sábado, 2 de febrero de 2013

"Insulario", de Alonso Quesada/ Desde Canarias- Aparece un barco ruso


Muelle Santa Catalina(1920-1925)

 Los barcos rusos son una leyenda. Nadie se acuerda de que alguna vez hubo barcos rusos que traían pasajes de rusos y mercancías rusas. Para el indígena insular, Rusia es una cosa tan remota y problemática como el Limbo. Cuando hubo guerra europea, Rusia sonó algo; sonó como una montaña que se desmoronaba, como algo que  caía en montones enormes. Pero cuando no cayó, cuando se vio que no caía, Rusia volvió a su puesto de leyenda y hoy es lo mismo que ayer: una ciudad fantástica, en la cual no se cree mucho, pero en la cual hay que creer un poco como en el infierno, por si acaso.
 En estos últimos tiempos solían llegar noticias de esa Rusia quimérica. El bolchevismo, los aristócratas barriendo las calles, las mujeres “para todo el mundo”; un caos, una confusión de historias, de verdades que parecen mentiras. Pero tan lejos, de tan remota lejanía, que no era posible el acercamiento. Algún abogado que estuvo en Madrid, vio un baile ruso, pero el baile existe, el ruso no. Algún hombre de la localidad que hace letras tiene noticia de algunos rusos que escriben novelas y que la biblioteca Calpe traduce; las novelas existen, mas esos rusos no pueden existir, son traducidos. También la música, con unos preludios y unas sinfonías parecen hablar trágicamente de una Rusia extraña que no hemos palpado nunca. ¿Por qué se dice ruso a un abrigo fuerte…? Y ese mismo Astrakán ¿no es una cosa que ha inventado el señor Muñoz Seca?
 No se puede creer en Rusia. Quizás creyóse. En la guerra hizo falta unos meses y se inventó. Hoy no hace falta ninguna. Si una ínsula viera ante sí un bolchevik sería como ver un fantasma. Ellos se ríen de Rusia pero si Rusia apareciera, temblarían de espanto. Nosotros teníamos una mesa parlante para dialogar con los espíritus; nuestro amigo el indígena  se reía de nosotros y de Goethe, que descendió de su alto piano a hablarnos una noche; pero la mesa, entonces dijo al amigo: “Si no crees en los espíritus ve esta noche a la azotea de su casa,  y allí estaré. Pero ve sólo”. El amigo, claro, no fue, pero siguió riéndose de las mesas, de las almas y de aquel señor Goethe tan guasón. Pues algo así le ocurre con Rusia. El no cree en el bolchevik, pero no iría a media noche a la azotea de su casa si lo cita el bolchevik.
 -Pero hombre, ¿y esos rusos? ¿No había unos rusos en la guerra?
 -¿Qué rusos? ¿Cree usted que si hubiera alguno no se hubiese sabido? Verdaderamente, nada material ni metafísico nos liga a Rusia. Jamás se envió un plátano a Rusia; en la vida fue el hijo de un exportador a estudiar ingeniería en Rusia. En el mapa de Europa hay una mancha rosada mayor que el resto de Europa, que se supone que es Rusia, como en las hojas del servicio militar no aguerrido, se supone el valor. Lo demás, nada. Hablar de Rusia es como nombrar el ideal de una tierra de cemento armado.


 Pero he aquí que de pronto, lentamente, arrastrando una avería como un cojo su pata de palo, aparece en el puerto un barco ruso.
 ¿De dónde ha salido? ¿Será este barco, como los bailes, que lo son de nombre nada más? ¿Es posible que este barco igual a todos los barcos, sea ruso, y lo que es más asombroso todavía traiga rusos dentro…?
 Y los tripulantes saltan. Unas barbas negras, con reflejos metálicos, unos ojos azules, cansados, secos, quizás de haber llorado con una sequedad trágica y desolada, de desierto. Ojos con una mirada larga y vacía, como un arenal infinito. Unas manos anchas, manos de maza, rosadas y abiertas como la mancha nacional en el mapa de Europa. Las ropas flojas, cubriendo los cuerpos de hierro, unos cuerpos de forjadores que suenan a cobre cuando pisan y tienen una sombra cobriza en el alma.
 Parece que van a romper el muelle, que van a hundir los prismas o arrancar de cuajo el espigón. Cortan el aire y van dejando incrustada la huella en el aire. Pasan y se ve detrás de ellos la tenue sombra que dejan en la brisa. El sol, que aparece y se esconde, les acaricia las cabezas desnudas y ellos sonríen con una mueca. Los rayos del sol son como una mano de mujer para las testas velludas. Los cabellos sueltos, olvidados, traen en la mañana, brillante, el lejano rumor revolucionario como el eco en los árboles de los bosques. Hablan con una lengua nueva de otro planeta diferente, que nadie entiende, ni los ingleses heridos. Hoscos, huraños, miran, y la mirada es una onda que sacude las sorprendidas almas indígenas. Pero traen un niño, un niño ruso que es el mismo niño universal, con los ojos también azules, de un azul alegre y desconocido. Los ojos de los niños ingleses, de los niños noruegos. Este niño tiene otro ritmo más dulce  y parece que oye como Elías, pero con los ojos muy abiertos, a Dios en la brisa.
 El barco tiene una herida en la popa. Los rusos, más heridos que su barco, atraviesan silenciosos el mar, cortando el cielo con el alma; pero el barco no puede cortar el Atlántico y arriba a la isla piadosamente para restañar su propia herida. Mientras, los rusos comen plátanos en la calle, ante la general sorpresa indígena. ¿Qué es esto? ¿Son verdaderos rusos? Y el propietario insolente no cree en la herida de la popa. La herida es una proclama secreta, escrita en una clave misteriosa. ¡Esos rusos nos vienen a quitar las casas…! ¿Cómo es posible que se les deje cruzar por la villa? El indígena rico ha subido sin querer a la azotea de su casa.
 Pasan los días. El niño está alegre. Los ojos de los rusos grandes, se llenan de sol y el reflejo dorado cubre la soledad de la mirada. La popa está recompuesta, los rusos hacen sonar los nudillos de la mano, como diversión, en el acero de la popa, y las manos resuenan como el metal de las campanas. Pero nadie perdió los hogares y los hombres revolucionarios de la localidad se han dado cuenta de lo anémico que estaba su inconsciente bolchevismo. Hay que tener unos brazos así, unos ojos profundos y una cabeza agitadora donde los cabellos sean como crines y un alma tan profunda y espantosa como el abismo. ¡No lo sabían!...
 El barco se va. Al viento flotan las cabelleras crinadas. El niño está en el puente como una luz fija y guiadora. El alma de la ciudad ha sido arrasada silenciosamente. El pueblo, en tanto el barco se aleja, despiértase, como descloroformizado y se dispone a no creer ya más en los rusos. ¿Cómo fue hacedero que se acercara tanto? ¿Serán los espías que vendrán a anunciar la trágica epifanía de las banderas rojas?
 El barco se pierde en el horizonte. ¿Dónde va? Nadie ha querido saberlo. Atónitos lo contemplan los marineros del muelle. Los cabellos rusos, agitados por el viento, se yerguen, crecen y se elevan sobre la línea roja del ocaso marino. Un momento parece como que se extiende por todas la comba del cielo y apagan el sol sobre los montes…

[27-VII-1920]