lunes, 12 de agosto de 2013

"Insulario", de Alonso Quesada/Panorama espiritual de un insulario - UNA GLOTIS HERCULEA




Imagen promocional de Felipe Sassone


 Amigo ausente: Yo no he oído nunca un tenor extraordinario. Cuando estuve en Madrid no había tenores disponibles a mi alcance de espectador. Solo tengo una vaga idea de haber oído tararear una ópera a Felipe Sassone. Fue en la calle de Sevilla, una tarde. Felipe Sassone caminaba de prisa, un poco oscilante, y la suave voz que ponía en ejercicio silencioso le daba un aspecto simpático, de hombre que tiene una buena voz y la desprecia. Después oí decir que FelipeSassone había sido tenor frustrado.
 Por lo demás, yo he tenido siempre el pánico de los tenores. Una voz de tenor me ha parecido siempre una cosa de cosmético y su engolamiento tiene una apariencia de vieja chistera de "ecuyére". La chistera de una "ecuyére" es una voz de tenor petrificada.
 En un gramófono oí un día cantar al señor Caruso. La voz de este señor tenía como un vientre redondito, parecía envuelta en un chaleco de fantasía y el trémolo de la voz me hacía el efecto de un dije de reloj colgando y oscilando de la barriga. Los bimanos que conmigo oyeron al señor Caruso retorcíanse como serpientes castigadas; los ojos despedían luces; los labios, espuma. Aquello era la emoción que producía la voz del señor Caruso. Yo jamás comprendí. La gente decía que el señor Caruso era un genio. ¿Y cómo iba a ser un genio un hombre de glotis excelente? Del mismo modo, la cojera del señor Romanones podía ser genial.
 Este recuerdo que tengo yo del señor Caruso es lejano, casi tanto como la edad de dicho señor. Apenas se ya cómo sonaba. Luego lo he visto retratado delante de unos automóviles y pude observar que está todo él gordo de su voz, de la voz que ya no debe salirle como antes, sino que más bien se le entra, inundándolo. Un tenor es el triunfo de la peluquería en general. Las notas de un tenor salen como las burbujas de un pulverizador rosa de las barberías -el tenor es el pulverizador ideal- y luego se "asientan" en el pelo, sólo en el pelo de los oyentes, como la desacreditada brillantina del hortera.
 En esta ciudad sólo cantó un tenor, hace medio siglo. Después, como todas las ciudades modestas del mundo, había aguardado inútilmente su tenor. Un tenor cuesta caro. Una provincia pobre no puede aspirar sino a un modesto Tanci restaurado. Cuando se quiere traer un tenor grande, necesita congregarse el pueblo en el Ayuntamiento y nombrar una comisión que comprometa el abono. El comercio, que no sabe lo que es un tenor -si no es el de la letra-, se subscribe murmurando. Los señoritos, que son tenores supernumerarios, compran sus localidades de antemano y la voz del tenor se espera ansiosa, y todo el mundo se la supone guardada en un estuche de terciopelo, y ya sin oírla, la ve brillar, la ve refulgir como esos juegos de cuchillos plateados en estuche que se regalan en las bodas de rumbo. Después que la voz suena, la ciudad repite la voz, como un eco. Una ciudad que haya tenido tenor por varios días tiene derecho a un smoking vitalicio.




