lunes, 5 de marzo de 2012

"Insulario", de Alonso Quesada / Desde Canarias- EN EL CIELO DE BUDHA

 El buque "Hollandia"

 Dialdas, el indio  inglés de la seda y los puñales damasquinados y los cofres de sándalo y la pólvora de marfil, nuestro amigo Dialdas, nos ha puesto en un compromiso terrible. Se ha muerto y sus compañeros han querido quemar su cadáver y apagar las llamas después, arrojándolo al mar. ¿Cómo ha podido morirse este hombre en una tierra de clérigos españoles que han podido condenarlo al infierno sin tener en cuenta para nada su "atman" respetable? ¿Alcanzaría Dialdas las dulcísimas riberas del Nivarna, a pesar del posible anatema de estos curiánganos? ¿Irá ahora el indio amigo transportado por la gran nave del Mahayana, a puerto seguro de sus supersticiones, aunque los jesuitas hubiesen pronunciado un discurso de oposición en sus púlpitos?
 Dialdas se ha librado de la tiranía de su yo. Todo era miseria en el mundo de Samsara, en este mundo de elefantes de ébano, de chales de seda y de plegaderas de marfil. Dialdas ya no puede esperar el "HOLLANDIA", que le traía las holandesas rubias y rojas que compraban sus chales y sus tapices. Dialdas ha encontrado al fin la deseada paz. Pero no ha sido posible quemarlo ni arrojarlo al mar. Dialdas está enterrado en un nicho europeo, que no huele a sándalo, sino a tierra húmeda y cristiana. Hay, sin embargo, junto a ese nicho, relegado en un rincón del cementerio, un hombre terrible y justiciero que lo guarda; los compañeros de Dialdas lo llaman yamaraja y nosotros capellán. Dialdas no ha podido tener rezos de este capellán; quizás, a pesar de haber muerto casi católico, solo maldiciones. Traía como pecado máximo, inlavable, un oriental aroma de voluptuosidades y aunque fue envuelto en sedas blancas, puras y transparentes, Dialdas no se podrá sentar a la diestra del Dios padre romano. Lejos, al otro lado del mar, estaba el verdadero templo de Maha Bodhi, Dialdas lo vio en su sueño de muerte cobijar a Maha-Kasyapa y sonreía esperando en su libertadora cremación. Volaría. El alma renacería de las cenizas terrestres y sería como un dilatado aroma de sándalo sobre el mar, que se disipara entre las estrellas de plata.
 Pero a Dialdas no le ha valido el prestigio de sus biombos de laca ni de sus cofres marfilinos. Todos los amuletos de su vitrina no fueron bastantes para librarle del cerco cristiano y Dialdas ha tenido que morirse como un vulgar tendero de la ínsula y ser metido en un ataúd civilizado de madera de pino forrado en crespón.
 Hoy, su tienda está cerrada. Las señoritas que salen de misa no han podido hacerle la visita cotidiana. Y el "HOLLANDIA" que entraba en el puerto cuando el alma de Dialdas hacía equilibrios en las riberas del otro mundo, no podrá llevarse hoy las bolsas de damasco y los collares de cristal azul. Un diminuto frasco de legítimo perfume de rosas, aroma destapado, la tienda de Dialdas es el recuerdo del indio amable que bajo un sol distinto y ante la una sensualidad ordinaria supo sostener íntegro su voluptuoso espíritu de harem. Oro, seda y marfil. Los budhas de bronce, los elefantes de ébano y los dragones de plata oxidada, le dicen adiós, pero Dialdas no se entera por culpa de estos clérigos intransigente que le han tapado los ojos con un absurdo cajón de madera, estrecho, que no huele a nada, que sólo huele a novenas y a faldas de viejas devotas.


 ¡Pobre Dialdas! ¿Cómo pudo conservar entero su cielo en esta tierra lejana, en esta tierra española de frailes y de empleados de Hacienda que no saben oler las rosas ni engarzar las perlas...?
 Dialdas se murió de la siguiente manera: Un día, desatando unos tules sintió un dolor agudo en el vientre. No se le notó la palidez en el rostro porque sólo tenía un color inmutable, pero los ojos se le cerraron súbitamente y arrojando los tules al suelo lanzó en bengalí una palabra terriblemente fea. Tenía ante el mostrador una inglesa rubia y fina como las figuras de su escaparate; pero no se pudo contener. La inglesa, por otro lado, entendió la palabra porque era hija de un general que sirvió en Calcuta. ¿Qué tenía pues Dialdas? Y la inglesa gritó. Dialdas se revolvía en el suelo, sobre sus chales, apretándose el vientre. Del suelo lo levantaron y lo metieron en la cama de un hospital, lleno de monjas memas. Unos días después, se moría de una peritonitis española.
 Al llegar al hospital empezó el conflicto. Dialdas se preparó para su paraíso y el cura del hospital le quería cambiar la ruta hacia el paraíso de enfrente. Entre los dos paraísos, aquel de Budha que los compañeros le mostraban en una estampa chillona, donde se veía al dios indio rodeado de espléndidas matronas semidesnudas y aquel otro de Dios de las barbas luengas y los angelitos de las trompetas, se pasó Dialdas su espantosa agonía. Sus ojos acariciaban las carnes fragantes, huyendo de las longevas barbas hebreas. "Este es su sitio", le decían los indios. "Aquí es donde vas a vivir después." "Piensa si es delicia. Aquí las inglesas no tienen lentes ni impermeables. Bajo los árboles frondosos se goza el más intenso aroma de eternidad sabrosa." Y Dialdas, claro, se quería ir con aquellas mujeres voluptuosas que se le ofrecían tan generosamente.
 Pero, para que no pudiera ser sorprendido después, si había nacido malo y no se cuidó el alma, los compañeros le enseñaban otra estampa: el mismo Dios clavando los dedos crueles en las entrañas de una criatura muerta. "Si no te salvas, Dialdas, te abrirán el vientre como a este socio se lo están abriendo." Dialdas, que ya sentía  los garfios sobre el vientre, los dolores de su peritonitis, respondía. "No, no. Yo quiero aquellas mocitas rosadas. Traédmelas." Y se las volvían a traer, mientras el capellán del hospital le estregaba las narices con un escapulario y le cantaba unos cantos funerarios, bautizándolo a la fuerza.
 Y Dialdas se moría, con Budha ante sus ojos espantados y Jehová montado en sus narices.
 Dialdas cerró los ojos y sintióse de pronto en el Nirvana, pero la cabeza se le llenó de un rocío sutil y un golpe brusco lo lanzó por los aires, transportándolo cerca de un viejo de barbas blancas, que tenía en las manos unas llaves enormes. Cuando iba a seguir el viejo que lo llamaba, abrió otra vez los ojos en la tierra y hallóse entre sus indios, que le mostraban el paraíso de las mujeres desnudas. "Este"- gritó- "Este es el que quiero."
 Y cuando ya no le quedó sino un grano de vida, oyó, al partir para los otros mundos, una voz cavernosa que le despedía, diciéndole con solemnidad: "Has muerto como un santo varón".
 Y en tanto los desolados indios envolvían con sedas el cuerpo de Dialdas y el capellán lo alumbraba con unos cirios severos, Dialdas bogaba por el mar de la otra vida, sin saber a dónde lo llevaba la barca sagrada.
 ¿Estará, efectivamente, en el Nirvana, adquiriendo la dulce verdad de la existencia o estará en el cielo católico dándose un paseíto gentil con el padre Coloma...?

 Junio de 1920[27-VI-1920]

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