad, será entonces más enemigo. Quizás lo seamos todos también.
 Los alemanes salen del Cuartel de Artillería y se meten en el bar. Son rudos, violentos y saludables. Algunas veces merodean por los barrios de las mujeres alegres, pero no hacen sino beber. Todo para ellos es como un constante sorbo; parece que dentro de los vasos mismos se beben a las mujeres, que en vano los abrazan y los invitan con los ojos apagados. La mujer es una medicina, un veneno. Ellos, si sienten un leve aguijoneo del contacto, apuran de un golpe rápido y genial, como un acorde del teutón de la tetralogía, el vino y dentro del vino la mujer. El ansia satisfecha y el equilibrio sensual resueltos de un sorbo.

Wagner, autor de la tetralogía, "El anillo del nibelungo"

 Entran juntos, como en una ofensiva; se retiran juntos tambaleándose después como si andaran hacia atrás, al otro lado del Rhin maravilloso, empujados por unas vengadoras bayonetas latinas.
 Pero el alsaciano sí tiene una mujercita amiga, además de su estrella. El alsaciano la ha dicho a esta mujer, que es un jirón de mujer, muchas palabras españolas. Un haz de palabras cursis y sentimentales. Un alsaciano suelto, en una tierra de sol y de mar azul, pacífica y casi romántica, es el caso más extraordinario y completo de lágrimas y de nostalgias. La cortesana es aliadófila por el alsaciano. El alsaciano le ha dicho en secreto: “Tú no digas nada a nadie, no se lo digas, pero yo no soy alemán.” Y la muchacha se lo dice a las demás muchachas, orgullosamente: “El no es alemán, es de otra tierra que tienen los alemanes, pero que es de los franceses.” Y el alsaciano añade: “Cuando yo vuelva a ser francés, como mi padre y mi madre, te llevaré a mi tierra.” La muchas espera, pues, también la revancha. Ella quiere ver esa tierra escondida, tan amada. Todos hemos querido llevar algún día a nuestra tierra a una mujer de otra tierra. El alsaciano dice que no es alemán y que se llevará a la muchacha. La mujer lo repite. Y es por esto quizás, porque los ochenta ojos centinelas no se apartan del hombre chiquito.
 Y si esto, el nipón rosado le dice a la mujer de la tierra, ¿qué no ha de decirle a la estrella del mar?
 El alsaciano se despide de la alegre muchacha de las ojeras francesas y se dirige al muelle. El muelle, a la media noche, está abandonado. Un guarda dormido, el faro rojo, como una herida de la noche, y nosotros somos los únicos amigos que tiene el muelle a esta hora. El alsaciano llega despacito, como de puntillas, hunde los ojos en el silencio del mar y busca la ruta luminosa y celeste.
La madrina está aún lejana, pero se acerca despacito, de puntillas también. Es todo como una cita clandestina y misteriosa. El hombre chiquito aguarda, aguarda y husmea luego en las sombras. ¿Le verán otros ojos? ¿Aquellos alemanes terribles del bar y del cuartel tendrán un espía en el cielo? ¿Será el espía aquella estrella roja y firme que camina detrás de la madrina como acechando el fin de su ruta?
 -¡Señor! ¡Señor!
 Y el alsaciano se echa a llorar en la obscuridad de la noche, mirando en cielo como si la estrella roja fuera a clavarle furiosa a la madrina blanca un tridente colosal y germánico.

Gran Canaria, Junio de 1918[23-VIII-1918]

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