domingo, 28 de abril de 2013

"Insulario", de Alonso Quesada/ Desde Canarias-LOS NUEVOS RICOS



 Hay una numerosa colonia de sirios en este rincón atlántico. Charaf, Naosum, Salim, Zoghbi. Tienen unos alambicados trajes europeos para vestirse y muchos bastones de fantasía, como si fueran varas de nardos milagrosas. Se han casado todos con mozas atlánticas, se han muerto muchos y en el cementerio católico duermen con la paz de sus leyendas y las inscripciones turcas en las lápidas de mármol. Algunos son bellos, con esa acursilada belleza que les da el bigote pretenciosamente europeo y los zapatos amarillos, de un amarillo escandaloso de mirlo.
 Pasan, como sacudiéndose una pesadumbre remota, cobrando cheques y embarcando tabacos de Sierra Leona. Les nacen los hijos con las cabezas en punta, como vitolas, y el color del cedro, y hablan todos más inglés que los ingleses mismos.
 Riqueza. Baratijas caras. Los dedos cubiertos de anillos, y limpios, barnizados de limpieza, como queriendo ver que son limpios, que tienen la camisa limpia y los dientes de oro. Algunos, los más poderosos, se han hecho incrustar un diamante en el áureo diente postizo. Se nota que son más ricos de lo que son en realidad. La profusión de balcones es un estrepitoso engaño. Con las piernas enarcadas como dos paréntesis, traen el recuerdo de sus asnos bíblicos que les ayudaron a subir por las veredas del monte sagrado. La humildad silenciosa de ayer, se vislumbra todavía entre la rigidez almidonada de la pechera, y aun el bigote refistoleado y derecho tiene la lenta melancolía de haberse contemplado en los espejos de Eúfrates. El mar muerto de su ojos, adquiere aquí una forzada viveza y hasta la alegría de caminar, ricos, deja un un recóndito rumor religioso. Del bajalato de Damasco llegan y se tornan después de hacedando, al vilayato de Beyrouth, desde entonces envían después sus memorias escritas, perfumadas de recuerdos sentimentales, a pesar del tenaz empeño que ponen en ser comerciales, desnudamente financieros.
 La colonia de los sirios está envuelta en sedas ideales por cuyos pliegues asoman las cursilerías de los bigotes de ébano y de las babuchas de oro. Los ojos claros, tienen también sérica suavidad y los inenarrables bastones, los zapatos mallorquines, la jerga gris inglesa, inútilmente se empeñan en ocultarles el viejo origen. Las dos piernas largas y sarmentosas se mueven entre los pantalones rectos evocando la deliciosa anchura de los hábitos primitivos. Se untan de tabaco africano pero huelen siempre a cedro y en la aparatosa actividad mercantil de sus negocios, los brazos se detienen de pronto en evocadora laxitud oriental.
 Han empuñado los bastones como puñales y estos automóviles Ford que ahora acaban de comprar, seguramente no correrán tanto como el dromedario amigo de los días sin fausto.
 ¡Pobre sirios ricos! La infantilidad de sus riquezas coloniales, no podrá tener nunca la magnitud reposada de las riqueza viejas. Un automóvil los llevará más pronto. ¿Pero no es que ellos necesitan una sagrada lentitud ante el camino de sus ojos? ¿No es preciso muchos días para tener la esperanza de ver aparecer las cúpulas sagradas...?


Excursión en el Ford (Gran Canaria/1910-1920). Foto de Tomás Gómez Bosch

 El Ford quiere ser un camellos mecánico y vivo, un camello civilizado, pero los conducirá por desesperados rincones de aridez y de soledad sin prestigio. Yo no sé de qué se habrán emancipado de soledad sin prestigio. Yo no sé de qué se habrán emancipado estos hombres, pero tienen una descarada postura de emancipados, de haberse quitado un yugo y de cubrirse de cosas libres, con una exagerada advertencia personal. Están alegres por ser ricos. Más bien parece que están alegres porque sepamos que son ricos, riqueza acumulada de prisa como la vanidad de sus almas, una vanidad de baratija, inofensiva y cómica.
 Un sirio en un Ford se nota más que otro hombre vano. El sirio se pone el asiento y hace una invisible joroba de dromedario en el asiento que sobresalga mucho para montarse después sobre la joroba. Y así, camino de un oriente con edificios de cementos y empleados de correos, van los sirios de la colonia sembrando el humo de su negocio y esperando ansiosos la sacra aparición de una Sublime Arrendataria.
 Salim tiene a más de su automóvil un chimpancé de Lagos. Un chimpancé que hace cosas extraordinarias con el bastón de su dueños y los puros de Sierra Leona. Tambíén va en el automóvil como un nuevo rico, con los mismos pelos del nuevo rico y el ángulo facial idéntico. Es otro emancipado de los bosques por el dinero magnánimo.
 En estos sirios podemos estudiar la asombrada alegría de los recientes potentados europeos. Es una alegría que sale de los ojos y corre desaforada por todo el óvalo de la cara dando vueltas vertiginosas de embriaguez metálica. El chimpacé parece que sabe también algo de ese dinero porque todo lo hace con regocijo humano, como si en el redondo, rosado y grotesco ano que surge del bosque velludo de las nalgas, llevara un cheque de libras.
 Los sirios han venido a darnos una pequeña representación de burgueses adinerados por la guerra. El rincón de la ciudad que los cobija es el escenario de sus comedias de burgueses gentiles hombres, apuntalados de sociabilidad y cortesía de última hora. Nosotros, los veíamos a través del recuerdo de sus cedros y ellos pretenden olvidarse queriendo ser más altos y de más eterna duración. La desmembrada vanidad de sus dineros suena al cruzar ellos la ciudad. La pila en los bolsillos, les da un rumor de coches de colleras o de caravanas alegres. Han querido perder su melancolía y la dulce laxitud de sus almas se intenta despabilar con una lucha colonial inglesa. 
 ¡Mercaderes orientales sin oriente espiritual, no habéis podido quitaros el recuerdo! Sólo el anillo no tiene ya misterio, ni es suerte o fatalidad en la mano morena. El anillo es de platino con montura brillante y se lo puede poner con toda la impunidad de su maquillaje, cualquier cupletista afrancesada.

Las Palmas, octubre de 1920[3-XI-1920]