 Yo recuerdo ahora que al llegar yo a Cádiz cantaba el señor Schipa, otro tenor. Toda la bella ciudad andaluza estaba en derredor de la voz del señor Schipa. Pero yo me pasé la noche sonriendo delante de la estatua del señor Castelar y preguntándole al sereno: ¿Cómo es posible que este señor Castelar tenga los bigotes tan, gordos? ¿Cómo esta gente está preocupada con el señor Schipa y no piensa que los bigotes del señor Castelar son dos sogas embreadas...? Mi inquietud por los tenores ha sido siempre una terrible inquietud morbosa.
 Un amigo aficionado a tenores me contó un pequeño episodio de su vida sentimental. Este amigo iba una vez en una góndola por el canal de Venecia. ‘No es preciso advertir que era noche de luna. La góndola se deslizaba suavemente como se desliza en los cromos de Venecia que vemos en las galerías cursis. El amigo estaba encantado. El gondolero le enseñó el palacio de los Dux, pero como el amigo no sabía quiénes fueron los Dux, miraba indiferente el palacio. La góndola corría, leve, como un cisne negro, por las aguas del canal, y de pronto el amigo oyó el sonido de un piano. Unas manos de oro tocaban y una maravillosa voz de tenor cantó el "Spirto gentile". La góndola donde iba mi amigo se estremeció por la sacudida violenta que dio mi amigo al escuchar el canto. Y mi amigo vio entonces cómo la casa de los Dux se tambaleaba y vio la voz salir, la dulce voz, como el humo luminoso de una pipa gigante, a perderse en la blanca luna veneciana. El amigo cuenta este episodio todas las noches en su rebotica. « ¿Quién pudo ser aquel tenor prodigioso?», se pregunta siempre. Yo le he dicho: «Posiblemente un dentista aficionado».
 Y es así por todas estas graves cosas mi aversión a los tenores. Yo me los he imaginado siempre con un refistoleado aspecto de "corbeille" o con la apariencia de un peluquero que lleva incrustado en su cabellera el peine de la clientela. Este peine es una fermata disecada.
 Digo que yo no oí jamás tenores. Era una de mis íntimas glorias. No sé si mi funesta condición de insulario bien harto de soledades pudo influir para el afincamiento de esta aversión. Quizás. Por eso acabo de ser azotado con el desprecio local, porque ahora-en unas fiestas que se han celebrado para conmemorar una conquista católica-, al llegar un tenor a la isla, me aventuré a apostrofar al rizado elemento lírico. Yo había querido que con este pretexto de la conquista hubiese venido a vernos el autor de "Paradox,rey", pero la sociedad elegante prefirió un tenor. Realmente, con el señor Baroja otro gallo les hubiera cantado. El gran espíritu del vasco huraño tiene unos calderones demasiado broncos.
 Vino el tenor, amigo. Era un tenor del Real, de Madrid. Un tenor del Real es una nota de cultura. Es una cosa tan suave como unos calcetines de hilo de Escocia o como un físico. El tenor, sobre tenor, era abogado y a más de estas dos cosas, italiano. Cantó. La glotis del tenor del Real era una glotis desmesurada.
 Salía esta voz con una amplitud de aeroplano triunfador. Era una voz aviadora. Todas las barberías del universo regocijábanse en medio de esta maravillosa voz, que era como un inmenso río de agua colonia.
 Pasó el tenor. Desde mi salvaje observatorio le he visto pasar. Una noche que el tenor cantaba, la ciudad entera se llenó de humores de tenor, las aceras tenían grietas de voz de tenor y las casas se agrietaron también por la voz, con el consabido fracaso de cristales. La brisa era la voz del tenor. Y un inglés que cruzaba por la calle mientras cantaba el tenor, estaba como cubierto de confetis musicales, con ese triste aspecto del hombre sencillo y serio a quien alcanza de lejos los confetis de una carnavalada en la que él no ha intervenido.
 Los arenales africanos, Callados y negros, tenían un silencio de ecos nonatos. Ecos que no podían salir porque la voz del tenor era una infinita armonía sobre el silencio. Un perro agachaba el rabo porque la voz del tenor le hacía cosquillas en el ano. La voz era como una arena invisible, un rocío de repercusiones líricas. Y la voz sonaba en todos los sitios; salía de una cloaca, de un albañal. Los pájaros huían en bandadas por la voz, que irrumpía en las copas de los árboles. Y todo era voz, voz, voz. La costra planetaria resonaba como un disco de celuloide.
 Y yo, en medio de mi soledad, soledad anticuada y sin recursos; sentía estremecer el corazón. Y como todos los rincones eran albergues para la voz que salía de aquella glotis hercúlea, mi corazón huyó hacia más remotos lugares: las estrellas. Navegó por el más alto de los silencios, por el luminoso silencio de la vía láctea.
 Pero en la vía láctea, amigo lejano, en la vía láctea no se podía reposar tampoco, porque el rumor de la voz llegaba hasta el más recóndito lucero; la glotis repercutía allí, resonaba allí mismo, con esa agria vibración nerviosa que tienen los alambres del teléfono cuando cruza bravamente hacia los montes azules, el viento marino...

[3-VI-1921]