viernes, 12 de abril de 2013

"Insulario", de Alonso Quesada/UN GOBIERNO ESPAÑOL VISTO A TRAVÉS DEL ATLÁNTICO


 Nota:
 Desgraciadamente, he sido incapaz de localizar los datos necesarios para anexar la información necesaria para ciertos datos y nombres citados en el siguiente texto.

Muelle Santa Catalina, barcos y huacales de plátanos.(1920-1925)


 Claro está, querido lector catalán, que los que vemos ese Gobierno desde el desafortunado lugar que nos tocó en suerte, somos unas cuantas personas inteligentes. Los demás, si no lo hallan conforme, no les importa gran cosa. Nosotros, ahítos de él, nos aprovechamos de los barcos extranjeros que pasan y se detienen, y nos vamos haciendo una dignidad forastera y un alma lejana. Por otro lado, de la isla, esos Gobiernos gelatinosos jamás se ocuparon si no fue para el particular bien de algún diputado inclusero o para equilibrar la  deshabitada personalidad de algún rábula pedante que soñara con un ministerio de Madrid: ese café oficial que tiene una calle de Alcalá y una Puerta del Sol delante de cada tintero, y un perenne colmo en la punta de la pluma: el colmo de todas las cosas atrabiliarias y troglodíticas.
 Nosotros no podemos ver ese gobierno sino dentro de un acuario. Para el insular capacitado, que a fuerza de contemplar ingleses sin gracia andaluza y noruegos de dramas ibsenianos, ha logrado nutrirse de algo más científico que las novelas del señor León y las comedias del señor Muñoz Seca, un gobierno español es como una familia de peces de colores raros, de los cuales, saltando por encima del refrán clásico, no hay que reírse. Pues la risa es también una cosa demasiado egregia y tiene cierto aire de distinción extranjera, como el traje inglés, el zapato americano y los paraísos franceses. Pasa la película, pues, sin interesarnos ni conmovernos… De cuando en cuando, un viajante de granos de Sevilla, como un rayo de sol desacreditado, nos siembra un chiste en la fonda, en esa trágica fonda española llena de gritos, de comisionistas y de curas castrenses y de un profesor de Instituto, de eterno profesor de Instituto que se ha pasado la vida sorprendiendo adolescentes con aquellos versos de “Viva Bustos, contra mi rey por mi gusto, viva Bustos, bustos muera”.
 Generalmente, el espíritu local está caído, sin gracia, como una camisa que sale por debajo de la chaqueta. El insulario se rasca la testa con pesadumbre neurótica, y el huacal de plátanos anda por las calles distraído como un voto, cuando no hay elecciones. Saltan las mujeres que llegan de América, unas mujeres de una amplitud sensual maravillosa, de una generosidad sin gobierno español, con unos senos donde nada pueden los gobiernos españoles; pero el insulario no atiende mucho ese aire extranjero, aunque lo siente acariciar su rostro con una dulzura exótica y liberal.
 ¡Pero nosotros…! Un holandés trae en la mano un queso lógico, un queso que no se podrá envolver nunca con el “ABC”, y un suizo atraviesa la ciudad perfectamente condensado, con una seriedad tan sana, que no es posible recordar una Real orden del señor Dato.


