sábado, 14 de agosto de 2010

"Insulario", de Alonso Quesada/ En el solar atlántico- El estómago del capitán

Avenida del hotel Santa Catalina y jardines Alonso Quesada

 Ha llegado otro barco. El capitán se llama Henri Reeve. Es un viejo amigo nuestro. Viene a buscarnos y nos da un pequeño abrazo, un abrazo correcto, delicado, "smart". Dice:- "Oh, mi querido señor! Ahora hace cuatro años... ¿Qué ha hecho usted estos cuatros años?" Nosotros le respondemos que hemos hecho el neutral y él nos ha dicho que está malo del estómago.
 El capitán no tiene el estómago equilibrado. El estómago del capitán se ha vuelto italiano, español o francés. No es un estómago británico. Es un estómago sentimental, romántico que suele dolerle, que le pone de mal humor, que le envuelve de tristeza. Nosotros no hemos conocido nunca a un inglés que tuviera mal el estómago. Un español dice: Este maldito estómago me trae reventado. Un francés exclama:-Padezco de hiperclorhidria y necesito régimen. Un italiano quizás se recueste en un sillón y diga líricamente: -¡Oh, mi carísimo estómago, qué hacer con él!... Pero un inglés tiene un estómago serio, poco dado al romanticismo, indiferente y frío como el rosbif. Por eso ahora este Mr. Reeve sonríe melancólico evocando su estómago de ayer.
 ¿Por qué está enfermo del estómago Mr. Reeve? Los submarinos tienen la culpa. El capitán se ha visto atacado por treinta submarinos. De todos escapó milagrosamente. El estómago del capitán dio hasta treinta saltos mortales. Después de estos treinta saltos se ha quedado extenuado, acobardado, tímido como una "girl" dorada y débil.
 El capitán nos ha contado los trágicos momentos. Una mañana - nos dice Mr. Reeve,- divisé desde el puente la estela de un submarino. Avanzaba hacia nosotros con una rapidez extraordinaria. Nos dimos por perdidos. Mi estómago se quedó paralizado, como un corazón; después de un salto se me puso en la garganta. ¿Qué hacer? No había tiempo... Viramos rápidamente... Fue un instante de ansiedad. Coro de estómagos suspendidos de la campanilla... El torpedo pasó bajo nuestra popa... ¡Ahora! ¡Ahora!- decíamos...- Pero nada. Forzamos la máquina y nos pusimos a salvo. Mi estómago volvió a su sitio pero ya se encontraba extraño en él.
 Otra mañana, apareció un nuevo submarino que nos persiguió inútilmente... Una noche sentimos otro torpedo cruzar cerca del barco. Pero nada. Estaba visto que el barco era inmune. Sólo mi estómago, mi pobre estómago había de sufrir las consecuencias... Y así hasta unas treinta veces...
 Mr. Reeve se tomó un whisky pero el whisky le sentó mal. - Vea usted cuando el estómago de un inglés no resiste un whisky es que ya no es estómago. Tendré que dejar el barco.
 Mr. Reeve está herido; el mal de su estómago es como una herida de guerra. Acaso el capitán haya pensado que merece una cruz. (Enlace en inglés, sobre la cruces británica de guerra)
 Por toda la ciudad se ha extendido la noticia del mal de Mr. Reeve. -"Ha llegado un barco y el capitán viene perdido del estómago a fuerza de sustos". Hay una pequeña admiración hacia este héroe silencioso. La gente dice: "A cualquiera se la doy yo". Todo el mundo se explica el salto del estómago de Mr. Reeve.
 Algunos ingleses sonríen con su pequeño héroe. El capitán es un hombre glorioso. Ha podido escapar de treinta golpes. Hay que darle en premio un estómago nuevo.
 Otro inglés que ha estado en Freetown trabajando, también tiene el estómago perdido y quiere parangonar su mal con el de Mr. Reeve: "Yo también tengo mal el vientre".
 Los ingleses se reúnen, sin embargo, para ofrecer una comida a este capitán. El capitán dice: "Mas si yo no podré comer". Y los ingleses añaden: "No importa, comeremos nosotros. Esto es un mero homenajes a nuestros estómagos. Nuestros vientres celebrarán abundantemente el comportamiento heroico del vuestro". El capitán sonríe y acepta la comida.
 Al día siguiente Mr. Reeve se marcha con su barco a Liverpool y se lleva su meritorio estómago, como una instancia a solicitar su retiro, su cruz y su gloria antes los poderes públicos de la Gran Bretaña. A nosotros nos deja un dulce recuerdo este estómago patriótico y al despedirnos de Mr. Reeve prometemos hacerle una balada a su estómago. La balada es esta:
 "¡Ínclito estómago anglo-sajón, propiedad inmueble del señor Reeve, ha llegado la hora de la paz! Desde lo alto de la Abadía de Westminster cuarenta estómagos os contemplan. No podréis comer a estar horas de Pascuas el pudding tradicional pero nadie podrá quitaros lo bailado; lo bailado desde la campanilla al intestino, desde el intestino a la campanilla. Los estómagos de vuestros compatriotas padecerán acedías y hasta peritonitis en un momento dado, mas ningún mal de estómago tendrá la importancia del de vuestro estómago. Jamás el bicarbonato tendrá más ilustre asiento ni la limonada gloria más alta. Vale la pena pasarse la vida a dieta, si esa dieta es motivo de recordación y de arrogante alarde. Os sentaréis, Mr. Reeve, con vuestro estómago, junto al hogar. Invitaréis a beber a vuestros amigos y vos diréis: "Yo no bebo, padezco del estómago". Y como en vuestro país nadie padece del estómago os dirán extrañados vuestros amigos: "¿Qué os pasa en este importantísimo órgano?" Y vos, sonriente como un veterano, contaréis una, dos, tres, cuatro, veinte, cien veces los episodios de vuestro barco. Y vuestros amigos beberán por vos. Y todos los estómagos de vuestros amigos al recibir el líquido harán como si vuestro propio estómago bebiera. Y sentiréis un bienestar indecible, sentiréis vuestro estómago lleno de orgullo y el orgullo os alimentará... ¿Puede compararse, por ventura, un rosbif con el orgullo?...


Abadía de Westminster, bajo la luz lunar- Dibujo de 1904

 ¡Estómago ilustre, eminente vientre de Mr. Reeve, adiós! Desde aquí, todos los insulares vientres agradecidos a la Gran Bretaña, os saludan...

Gran Canaria, 16-XII-1918[10-1-1919]

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