sábado, 17 de agosto de 2013

"Insulario", de Alonso Quesada/Panorama espiritual de un insulario- PIEL DE RUSIA



Francesca Bertini en "Tosca"


 Hemos estrechado la mano de una cocota rusa. Cosa trascendental para un pobre insulario que solo ha disfrutado de la vecindad de unas portuguesas morfinómanas o de alguna andaluza con las caderas repletas de madroños. Esta rusa es una señora yodada, como el jarabe de rábano. Una exótica mujer que si no fuera ciertamente rusa merecería serlo, con arreglo a la visión que de antemano tenemos nosotros de las rusas. No hemos visto rusas jamás, pero nos las hemos figurado casi siempre un poco Anas Kareninas.
 Una rusa lujosa, con unos ojos de piedras preciosas y una tersa piel morena, exacerbadamente morena en plena ciudad primitiva, daba la sensación de un aeroplano que Ilega por primera vez al cielo de una ciudad asombrada. La rusa, constelada y envuelta en pieles fabulosas, se plantó en mitad de la ciudad y la ciudad se estremeció con frío de eclipse total desol. Aquella mujer traía el embriagador olor de una cartera, el clásico olor de todas las carteras de piel de Rusia. Sentimos deseos de sentir, acurrucados en ella, todo el tembloroso miedo de una revolución bolchevique.
 La rusa se ponía detrás un decorado ideal de fotógrafos de cocotas. Parecía como que estaba al pie de una escalinata de telón de fotografía. Tal de postura en mitad de la calle. Estaba un poco bertinesca, con esa peliculera línea de la Bertini, tan abrumadora y tan vieja de belleza como la propia Bertini. Era una mujer cinematográfica, una mujer para hacer la "Tosca" en película, audaz y cruel. Era una estatua policromada, fría, como un témpano, con esa frialdad de no sentir amor, harta de no sentirlo.
 Toda la esplendidez de su figura estaba orgullosamente acumulada bajo las pieles. Sonaba en silenciosa arrogancia toda su belleza y nos la suponíamos costeada por un príncipe que no fuera ruso, claro, por un minero americano o por un francés nieto de un realista. La rusa cayó en la ciudad como un ser del otro mundo. Desde luego, acordaron todos los hombres inflamables que no habían visto mujeres hasta entonces.
 La noticia circuló un poco estrepitosamente: la rusa era la amiga de un español... ¿Cómo, un español?
 En tanto se descubría el secreto del amante, la rusa paseaba en un automóvil... Algunas noches jugaba a la ruleta. Y en el hotel inglés donde se hospedaba, comía sola y tocaba después música de Borodine. Era una mundana regia, sin duda. La reina de todas las mundanas del mundo. Moderna y cosmopolita. Y rusa. Lo más actual.
 Un momento llegamos a sospechar si no era amiga de nadie, si sólo vino a la ciudad en busca de los restos mortales de alguna persona amada. Estas mujeres extranjeras que vienen a los países lejanos en busca de restos mortales tienen siempre una belleza misteriosa y una dudosa espiritualidad. No podíamos creer en la voluptuosidad de un paseo genial por un país sucio y polvoriento, como es éste que habito. Era lógico suponer que había un muerto por el cual ella venía, con cierta macabra consideración galante. ¡Y luego, aquella música sombría y trágica, que ejecutaba con unas manos luminosas de diamantes de zarina, hacían sospechar un sentimental secreto en su espíritu...!
 Las inglesas medio desnudas del "hall" del hotel estaban aplastadas por el total descote de la rusa, un descote que era como una estepa nevada y magnífica. Y los ojos ingleses de los presumidos managers coloniales se aventuraron a husmear el fino sendero de los senos, senos que debían tener una blancura caucásica bajo el pérfido yodo artificial. Todo lo llenaba la rusa, como la turbulenta historia de su imperio. Era de una amplitud enorme y su belleza caía como una espada de luz sobre las pobres pretensiones amorosas de los hombres locales.


Tranvía por el parque Santa Catalina (1926) (Autor desconocido)


 Seguía sola por la ciudad. El español generoso no aparecía. Debía ser un caballero legendario, uno de esos aristócratas españoles que escriben novelas malas y que la cándida gente cree cultos porque hablan francés y han pasado el verano en un castillo de Escocia. Era un español de esos que tienen las amigas como un cuadro del Greco o un arcón del siglo XVII. La gente insularia conocía a estos aristócratas por haberlos visto salir alguna vez en las comedias del señor Linares Rivas, gran escogedor de psicologías interesantes. ¿Existiría de verdad el español...? La rusa no despegó los labios para decir palabra de su arrendatario misterioso.
 Llevaba oro en los dientes y en la bolsa y a ratos mojaba la lengua en unos polvillos blancos que sacaba de un perfumador de diamantes: cocaína. Se embriagaba con cocaína y entonces volaba hacia las estepas del Asia Central, arrullada por los rumores de la música del prodigioso moscovita.
 Era un misterio la vulgaridad de aquella mujer. Queríamos buscarle la vulgaridad de su amante. Nada era posible. Toda su apariencia, continuamente de espectáculo, cautivaba, porque los ojos herían con una verde luz ambiciosa y el moreno del yodo escaldaba en el alma. Pero su historia vulgar permanecía en la sombra.
 Una noche perdió el tranvía que la llevaba al hotel. Hubimos, unos amigos solitarios de la noche, de ofrecerla un automóvil americano, como podía hacer su amante. Aceptó en un francés grato, sin agudizar, y en el trayecto nos habló de Rusia y del soñador Lenin: "¡Oh, Lenin, es un hombre chiquito pero todo el mapa de Rusia es su corazón ardiente...!»
 Pensamos entonces:- ¿La estatua tenía un alma en vez de un querido.... ? ¿Bajo el yodo, bajo la tersa blancura que el yodo ocultaba, latía un espíritu extraordinario...? ¿Quién podía ser el dueño de aquella mujer infinita?
 La volvimos a ver, mas hizo como que no nos conocía. Tornó a su postura de retratada, de artista que reconoce la excelencia de un jabón, desde una fotografía retocada.
 Y la sombra del español siempre detrás, como un halo imperceptible. ¿Dónde pudo este hombre adquirir con pesetas, la carísima mujer? Aprovechando el desastre de los rublos debió recogerla en Berlín o en Viena. Y luego la trajo a España como un tipo de cambio alto. ¿Pero por qué estaba en Canarias...? ¿Cómo no fue a visitar la Alhambra, el Alcázar de Sevilla y la Semana Santa y todas esas cosas que se ven todos los años con un alma de tarjeta postal?
 Era un desesperado misterio. Era cosa de alzar los puños y llamar al cielo preguntando...
 La rusa caminaba como una luz exótica. Miraba el mar siempre, como esperando al español en un barco holandés...

[30-VI-1921]