 El muelle, al llegar el “Limburia” u otro trasatlántico sin clérigos de Comillas, se llena de Europa, es como si Europa misma se cortara en muchos pedazos y nos la vinieran a sembrar sobre estos estos arenales africanos. No hay un africano que se parezca de casualidad al señor Luca de Tena, ni una mujer que tenga semejanza con Pastora Imperio. Ningún hombre de aquellos presiente a la marquesa de la Laguna, y posiblemente creerá más en Dios que en Maura. El empleado de Hacienda, sin embargo, colocado silenciosamente en el muelle, se esfuerza por hacerles sentir de un modo benaventiano, pero el extranjero coge una naranja dorada y la caricia bajo el sol, con una tan civilizada intensidad, que la naranja parece como que se descascara sola por virtud de un encantador prodigio.
 Es una gente que se ha quitado de encima las crónicas de los viejos maestros del periodismo, de esos viejos maestros del periodismo viejo, viejo ayer y siempre, con una vejez del planeta apagado, que son más tarde ministros para que la gente recuerde la vejez de su Prensa. Como si dijera: “¿No conocéis este ministro? Es el viejo maestro”. Y ponen la vieja maestría en el cargo, y así y todo tendrá la polilla de las casas veraniegas que se abren en julio, después de un largo encierro desolado. Pasa esta gente abriéndonos las ventanas de la isla, abriéndolas de par en par, y la isla es la casa de retiro rodeada de árboles y de mar, donde se reposa uno de la estupidez cotidiana, y donde se hace el recuerdo ciudadano de una lejanía tan rápida como la muerte. El señor Dato, el señor Bergamín –pongamos también al vizconde deEza- no pueden existir dentro de estos barcos que tienen un estanque enorme para nadar y viaja a ellos un millonario joven que es todo un Estado, un Estado particular y admirable; y las mujeres bajan por las escalas en un con una precisión científica, conociendo la importancia de una escala de barcos, y el capitán es un jefe extraordinario que no fracasa nunca, porque ha bebido la leche nutridora de unas vacas que pastan en prados sin Real orden, y conoce las fronteras del mundo libre. Hombres con dos piernas firmes, sin nostalgias románticas o fatalistas en el coxis, bien limado, pulido como el marfil, donde no hay ni la más remota huella del trunco. Sobre el mar eterno y luminoso, cruzan estos caminantes que tomarían asombrados al títere taurómaco por una solitaria desnutrida, y el mar nos lo trae para bien de nuestra aspiración nobilísima y no lo lleva para devolvérnoslo después con otras caras, con otros ojos y con una nueva profusidad de almas abiertas.
 Estamos de espaldas a los gobiernos españoles. Desde el Atlántico, una persona inteligente, no logra ver al Gobierno español sino a través de la piscina del mar.
 No podemos tomar en serio el genio datista: las escalerillas del muelle las ocupa un yanqui que tiene la miniatura de un rascacielos en la pupila; sobre el muelle, un noruego de gafas, uno de esos noruegos que hemos visto abrir las puertas de sus oficinas con tanta energía en los dramas de Ibsen –Rosmer quizá, acaso Sollnes- pasea serenamente con el mundo dentro de su alma, con la huella sutil del borde planetario en los dedos, que han acariciado todas las curvas terrestres, mientras el Pensamiento, cobijado en un rincón de Melbourne o en un divino sillón del Waldfor-Astoria, piensa infantil en este muelle, sobre el que está ahora, sin asombro, malgastando una civilización tan necesaria.
 En tanto un Gobierno español dicta órdenes para que los periódicos cuesten más dinero y la cultura mengüe, y así garantizar a perpetuidad mayores votos, y grava con diez céntimos lo mismo una caja de cerillas que un automóvil, nosotros vamos a desentrañando el mundo de los torsos sajones y de los ojos de las mujeres rubias que saben amar tan dulcemente y escribir después, ligeras, en la Remington austera; antiguas y modernas, con una antigüedad tan actual en los labios que las hace eternas.
 Las sirenas llaman, las anclas se hunden, las cabezas doradas surgen en las falúas… El mar está alegre, con una alegría civil, estrepitosa y útil. ¡Poesía del tráfico europeo! ¡La América entera que se vuelca en el viejo continente! Un grito de coloso sobre todos los mares y unos ojos profundos de acero que otean desde el Pacífico al Atlántico. Palabras justas, pensamientos firmes, ruido fabril lejano, que es un constante eco en la bahía. ¡Civilización!
 La isla es el reposo de la agitadora jornada, el mesón solitario del camino. ¿Qué podemos ver nosotros, los hombre atlánticos inteligentes, mirando siempre el horizonte azul por donde llegan estos barcos gigantes, ciudades enteras que se apartan de las remotas playas y arriban, con audacia y contento de descubridores? No se puede saber otra cosa.
 ¿España…? ¡España, sí! El amor sentimental. ¡Pero esos españoles…!
 “Pontius, te souvient-il de cet home?
 “Pontius Pilatus fronÇa les sourcils et porta la main a son front, comme quequ’un qui cherche dans sa memoire. Puis,árpes quelques instants de silence: -¿Jesús?- murmura-t-il, Jesus de Nazaret? Je ne me rapelle pas”.

Canarias, agosto 1920 [29-8-1920]