jueves, 11 de julio de 2013

"Insulario", de Alonso Quesada- Panorama espiritual de un insulario/ La despedida de Rosario Pino

 




 Un día, después de un luto largo, uno de esos lutos silenciosos, llenos de olvido y de desencanto, abrimos el viejo armario de nuestra casa, el armario donde las mujeres de la familia guardaban los trajes de antes del luto, donde se guardaban también los de la muerta. Y entre sonrisas tristes y recuerdos afectados van saliendo y aireándose los trajes antiguos y cayendo encajes al suelo, como las hojas secas que marcaron los libros leídos. Trajes de seda magníficos, pero con una antigüedad pueril, sombreros con plumas exquisitas, con aroma de femineidad pasada... Y las mujeres al repasarlos trajes y los sombreros dicen: "Hoy han vuelto a usarse estas plumas. Son muy elegantes. ¡Qué lástima que este traje no se pueda restaurar! La seda es moderna". Y cruzan suavemente las sonrisas y el pequeño desaliento que deja el recuerdo de unas en otras mujeres. ¡Viejas frivolidades que se endurecen como los años femeninos...!  ¡Trajes que se tornan solterones dentro del armario...! La memoria de todas estas cosas se desenvuelve con cierta desabridez y no se acierta a recordar claramente si en verdad pudieron aquellos trajes que parecen ridículos tener alguna elegancia extraordinaria.
 Así las cosas del arte de Rosario Pino. A la ciudad atlántica, después de una ausencia larga, torna esta graciosa mujer de los ojos verdes, en una y definitiva "tourné" de despedida. Hemos abierto el armario, después del luto, y del armario ha surgido Rosario entre nuestra desconcertada sonrisa amarga y nuestra memoria recelosa. Han caído a nuestros pies los encajes de sus risas y hemos hallado unas mangas bombachas que no tienen arreglo. Nuestro recuerdo ha dicho: "Hoy ha vuelto a usarse Rosario Pino. Es muy femenina y muy elegante. ¡Qué lástima que no se pueda restaurar!"
 ¡Pobres ojos claros de donde surgieron todas las claras comedias del Lara. . .! Ojos como de agua y azúcar, que se rebelan contra la vejez de su dueña y entre la voz y la mirada, más solteras cada día, la defienden de los años que ya no quieren ser femeninos, todo lo femeninos que le suplican anhelosas, desde los palcos, esas frustradas Rosarios Pinos que contraen matrimonios ventajosos para sostenerle un eterno abono y guarecerla de todas las posibles despedidas....
 Rosario Pino se despide. Siempre, su despedida ha sido una pirueta graciosa, de novia detrás de un balcón, de novia que se hace la enfadada y que sonríe al despedirse. Hace diez años nos tocó una de sus despedidas, pero nosotros vimos que sus ojos tenían una demasiada claridad para que se hiciera noche en su arte. Y hoy vuelve Rosario con los mismos ojos, las mismas comedias y la idéntica risa argentina. Tiene una mocedad luminosa de luna. Y aunque ya nada se puede decir de la luna, es cursi mirarla, tiene Rosario la agradable templanza de la luz lunar, y así como extrañaríamos la desaparición del ex lírico astro, no podríamos hallarnos sin sentir un rumor de Rosario Pino, en las vagas y tristes expectaciones de la provincia. Todas las cosas provincianas son un poco Rosario Pino. En los bailes hay una línea general de Rosario Pino, a la salida de misa mayor se observa como una invisible silueta de Rosario Pino de mantilla. Todas las pequeñas lágrimas femeninas tienen el brillo de las de Rosario Pino en "Rosas de Otoño" y la risa de los parques y de las playas lleva la huella imperceptiblemente sonora de Rosario Pino.

