miércoles, 14 de agosto de 2013

"Insulario", de Alonso Quesada/Panorama espiritual de un insulario -DIVAGACIÓN SOBRE LA RULETA




Gabinete Literario, casino (Foto de Charles E. Medrington) (1910-1915)


 La ruleta es un artefacto más interesante que el aparato de relojería que suele tener un ministro conservador bajo el cráneo. Un ministro español podrá hacer sonreír de significativo modo a un extranjero, porque es palpable la inferioridad de un ministro español con relación a otro ministro de una nación cualquiera. Pero la ruleta española es totalmente igual a la francesa, la británica o la itálica. Sólo podemos nivelarnos totalmente con Europa por el grato vicio de la ruleta. La ruleta es, en realidad, la verdadera y secreta Sociedad de Naciones. Es como una larga mesa de conferenciantes silenciosos. Yo voy a hacer unas cuantas divagaciones delante de la ruleta española, aún sin ser jugador.
 Toda ciudad que alardee de turismo necesita su ruleta, la universalidad de su ruleta. Un paisaje local, sin previa ruleta, nada significa. Una cocota trashumante ha de tener para su viaje el animado atractivo de su ruleta. El paisaje, la serenidad o exaltación de un paisaje, depende de la preparación que haya tenido el viajero con su ruleta. Un viajero iniciado podrá recibir todas las sorprendentes apariciones del paisaje, después de consumado el aperitivo de su ruleta. Las pequeñas Sociedades de provincia que celebran bailes en honor de todos los marinos del mundo han de conservarse ruleta, para el sostenimiento de esta tradición, donde se suelen gastar los miles de pesetas que ha dejado el francés, el inglés o el americano en el verde tapete de la ruleta.
 La peseta, por otro lado, esa peseta española de clases pasivas, adquiere, por virtud de la civilización de esta ruleta, un valor igual a la moneda extranjera, y aunque después, amontonada con las demás y fuera del prodigio del tapete torne a su prístino valor, esto es, a su modesto valor de cuarto viejo, en tanto rueda sobre los números y las largas paletas la cobijan, es tan ilustre como el chelín o el centavo yanqui. Los ministros de Hacienda en España no han podido caer todavía en el secreto del saneamiento de esta peseta.
 La ruleta es el motivo de emoción más universal y más eterno. En períodos de simbolismo, de impresionismo o de cubismo, las sensaciones de los hombres se rebelan, se desconciertan y cambian. Ahora, una emoción romántica nos huele a humedad de salón antiguo y cerrado, pero la emoción de la bola es perenne. El artista de la bola supo llegar, desde luego, al corazón de la muchedumbre, sin educarla nada.
 La ruleta es cultura. En España más que en ningún sitio. Acaso lo único de cultura popular. Las ciudades en España se trazan, las que se trazan, con dinero de ruleta; los paseos se arreglan con productos de la ruleta, y las claras sopas de los hospitales y hasta las procesiones de Semana Santa son mantenidas por la ruleta. La Policía también no se desmoraliza del todo, cuidando, en secreto, la salud y la educación de la ruleta. 
 El dinero que se gana con la ruleta es un dinero sano, alegre, frívolo, que no tiene ese antipático sudor de la frente y es un dinero que circula con cierta elegante despreocupación; un dinero que toma el aire y se nutre, y todas las cosas alegres de la vida las hace sonar con sonido de cascabeles de plata. Alguno suele matarse por pérdidas de dinero, pero esto está bien, porque al fin se mata y es lo que a la humanidad le interesa. 