Interior del Teatro Lara

 Rosario Pino es la provincia española, la digestiva novela de la provincia española, como escrita por una Fernán Caballero, abrumadora y simpática, a la luz de una lámpara. Se presiente en todas las carnes blancas de las muchachas casaderas, carne hecha por Linares Rivas al través de Rosario Pino; y esa diminuta inquietud los sombreros y. de las cadenitas de oro del cuello con una medalla de la Concepción en esmalte, huelen a polvos de Rosario Pino, a perfumes de Rosario Pino, esos perfumes que se supone que ella usa porque  así lo afirmó en un retrato que publicó el perfumista, perfumes que aunque no se han podido oler desde las butacas, seles "ve" el olor porque es del mismo "corte" que la risa y los ojos y las manos y esos versos de "Amores y amoríos" en que hay una rosa que corta un jardinero cruel y deja solo y triste al rosal. Ese rosal es también Rosario Pino.
 Cuando Rosario Pino aparece en la provincia, todos los muebles de nuestras casas parece que se tornan muebles del escenario del Lara y las muchachas locales nos descubren un cuello que no podíamos sospechar y que es como un cuello de gala para recibir a Rosario Pino. Las voces se afinan, las piernas se sutilizan, los trajes se desprenden de los cuerpos. Hay en toda la honesta provincia un ligero aleteo de golondrina, un imperceptible tono cursi de abono numeroso. Las ventanas se vuelven palcos y las mujeres asomadas parecen que están viendo a Rosario Pino en todos los momentos. Rosario Pino saca de un guardapelo clásicamente español la juventud de "Lo Cursi" y se la pone encima, como una salida de teatro. De una tabaquera esmaltada cogen sus dedos los polvos femeninos y eternos de una madre Celestina de guardarropía y se vuelve a reír con su risa de primer acto que pasó hace veinte años, y se ríe en el tercero, después de los otros veinte del segundo y aún le queda risa para un epílogo que sucede veinte años más tarde.
 Rosario Pino es como la caja de música antigua que no se ha roto, la caja de música que toca una habanera que de pronto nos parece agradable sin saberlo. Rosario Pino es la poesía de las golondrinas deBécquer con acompañamiento. Es el pañuelito bordado que se regala; es la paloma impresa de esas apasionadas cartas de amor que debe escribir algún brigada. Es la inevitable mujer que imita a Rosario Pino. Rosario Pino no puede olvidar nunca a Rosario Pino y ella misma quiere ser cada vez más Rosario Pino.
 Todos los decorados de jardín con un camino de enredaderas y esos reducidos gabinetitos que tienen unas cortinas transparentes, en el fondo conservan la huella de Rosario Pino. Un pedacito de voz, un dorado cachito de risa, están sobre todos estos artefactos teatrales. No es posible borrar la risa y apagar la mirada de Rosario Pino en los escenarios de las provincias. Su recuerdo es como un aroma de sedas.
 Pasan fuertes cantantes de ópera, cantantes de largos calderones-como del fondo a las candilejas- y cantan las romanzas más agudas delante de estos decorados de jardín y queda la voz prendida como tela de araña en los pintados cielos. Pero cuando el silencio se hace, surge como un chiquillo escondido la risa y las miradas de Rosario Pino.
 Una provincia española que tenga familias de magistrados no podrá prescindir de las despedidas de Rosario Pino. Es preciso decir en visita: "La Pino viene ahora de despedida". Y el siguiente año se repetirá las mismas palabras. Cádiz, Granada, Las Palmas, Córdoba, Jaén, Málaga.... tienen siempre la posibilidad de estas despedidas de Rosario Pino. Ella se despide como esas señoras que se detienen en la puerta del piso antes de marcharse y allí se vuelven a despedir, con una despedida que se va repitiendo de escalón en escalón; y las ciudades españolas necesitan sostener estas despedidas para que la vida social no se evapore. Por eso, cuando las despedidas se van borrando poco a poco por el caminito del tiempo, Rosario Pino le vuelve a dar cuerda a su despedida. Y así, como el reloj, anda la despedida de Rosario Pino. Ya se atrasa; a veces lleva una hora hacia atrás, pero se toma en cuenta y sabemos sin esfuerzo que es otra hora más próxima cuando marca la antigua.
 ¡Ah, que mientras haya una mantilla de madroños y un Viernes Santo en el mundo se estará despidiendo Rosario Pino!
 La inmortalidad de don Manuel Linares Rivas depende toda de este elixir maravilloso....



[16-3-1921]