Interior del Gabinete Literario


 El dinero de la ruleta tiene una alegría sensual y pagana, una alegría, de corta vida, de dioses. Esas fortunas amasadas en el bajo oficio de la mercadería, fortunas plúmbeas y tradicionalistas, son las culpables de esta abrumadora prolongación provinciana del planeta. Nada más grato que el oro que se va o el billete de banco que se incendia.
 La ruleta es la bulliciosa madre de todas las locuras soleadas. Un hombre que salta en un puerto y busca su ruleta en seguida, es que sabe lo que tiene o quiere saberlo después. ¡Hombre simpático, el jugador de ruleta! Y aunque el banquero le robe el alma, ya la volverá a encontrar, pues el banquero, como hombre mujeriego que es, tiene mucha generosidad y arroja también sus oros por otro lado, con la ligereza de la bolita y la vertiginosidad de la ruleta niquelada. La ruleta, amigos, es la sinceridad, y aseguramos que es también la cosa más moral del globo, pues que desbarata y trunca, con la ligereza de su filosofía, todas esas inmoralidades de los acumuladores de oro, y abofetea la sórdida avaricia del mercader judío.
 Cantemos las excelencias de la ruleta, aspiremos a ser gobernadores civiles para tolerar todos los juegos de ruleta y poner más mesas en las ciudades de nuestro gobierno. Una mesa en cada esquina, una mesa también en las puertas de las catedrales para substituir esas otras mesas que llaman de petitorio, y que no son más que pequeñas ruletas, pero tristes, donde todo el dinero se deja sin tomar ninguno.
 Nuestra ciudad, que es de mar y esta puesta frente a todas las eventualidades de la civilización, tiene también sus ruletas. Es acaso una de las ciudades que más ruletas tiene. El dinero que circula es todo de la ruleta originario. Las corbatas de los pisaverdes locales y las copas de los belitres indígenas, de la ruleta vienen. Porque el exportador no compra con el dinero de sus plátanos, sino más bien lo amontona en libras, guardándolo en su bolsa de kanguro; y el inglés colonizador lo retorna a Inglaterra de un miserable modo, y todo el dinero que en la ínsula se gana, no se vuelve a gastar más. La ruleta lanza el resto, y así vemos cómo cinco duros que por casualidad llegan a nuestros bolsillos se inquietan en él, tiemblan en él y están como nerviosos del calor del vientre, y al fin se escapan y saltan sobre la mesa de mármol de un café para doblarse en monedas mínimas....
 Los americanos, los franceses, los ingleses viajeros sacuden nuestra alegría, sembrando sobre los tapetes verdes, en las solitarias madrugadas atlánticas, toda la fortaleza de su universalidad. Nos civilizan los jugadores de Europa. La cocota, pintada, deja un vago perfume de bulevard, un grato rumor de despreocupación europea.... Y así vienen todos, todos... hasta del Oriente lejano. 
 Del Oriente. La ruleta había de ser también lazo con el Oriente.
 No podíamos suponer que la ruleta, tan nuestra -no sabemos si fue español el invento; mas merecía serlo-, podía traernos una curiosa alegría del Oriente. Pero el puerto está ahí. Llegaron un día unos japoneses chiquitos, en un barco moderno y occidental. Llegaron y, como siempre, saltaron con unos hongos terribles. Pero debajo de los hongos, mucho más abajo, traían su combinación preparada desde Tokio. Y así vimos correr la seda, el oro y el raso confundidos.... 
 Los ojos lineales, como las viejas monedas de su país, tenían una diminuta luz de farolillos de papel, y ellos, los hijos del Sol, mal pulidos, como amuletos manoseados, se sentaron en derredor de la larga mesa silenciosa.
 ¿De dónde sacaron el oro...?. Parecía que eran ellos mismos de carne de oro y se iban cortando a pedazos. Las horas corrían con una frialdad extraña, sembrando de temblores supersticiosos el alma de los jugadores de Occidente. Perdían a manos llenas; mas no se les podía descubrir la emoción, porque habían colocado delante de sus almas como un triple biombo, donde estaba bordado en oro un enorme ibis sagrado. La sensibilidad de esos limpios paisajes recortados, esos paisajes japoneses de las montañas curvas y los lagos fregados. Los lagos que un pintor de juguete pintó como si estuviera contento...
 ¡Cómo se alegraba la ruleta con los alegres colores de los hombres chiquitos...! Era así más universal y tenía un ambiente de templo, donde un idolillo redondo y brillante, como un buda, prometía y daba la felicidad en la tierra misma.
 La ruleta tiene una importancia social magnífica. Más importancia que el señor Bugallal. Esta del Casino nuestro se ha vestido de lujo asiático. Era un brillar de luces y de gemas y de ensueños.La embriaguez del juego esa noche era de opio, de un opio más enervante y más terrible.
 Los alemanes reían, enseñando unos dientes de jabalí limados; los franceses se mordían los labios como cocotas sabias; los españoles tenían un ceño de inquisidores católicos, porque perdían con los japoneses y, claro, atribuyeron la mala sombra al amuleto nipón...
 Sólo un inglés, largo como el Támesis y egregio como una columna de humo de una fábrica de Manchester, sonreía bien y guardaba sus libras... ¡sus propias libras, que regresaban del «viaje largo»...!
 Y entre los labios rojos de "gin" parecían sonar unas palabras flemáticas y oportunas:
 -¡Ah, esto debe ser lo que les sobró de los últimos acorazados...!

[25-VI-1921]

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